
Durante mucho tiempo imaginamos a los trolls como cuentas falsas, perfiles sin rostro, nombres inventados, fotografías robadas y mensajes repetidos desde alguna granja digital. Era relativamente fácil reconocerlos: aparecían en masa, insultaban, repetían consignas, atacaban a quien convenía atacar y desaparecían cuando terminaba la campaña o se acababa el presupuesto. Pero quizá estamos entrando en una etapa mucho más sofisticada, mucho más peligrosa y, sobre todo, mucho más difícil de detectar.
En mi opinión, los nuevos trolls pueden ser personas reales, perfectamente identificables, incluso personas que durante meses confiaron en determinados sectores, siguieron a ciertos analistas, compartieron información de algunos influencers o encontraron tranquilidad en quienes intentaban bajar el ruido y ordenar la conversación. El ambiente político se ha ido infectando. Y cuando las viejas granjas de trolls dejan de ser suficientes o pierden eficacia, aparece una posibilidad todavía más eficiente: utilizar personas que ya poseen algún nivel de credibilidad para sembrar la duda dentro del mismo sector al que supuestamente pertenecen. No estoy afirmando que esto haya ocurrido ni diciendo que tenga pruebas de que alguien haya recibido dinero. Estoy planteando una hipótesis que merece ser observada. Bastaría con que alguien con cierta audiencia comenzara a fabricar historias sobre otras personas: que están vendidas, que reciben dinero, que trabajan secretamente para determinado grupo, que cambiaron de bando, que forman parte de alguna conspiración. No hace falta demostrar demasiado. Basta repetirlo con seguridad, ponerle algunos detalles, mezclar hechos con insinuaciones y dejar que la sospecha haga el resto.
Y ahí ocurre lo verdaderamente extraordinario: ya no se necesitan miles de cuentas falsas. Los propios seguidores hacen el trabajo. Una persona escucha la historia y pregunta si será cierta. Otra la comparte diciendo “no sé si será verdad, pero…”. Otra agrega un dato que escuchó en algún lado. Otra ya lo cuenta como un hecho. En pocas horas, personas reales, que no reciben un centavo y que probablemente creen estar defendiendo una causa, terminan comportándose exactamente como una red de trolls: replicando información no comprobada, amplificando sospechas y destruyendo reputaciones. Pero no tendría sentido enojarse con ellos. También podrían ser víctimas. Porque el mecanismo funciona precisamente cuando logra alterar una confianza que ya existía. Después de meses o años creyendo saber quién era quién, basta una acusación repetida muchas veces para que alguien comience a preguntarse si estaba equivocado. El virus del troll no necesita entrar por una cuenta falsa; puede entrar por la voz de alguien que parecía confiable.
Por eso el antídoto no es pelear, insultar ni responder cada acusación. El antídoto es revisar. Y si tenés tiempo, revisá trayectorias. Mirá quién acusa y quién es acusado. Qué ha hecho cada uno, cómo ha actuado durante años, qué ha defendido, qué ha construido, qué ha cambiado, qué costos ha asumido y qué intereses podría tener. Una acusación puede escribirse en cinco minutos; una trayectoria necesita mucho más tiempo para construirse. Pero si no tenés tiempo de revisar todo eso, hacé algo todavía más simple: conectate con uno y conectate con el otro. Escuchalos. Leelos. Observá cómo se expresan. No solamente qué dicen, sino cómo lo dicen.
Preguntate qué sensación te produjo cada uno durante todo este camino. Qué sentiste cuando lo escuchaste por primera vez. Qué pensaste cuando lo viste actuar. Cómo te habló cuando no había ninguna polémica. Cómo trató a los demás. Cómo se comportó cuando nadie lo estaba atacando. Qué emociones despertó en vos antes de que alguien viniera a decirte lo que debías pensar de él. Porque podría suceder que alguno de los dos solamente te haya vendido información. Pero incluso entonces vale preguntarse: ¿cómo te la vendió? ¿Te habló para informarte o para enfurecerte? ¿Te explicó o te empujó? ¿Te invitó a pensar o te dijo qué tenías que pensar? ¿Te dio elementos para decidir o necesitó destruir primero a otra persona para convencerte? ¿Habla como alguien que está tratando de demostrar algo o como alguien que simplemente está tratando de hacer daño?
No existe una fórmula perfecta para saber quién tiene razón, pero nuestra percepción tampoco es inútil. A lo largo del tiempo hemos ido recogiendo señales, experiencias, gestos, palabras y comportamientos. También eso forma parte de nuestra capacidad de discernir. Y cuando tengas esas valoraciones de unos y de otros, tomá tu decisión. Pero que sea tuya.
Porque si durante mucho tiempo confiaste en alguien por lo que viste, por lo que escuchaste, por cómo se comportó y por lo que te hizo sentir, y después dejaste de confiar únicamente porque otra persona lanzó una acusación sin pruebas, tal vez no estés traicionando a esa persona. Tal vez estés traicionando tu propia experiencia.
Y ese podría ser precisamente el triunfo más grande del troll moderno: no lograr que creás en él, sino conseguir que dejés de creer en vos.