Hay conversaciones que uno no quiere que terminen

Hay días que parecen estar destinados a quedarse en la memoria. No necesariamente porque ocurra algo extraordinario, sino porque la suma de pequeños momentos termina convirtiéndose en una experiencia que uno sabe que recordará durante mucho tiempo. Este viernes fue uno de esos días. Comenzó en la Asamblea Legislativa, donde tuve el privilegio de impartir el taller Ser sin dejar de ser al equipo de asesores del diputado Álvaro Ramírez, del Partido Liberación Nacional. Salí profundamente satisfecho, no solamente por el desarrollo del taller, sino por la calidad humana del grupo que encontré. Me recibieron personas respetuosas, cercanas, amistosas y con un genuino interés por el desarrollo personal. Participaban con entusiasmo, hacían preguntas, compartían experiencias y escuchaban con verdadera atención. Se respiraba un ambiente de confianza y compañerismo que pocas veces se encuentra en equipos de trabajo sometidos a las exigencias propias de la política. Al finalizar compartimos una pizza, conversamos sin prisas y me fui con la sensación de haber sembrado algo valioso en personas que realmente desean crecer.

Después decidí caminar un rato por San José antes de dirigirme a Barrio Escalante. Tenía un café programado desde hacía varios días con Kevin Casas. No era un encuentro casual ni improvisado. Desde hacía algún tiempo habíamos intercambiado mensajes a raíz de varios artículos que yo había escrito sobre él y sobre algunas de sus reflexiones. Aquellos intercambios fueron dando paso a una conversación cada vez más cercana hasta que acordamos sentarnos a tomar un café. Confieso que iba con verdadera ilusión. Hay personas cuya trayectoria despierta curiosidad intelectual. Uno quiere descubrir si detrás del académico, del exvicepresidente, del analista y del hombre público existe el mismo ser humano que uno imagina desde la distancia. En mi caso, además, existía una expectativa especial porque siempre me había impresionado la profundidad de sus análisis, su experiencia internacional y la manera serena con la que suele abordar temas complejos.

Llegué unos minutos antes a la cafetería y, mientras buscaba la mesa donde nos encontraríamos, ocurrió un detalle muy agradable. Vi ponerse de pie a Monserrat Ruiz. Nos saludamos con un abrazo cariñoso, conversamos apenas unos segundos y quedamos en volver a coincidir con más calma en otra oportunidad. Fue un encuentro muy breve. Monserrat se despidió y continuó su camino. Entonces Kevin se levantó para recibirme con una cordialidad que inmediatamente hizo desaparecer cualquier formalidad. Nos sentamos, pedimos un cappuccino cada uno y, sin darnos cuenta, comenzó una conversación que terminó siendo una de las más agradables y enriquecedoras que he tenido en mucho tiempo.

Con frecuencia conocemos personas inteligentes. También encontramos personas muy preparadas académicamente o con una trayectoria pública admirable. Sin embargo, es mucho menos frecuente encontrar a alguien que reúna todas esas cualidades y que, además, posea la capacidad de conversar con absoluta naturalidad, sin necesidad de impresionar a nadie. Eso fue precisamente lo que encontré en Kevin Casas. Nuestra conversación recorrió la política costarricense, pero rápidamente tomó rumbo hacia la política internacional, la historia, la democracia, las instituciones, los liderazgos y los enormes desafíos que enfrentan hoy nuestras sociedades. Cada tema parecía abrir naturalmente la puerta al siguiente, y lo hacía con una profundidad que pocas veces se experimenta en una conversación cotidiana.

Lo que más llamó mi atención no fue únicamente la cantidad de conocimiento que posee, sino la manera en que lo comparte. Kevin no conversa para demostrar cuánto sabe. Tampoco busca convencer a toda costa ni espera impaciente el momento de volver a hablar. Escucha con atención, formula preguntas, relaciona acontecimientos históricos con la actualidad, analiza diferentes perspectivas y, cuando responde, da la impresión de haber reflexionado previamente cada idea. No porque tenga temor de expresar lo que piensa, sino porque existe en él una honestidad intelectual muy poco común. Habla con serenidad, con argumentos y con una claridad que transmite la sensación de estar frente a alguien que ha dedicado buena parte de su vida a pensar profundamente sobre los temas que aborda.

Hubo algo que me impresionó especialmente. Mientras conversábamos era evidente que mantenía un diálogo interno permanente. Sus respuestas no eran automáticas ni impulsivas. Tampoco parecían diseñadas para agradar o para proteger una imagen pública. Pensaba antes de hablar, pero no para calcular el efecto de sus palabras, sino para asegurarse de ser fiel a lo que realmente cree. En tiempos donde abundan los discursos construidos para las redes sociales y las frases hechas para generar aplausos inmediatos, encontrarse con alguien que privilegia la reflexión sobre la ocurrencia resulta profundamente refrescante. Esa forma de comunicarse convierte cualquier conversación en una experiencia de aprendizaje.

Encontré a un hombre extraordinariamente preparado, con una sólida cultura, un conocimiento impresionante de la política internacional y una capacidad poco común para contextualizar los acontecimientos. Pero por encima de todo eso encontré a un ser humano auténtico. A alguien que conserva la curiosidad, que sigue haciéndose preguntas, que reconoce los matices de la realidad, que escucha con verdadero interés y que es capaz de sostener una conversación profunda sin convertirla en una competencia intelectual. Esa combinación de inteligencia, sencillez, honestidad y calidez humana explica por qué el tiempo pasó sin que ninguno de los dos pareciera darse cuenta. Las tazas de cappuccino llevaban mucho rato vacías, pero la conversación seguía viva y cada nuevo tema hacía que uno quisiera quedarse un poco más.

Cuando finalmente llegó el momento de despedirnos tuve una sensación que pocas conversaciones dejan. No era la impresión de que hubieran quedado temas pendientes, sino el deseo de seguir conversando simplemente por el placer de hacerlo. Llegué a ese café con expectativas muy altas y regresé convencido de que la persona había superado ampliamente al personaje. Eso ocurre muy pocas veces. Hay figuras públicas cuya imagen es más grande que su realidad; en este caso sucedió exactamente lo contrario. Descubrí a un hombre brillante, profundamente humano, intelectualmente honesto y extraordinariamente agradable, alguien con quien vale la pena volver a sentarse alrededor de una mesa, pedir otro cappuccino y dejar que las horas transcurran mientras las ideas siguen encontrando nuevos caminos. Al final comprendí que las mejores conversaciones no son aquellas en las que uno habla más, sino aquellas de las que uno se levanta sintiendo que, de alguna manera, sale siendo una mejor versión de sí mismo.

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