
Hay personas que llegan cuando la obra ya comenzó. No estuvieron cuando hubo que imaginarla, conseguir materiales, resolver problemas, improvisar soluciones ni trabajar hasta tarde para que algo finalmente tomara forma. Aparecen después, cuando ya hay paredes levantadas, cuando el esfuerzo comienza a verse y cuando incluso otros empiezan a reconocer que aquello funciona. Entonces miran alrededor, ponen cara de expertos y empiezan a explicar cómo habría sido mejor construirlo. Siempre aparece alguien así. Es el que se acerca para decir qué está bien, qué está mal, qué debería cambiarse, qué habría hecho distinto y qué errores cree descubrir. Tiene recomendaciones para todo, opiniones para todos y, algunas veces, hasta una especie de autoridad que nadie recuerda haberle otorgado. Lo curioso es que casi nunca llega con polvo en los zapatos, sudor en la camisa ni callos en las manos. Llega con palabras. Y las palabras son fáciles cuando otros están cargando los ladrillos.
Porque hay una enorme diferencia entre señalar una pared torcida y ayudar a levantarla. Hay una enorme diferencia entre criticar la obra y traer una caja de herramientas. Quien verdaderamente quiere construir no necesita pasar demasiado tiempo explicando lo que los demás hacen mal. Se arrolla las mangas, pregunta qué hace falta y empieza a trabajar. El que sabe construir aporta, el que sabe organizar organiza, el que sabe resolver resuelve y el que realmente tiene algo valioso que enseñar normalmente puede mostrar, además, alguna obra propia. Por eso resulta curioso observar a personas que se paran frente a quienes durante meses o años han trabajado para construir algo difícil de fabricar: credibilidad. Esa credibilidad no apareció por un discurso, por una publicación ni porque alguien se proclamara dirigente de nada. Se fue construyendo con trabajo, errores, aciertos, decisiones, responsabilidad y resultados. Y entonces llega alguien que jamás hizo algo siquiera parecido para explicar cuál sería la manera correcta de hacerlo. Puede tener derecho a opinar, por supuesto. Todos lo tenemos. Pero una opinión no pesa lo mismo que una experiencia, y una recomendación tampoco adquiere autoridad simplemente porque quien la pronuncia lo haga con seguridad.
Hay algo todavía más extraño: algunas personas son extraordinariamente severas para juzgar las imperfecciones ajenas mientras han dedicado buena parte de su propia vida a justificar las propias. Señalan malas prácticas desde historias personales bastante difíciles de explicar y, cuando les corresponde responder por ellas, encuentran inmediatamente una palabra más cómoda para describirse: persecución. Cambian el nombre del problema, pero no necesariamente el problema. Es parecido a un prófugo explicándole al vecino cómo debe respetarse la ley. Tal vez pueda tener razón en alguna frase, pero inevitablemente uno termina preguntándose por qué no comenzó aplicando semejante sabiduría en su propia casa.
La caja de herramientas sirve precisamente para distinguir a unos de otros. Quien llega a colaborar la trae consigo. A veces contiene experiencia; otras veces, contactos, conocimientos, capacidad de convocatoria, creatividad, recursos o simplemente disposición para hacer aquello que nadie quiere hacer. No necesita ponerse delante de los trabajadores para explicarles cuánto sabe. Se coloca al lado, pregunta qué hace falta y trabaja. Pero también hay gente que dice venir a construir y lo que realmente quiere es construirse a sí misma a costa del trabajo, la credibilidad y el esfuerzo de otros. No llegan necesariamente a fortalecer la obra, sino a encontrar dentro de ella un lugar desde donde crecer, mostrarse o adquirir una importancia que todavía no han construido por cuenta propia. El otro llega con una libreta imaginaria de evaluador. Observa, sanciona, critica, corrige, habla, vuelve a hablar y, si algo sale mal, probablemente será el primero en explicar que ya lo había advertido. Pero cuando llega la hora de cargar, construir, responder o asumir consecuencias, desaparece misteriosamente de la obra.
Por eso, cuando alguien se acerque a un proyecto que ha costado esfuerzo construir, quizá la pregunta no debería ser solamente qué piensa. También convendría mirar sus manos. ¿Trae una caja de herramientas? ¿Viene a ayudar? ¿Ha construido alguna vez algo parecido? ¿Está dispuesto a hacerse responsable del resultado? Porque criticar puede hacerlo cualquiera; construir es otra cosa. Y muchas veces quien dedica demasiado tiempo a explicar por qué los demás no saben hacer algo termina demostrando, precisamente, que él tampoco ha sabido hacerlo. Los que vienen a construir no necesitan destruir primero la obra de otros para demostrar su valor. Abren su caja de herramientas, se arrollan las mangas y empiezan a trabajar.