
Hemos sido testigos, durante estos años, de demasiados intentos de destrucción. Destrucción de poderes y contrapesos, destrucción de la prensa mediante el ataque y el descrédito, destrucción de personas a punta de señalamientos, destrucción de la reputación de expresidentes, destrucción o debilitamiento de instituciones, libertades, derechos y programas que durante décadas formaron parte de ese tejido que, con todos sus defectos, construimos los costarricenses. A veces se destruye con una firma, otras con un presupuesto, otras con una conferencia de prensa, otras simplemente sembrando suficiente desprecio alrededor de algo hasta que a la gente deja de importarle que desaparezca. Y ahora, como si necesitáramos una representación física de todo esto, nos encontramos frente a la posibilidad de destruir el edificio del ICE frente a La Sabana.
Que alguien me explique esta majadería.
Si existe tanto dinero para construir un edificio nuevo, ¿por qué no ahorrarse el costo de demoler el que ya existe? ¿Por qué no comprar un terreno y construir allí las nuevas instalaciones que supuestamente necesita el ICE? ¿Por qué destruir un inmueble que ya forma parte del paisaje urbano de San José y que podría tener otra vida? Podría convertirse en biblioteca, museo, centro cultural, espacio para organizaciones sociales, instalaciones educativas, oficinas públicas, archivo, centro de innovación o cualquier otra cosa que le devolviera utilidad a la ciudadanía. No estoy diciendo que tenga que seguir funcionando para siempre como edificio administrativo del ICE. Estoy preguntando algo muchísimo más sencillo: ¿por qué la primera respuesta tiene que ser destruir?
Escuché a alguien hablar en nombre del ICE y justificar la necesidad de nuevas instalaciones diciendo, palabras más, palabras menos, que los empleados del ICE merecen un mejor edificio. Y probablemente sea cierto. Claro que los trabajadores merecen condiciones dignas, instalaciones adecuadas, seguridad, comodidad y buenos espacios para realizar su trabajo. Pero inmediatamente me hice otra pregunta: ¿los costarricenses que hacían fila esperando una vivienda no merecían también una casa? ¿Las familias que necesitaban un bono no lo merecían? ¿Los jóvenes que dependían de una beca para estudiar no la merecían? ¿Las comunidades que necesitan infraestructura no la merecen? ¿Los enfermos esperando atención, los estudiantes en escuelas deterioradas y tantas personas que llevan años esperando una respuesta del Estado no merecen también algo mejor?
Porque el problema nunca es solamente el dinero. El dinero revela prioridades. Cuando se nos dice que para unas cosas no alcanza, que hay que recortar, apretarse la faja, eliminar beneficios, reducir programas o esperar mejores tiempos, pero para otras aparecen recursos, entonces tenemos derecho a preguntar cuáles son las prioridades y, sobre todo, quién las decidió. No se trata de afirmar que un trabajador público no merece buenas condiciones porque existe alguien con una necesidad mayor. Esa sería una discusión absurda. Se trata de preguntarnos si para mejorar las condiciones de unos necesariamente tenemos que destruir patrimonio, gastar en demoliciones y empezar nuevamente desde cero cuando podrían existir alternativas más sensatas.
Tal vez por eso me inquieta tanto el edificio del ICE. Porque dejó de parecerme solamente un edificio. Se me convirtió en una metáfora.
Hay una enorme diferencia entre transformar y destruir. Transformar significa reconocer que algo puede necesitar cambios, corregir lo que no funciona, modernizarlo, darle un nuevo propósito y conservar aquello que todavía tiene valor. Destruir es mucho más sencillo: se señala lo viejo, se declara inútil, se desacredita, se derriba y después se anuncia orgullosamente que algo nuevo ocupará su lugar. Y esa lógica, aplicada a un edificio, puede discutirse en términos de arquitectura, costos y funcionalidad. Aplicada a un país, debería preocuparnos muchísimo más.
Costa Rica no necesita conservar todo simplemente porque sea viejo, ni convertir cada edificio en monumento, ni defender instituciones únicamente por nostalgia. Las instituciones también necesitan evolucionar, los programas deben evaluarse, los gastos deben justificarse y los edificios pueden llegar al final de su vida útil. Pero entre conservarlo todo y destruirlo todo existe una palabra que parece haberse vuelto incómoda: cuidar. Cuidar lo construido mientras mejoramos lo que debe mejorarse. Cuidar las instituciones mientras corregimos sus defectos. Cuidar las libertades mientras discutimos sus límites. Cuidar a las personas incluso cuando pensamos diferente. Cuidar el patrimonio que recibimos porque no nos pertenece exclusivamente a nosotros: también pertenece a quienes vienen detrás.
Mi papá probablemente habría escuchado toda esta explicación, habría movido la cabeza y la habría resumido con una sola palabra: Tagarotes. Y posiblemente habría tenido razón. Porque mientras unos tienen que conformarse con escuchar que no hay recursos, que no alcanza, que deben esperar o que hay otras prioridades, otros parecen poder decidir que algo que pertenece al Estado ya no sirve y que lo mejor es echarlo abajo para levantar algo nuevo.
Por eso el edificio del ICE me importa mucho menos como montón de concreto que como símbolo. Quiero saber por qué hay que destruirlo. Quiero saber cuánto cuesta destruirlo, cuánto cuesta reemplazarlo, qué alternativas se estudiaron y por qué fueron descartadas. Quiero saber si realmente la demolición es la mejor decisión para los costarricenses y no solamente la opción más conveniente para quienes hoy administran una institución que no les pertenece.
Porque los gobiernos pasan. Los jerarcas pasan. Los ministros pasan. Los presidentes pasan. El país queda. Y cada generación debería tener la humildad suficiente para comprender que Costa Rica no comenzó cuando ella llegó al poder.
Vinieron prometiendo transformar. Pero después de mirar alrededor y ver tantas instituciones golpeadas, personas atacadas, derechos cuestionados, programas debilitados y ahora hasta edificios condenados a desaparecer, uno termina haciéndose una pregunta incómoda: ¿Y si nunca se trató de transformar?
Porque, a veces, viendo lo que queda detrás, pareciera que el plan es mucho más sencillo. Vinieron a destruir. Y están destruyendo; pero esa es solo una opinión de mi parte.