Pobre doña Laura

Ha trabajado arduamente durante toda su vida profesional, y tal vez desde antes, para llegar a un puesto de poder. Tal vez nunca imaginó llegar hasta la Presidencia de la República, no lo sé. Cómo será alcanzar ese nivel sin poder ejercerlo a cabalidad. Y pensando en eso me pregunto si será por decisión propia o porque, por alguna razón, no puede. Hoy los costarricenses estamos sufriendo por sus acciones, por medidas tomadas, por decisiones que tienen consecuencias reales, y me pregunto si ella estará feliz en una jaula de oro, protegida o encerrada dentro de una caravana millonaria. Hay muchas cosas que le reclamamos o le cobramos, muchas decisiones que cuestionamos y muchas consecuencias que tendrán que ser valoradas con el tiempo. Pero, ¿estará ella feliz? ¿O estará siendo, entre todos los costarricenses, una de las personas más desdichadas?

Nada de esto disculpa las acciones presidenciales. Nada borra responsabilidades. Nada convierte en menos graves las decisiones tomadas. Pero me pregunto qué vida estará viviendo realmente, qué sentirá cuando está sola, qué pensará cuando se apagan las cámaras, cuando desaparecen los aplausos, cuando ya no están los asesores, los escoltas, las caravanas ni las formalidades del poder. Qué vida estará viviendo sabiendo la herencia que deja y sabiendo que, pase lo que pase, la historia será despiadada. Porque ella no solo escribió su presente y su participación en los libros que hablarán de lo que fue su mandato. También marcó a los suyos, a quienes llevan su apellido, a quienes forman parte de su familia, a quienes de una u otra manera quedarán vinculados a esta historia. Y con ello también pudo haber dejado una posible vergüenza que los acompañará, como una sombra, el resto de sus vidas, y tal vez durante un par de generaciones. Porque las presidencias terminan, los gobiernos pasan, los cargos desaparecen, pero las historias familiares, los apellidos y las memorias permanecen.

Y aunque hoy sea aplaudida por muchos, yo también me pregunto: ¿qué tipo de “muchos” son esos? Porque, al parecer, esos que la aplauden no son necesariamente los que leen, y mucho menos serán los que escribirán. Un millón de personas aplaudiendo es una cantidad envidiable, claro que lo es, pero deja de parecerlo cuando el público son “los ojos del mundo”. Porque una multitud puede ser enorme dentro de una plaza, dentro de una red social, dentro de un país o dentro de un momento histórico, pero cuando la mirada se amplía, cuando el público deja de ser solamente quienes hoy aplauden y pasa a ser quienes mañana investigarán, analizarán, estudiarán y escribirán, ese millón puede volverse pequeño. El aplauso pertenece al presente. La historia pertenece al tiempo. Y estoy seguro de que ella sabe que esto que vive no es solamente para hoy ni solamente para cuatro años, porque, indistintamente de cualquier cosa, su historia ya fue escrita.

Dicen que a lo largo de su trayectoria ha entregado mucho de sí para obtener posiciones. No lo sé. No puedo afirmarlo y tampoco me corresponde presentar como un hecho lo que solamente he escuchado decir. Pero a veces me pregunto si esta vez también lo hizo. Y si fuera cierto, esta vez habría una diferencia enorme: quizá entregó todo lo que todavía quedaba. Porque una cosa es hacer concesiones para avanzar profesionalmente, para conseguir una posición o para acercarse al poder, y otra muy distinta es llegar a la Presidencia y descubrir que ya no se tiene derecho a cambiar el ritmo, que ya no se puede simplemente decir “hasta aquí”, que se entregó por completo. Tal vez incluso por algo que no quería, algo que no quería para ella y mucho menos para quienes vienen después de ella. Porque si ese fuera el caso, el precio sería todavía más doloroso: haber aceptado algo sabiendo que las consecuencias no terminarían con su mandato, sino que podrían alcanzar también a sus generaciones futuras, generaciones que podrían crecer llevando un apellido marcado por esta historia y que, justa o injustamente, podrían llegar a sentir que no pueden levantar la cabeza en público sin encontrarse con el recuerdo de lo ocurrido. Y eso, si alguna vez ella lo ha pensado, debe ser devastador. Porque una cosa es pagar uno mismo por sus decisiones y otra muy distinta imaginar que también podrían pagarlas quienes nunca participaron en ellas.

Honestamente, yo no creo que esté pasando por esto por decisión propia. No lo creo. Algo la debe tener amarrada a ese comportamiento y a esas acciones. No sé qué, no puedo afirmarlo, no puedo demostrarlo, pero es lo que pienso. Y a ratos incluso me pregunto si esa protección presidencial de la que goza, esa enorme maquinaria de seguridad, esa caravana millonaria y todo lo que la rodea no serán, desde su propia perspectiva, menos una protección y más una manera de tenerla controlada. Tal vez desde afuera vemos privilegios, pero quizá desde adentro se sienten como encierro. Tal vez nosotros vemos una caravana presidencial y quizá ella ve una jaula. Tal vez nosotros vemos poder y quizá ella siente limitaciones. No lo sé. Pero lo pienso.

