
Aquí, casual, hablando para el aire, para el viento o tal vez para mí mismo. No lo sé. Pero algunas veces, cuando uno habla para sí, termina respondiéndose. O las respuestas llegan de alguna parte, sin que uno sepa exactamente de dónde.
Hoy es lunes. Y debería ser un lunes normal, uno más entre tantos. A estas alturas ya tendría que haberme acostumbrado a ellos. Pero no. Cada semana el lunes se siente distinto al resto de los días. Por alguna razón me levanto menos ilusionado que de costumbre. No necesariamente triste, ni derrotado, ni con ganas de dramatizar nada. Simplemente distinto. Tal vez aparece la sensación de no haber hecho suficiente durante la semana anterior. Tal vez me pesa anticipadamente lo que viene. Tal vez es una mezcla de ambas cosas. Y, otra vez, no lo sé.
Lo curioso es que durante esas primeras horas todo parece llegar junto. Los temas familiares, los amigos, las preocupaciones económicas, los pendientes, las ideas, los proyectos, la democracia, el país, lo que puede pasar y lo que quizá nunca pase. La cabeza arma una reunión general sin haberme pedido permiso y todos los asuntos quieren hablar al mismo tiempo. Y ahí aparece una primera toma de conciencia: muchas veces uno no está enfrentando problemas reales en ese momento, sino la suma mental de todos los problemas posibles. No es lo mismo.
También me doy cuenta de que los lunes por la mañana tengo una facilidad particular para pasarme facturas. Lo que no hice, lo que debí haber terminado, lo que pude haber resuelto mejor. Es una especie de auditoría personal anticipada, y casi siempre soy un auditor bastante más severo conmigo de lo que sería con cualquier otra persona. Pero pasan las horas y algo empieza a acomodarse. Cada preocupación vuelve a ocupar su tamaño verdadero. Lo urgente se separa de lo importante. Lo que parecía enorme a las ocho de la mañana ya no lo es tanto a las once. Y para el mediodía, casi siempre, estoy nuevamente funcional, trabajando, escribiendo, resolviendo, pensando, creando.
Eso también es una toma de conciencia: no todo lo que siento al comenzar un día define el día entero. A veces simplemente necesito atravesar unas horas mientras la cabeza encuentra su lugar. Tal vez las mañanas de los lunes estoy un poco desapaciguado. Me gusta esa palabra porque no significa estar vencido ni perdido. Significa, simplemente, que las cosas todavía no han encontrado su sitio.
Y posiblemente eso sea todo. No necesito convertir cada incomodidad en una crisis ni cada pensamiento en una conclusión. Hay días en los que uno amanece perfectamente alineado y otros en los que necesita unas horas para volver a encontrarse. Hoy entiendo un poco mejor mis lunes. No tengo que pelearme con ellos. Quizá solamente reconocerlos, dejar que hablen y saber que, como tantas otras veces, para el mediodía el ruido habrá bajado y yo volveré a caminar dentro de mi propia semana.