
Los costarricenses crecimos aprendiendo que el gran golpe de Estado que cambió el rumbo del país fue aquel que dio origen a la Segunda República. De ese momento nació una nueva Constitución Política, se fortalecieron las instituciones y comenzó una etapa que marcaría el desarrollo democrático de Costa Rica durante las siguientes décadas. Independientemente de las posiciones políticas de cada uno, ese episodio quedó grabado para siempre en la historia nacional y en la memoria colectiva de varias generaciones.
Por eso resulta inevitable sonreír cuando, casi ochenta años después, algunos deciden utilizar con tanta facilidad la expresión «golpe de Estado» para referirse a una resolución de la Sala Constitucional. Porque, nos guste o no nos guste esa resolución, aquí no hubo un presidente derrocado, no hubo una Constitución suspendida, no desaparecieron los poderes de la República y el Gobierno siguió ejerciendo exactamente las mismas funciones que tenía el día anterior. En otras palabras, podrá haber existido un conflicto político o jurídico, pero aquello estuvo muy lejos de lo que la historia reconoce como un golpe de Estado.
Y fue precisamente en medio de esa discusión cuando ocurrió una escena que me llamó poderosamente la atención. Dos días después de aquel supuesto «golpe de Estado», la señora presidenta apareció en Cartago, frente a la Basílica de los Ángeles, luciendo un elegante vestido verde. Un verde intenso, llamativo, imposible de ignorar y que, para cualquier persona que conozca un poco la historia política de Costa Rica, inevitablemente remite al color que durante décadas ha identificado al Partido Liberación Nacional.
Confieso que, al ver las imágenes, no pude evitar construir mi propia interpretación, con una buena dosis de humor e ironía. Pensé que, quizá sin proponérselo, la señora presidenta estaba rindiendo un homenaje al partido al que perteneció en algún momento de su vida política y, sobre todo, al hombre cuya figura quedó inseparablemente ligada al nacimiento de la Segunda República: don José Figueres Ferrer.
Porque, si de verdad vamos a hablar de golpes de Estado, entonces el único camino posible es volver la vista hacia aquel episodio histórico del que surgió la Constitución Política que hoy todos invocan, la institucionalidad que hoy todos dicen defender y el Estado de derecho que permite que existan un Poder Ejecutivo, un Poder Legislativo y un Poder Judicial independientes entre sí. Es imposible utilizar esa expresión sin que la memoria nos lleve directamente a don Pepe y a la construcción de la Costa Rica moderna.
Por eso me pareció simpático el simbolismo. Mientras algunos insistían en llamar golpe de Estado a algo que claramente no lo fue, la imagen de la presidenta vestida de verde parecía convertirse, al menos para quienes disfrutamos de la ironía política, en un inesperado homenaje al verdadero episodio histórico que sí transformó el país. Un homenaje al color que durante décadas representó a Liberación Nacional y, de paso, a quien es considerado por muchos como el principal arquitecto de la Segunda República.
Seguramente esa nunca fue la intención de la señora presidenta. Lo más probable es que simplemente eligiera un vestido que le gustó para asistir a una actividad oficial. Pero el simbolismo tiene esa curiosa costumbre de jugar con nosotros. A veces una imagen dice mucho más de lo que pretendía decir quien aparece en ella, y termina despertando interpretaciones que nadie había imaginado.
Así que, mientras algunos continúan hablando de un golpe de Estado inexistente, yo prefiero quedarme con esta lectura mucho más simpática. La de una presidenta que, quizá sin saberlo, terminó recordándonos a don Pepe, al Partido Liberación Nacional y al verdadero acontecimiento histórico del que nació la Segunda República y la Constitución Política que hoy sigue siendo el fundamento de nuestra democracia.
Gracias, doña Laura. Y gracias, don Pepe.
Porque, al final, cada vez que alguien utiliza con demasiada ligereza la expresión «golpe de Estado», termina haciendo que los costarricenses recordemos el único episodio de nuestra historia que realmente cambió el rumbo del país y dio origen a la Costa Rica institucional que hoy conocemos.