Sí, claro que tiene el título, tiene las comodidades, tiene el cargo, tiene el poder formal, tiene la protección y tiene una estructura entera funcionando alrededor de su figura. Pero lo entregado es tanto que me pregunto cuál ha sido realmente el precio. Y si al final, de todos los costarricenses, no será ella la más desdichada. Porque puede tenerlo todo y, al mismo tiempo, haber perdido muchísimo. Puede tener el cargo y haber perdido libertad, puede tener protección y sentirse vigilada, puede tener aplausos y saber que muchos de esos aplausos desaparecerán, puede tener poder hoy y saber que mañana vendrá el juicio de la historia. Y eso debe pesar. Debe pesar saber que una decisión presidencial puede marcar un país, que las consecuencias no desaparecen cuando termina un gobierno, que después vendrán los análisis, las investigaciones, los libros, los documentales, las conversaciones familiares y la memoria colectiva. Debe pesar saber que los presidentes terminan sus mandatos, pero sus historias continúan, y debe pesar todavía más comprender que esa historia puede alcanzar también a los suyos.

Tal vez estoy equivocado. Tal vez ella es feliz. Tal vez está convencida de absolutamente todo lo que hace. Tal vez no existe ninguna presión, ninguna atadura, ningún condicionamiento y ninguna lucha interna. Pero honestamente yo no lo creo. Y como dije, no disculpo sus acciones, no intento justificar decisiones presidenciales, no intento convertir responsabilidades en excusas. Solo expreso mi pensar. Porque puedo cuestionar profundamente lo que hace y, al mismo tiempo, preguntarme por la persona que existe detrás del cargo. Puedo reclamar decisiones y preguntarme cuánto cuestan también para quien las toma. Puedo estar en desacuerdo con su Presidencia y aun así imaginar que, detrás de todo ese poder, puede existir una mujer viviendo una realidad mucho menos envidiable de lo que parece.

Y quizá esa sea una de las mayores ironías del poder: llegar a la cima, tener el título, tener la caravana, tener la protección, tener los aplausos y descubrir que ninguna de esas cosas necesariamente significa libertad. Porque, al final, pase lo que pase, hay algo que ya no se puede modificar fácilmente. Y además está lo que vendrá después. Dentro de poco menos de cuatro años, cuando las luces se apaguen y la caravana se aleje, seguirá estando encerrada en su casa. Y ya no será una jaula de oro, pero será jaula al fin y al cabo, porque me cuesta imaginar que, después de cuatro años de vivir rodeada de una protección desmedida, pueda simplemente volver al cine, entrar a un supermercado o salir por un helado como cualquier otra persona. Tal vez cuatro años de vivir bajo ese nivel de seguridad, vigilancia, tensión y distancia terminen dejándole una paranoia difícil de manejar. Tal vez el cuerpo y la mente se acostumbren demasiado a sentir que afuera siempre existe un riesgo, una amenaza, alguien observando o alguien dispuesto a acercarse.

Y además estará la vergüenza, o al menos la posibilidad de sentirla, de caminar por zonas públicas sabiendo que algunas personas la reconocerán, otras la señalarán y otras recordarán lo que ocurrió durante su gobierno. Y esa posibilidad puede terminar encerrando a una persona para siempre, con poco más de cuarenta años. Esa es quizá una de las cosas que más me impresionan cuando lo pienso: todavía será una mujer relativamente joven, con muchísima vida por delante, pero quizá sin la posibilidad de volver a vivirla con la libertad con la que la vivió antes. Tal vez un día pueda explicarle a los suyos por qué lo hizo, por qué aceptó determinadas cosas, por qué tomó determinadas decisiones, por qué siguió adelante y, sobre todo, por qué no pudo salirse de todo esto. Tal vez algún día pueda contarles una historia que nosotros no conocemos. Tal vez ahí exista una explicación. Tal vez no.

Pero mientras tanto, yo me atrevería a decir que, de todos los costarricenses que sufrimos, ella es la que más. No porque tenga menos responsabilidad, no porque merezca menos cuestionamientos, no porque deba ser absuelta de las consecuencias de sus decisiones, sino porque, si mi percepción tiene algo de cierto, podría haber conseguido aquello que durante tantos años buscó y, al alcanzarlo, haber perdido casi todo lo demás: la libertad, la tranquilidad, la posibilidad de caminar anónimamente por una calle, la posibilidad de sentarse en un cine, la posibilidad de entrar a un supermercado, la posibilidad de salir por un helado, la posibilidad de levantar la mirada sin preguntarse quién la está mirando y quizá incluso la tranquilidad de saber cómo mirarán algún día a quienes llevan su apellido.

Su historia ya fue escrita. Y tendrá que vivir con ella.

¡Pobre doña Laura!

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