Cuando el arte se vuelve encuentro

En las clases de acuarela o los talleres de arte que estoy implementando, es muy difícil que no aparezcan mis historias de vida como viajero del mundo, la narración de algunos hechos que he vivido como escritor, y por supuesto, todo matizado con algunas pinceladas de coaching que, sin buscarlo, terminan convirtiéndose en una especie de terapia. Lo interesante de todo esto es que esas terapias han sido más para mí que para el resto. Aunque las conversaciones muchas veces parecen dirigirse a las personas, a sus fortalezas y flaquezas —si se les puede llamar así—, lo cierto es que cada diálogo ha sido como una sesión de coaching para mí mismo: frente al mundo, frente a la gente, frente a sus historias, sus narraciones, sus vivencias, y sus manifestaciones de coraje en diferentes momentos de la vida.

He disfrutado profundamente a cada una de las personas que han venido. Cada una ha traído algo, una semilla nueva. Y justo cuando creo que ya he recibido suficientes enseñanzas, aparece alguien más con una historia que me sacude o me acaricia. Han venido personas que, en su conversación, reflejan una vida organizada, un disfrute pleno. Personas que han atravesado momentos difíciles, pero no traen consigo la tristeza ni la carga; traen la manifestación del éxito, la superación, la luz que emerge cuando se ha caminado a través de la sombra. Me conmueve ver cómo lo resolvieron, cómo crecieron, cuán grandes se volvieron. Dónde están sus valores, su fe, su enseñanza y su testimonio.

También han llegado personas sedientas de conocimiento, y ese deseo genuino me genera un compromiso profundo: enseñar con amor, con paciencia, con entrega. Porque vienen a crecer, a explorar, a construir algo nuevo para sus vidas. Han llegado con aires de superación, con el corazón dispuesto a amar el arte, y regresan con ganas de volver a vivirlo, de seguir pintando, de disfrutar lo que nació aquí. Algunas han salido de huecos impresionantes, pero no es esa la historia que traen; no es su presente. Lo que traen es su fortaleza, su renacimiento, la evidencia viva de lo que han logrado y del norte al que ahora apuntan.

He recibido visitantes felices, alegres, entusiastas. Otros me han compartido tristezas, pero lo hacen con una sonrisa de orgullo, por las cosas que dejaron atrás, por cómo lo hicieron, por cuánto han crecido. Estos talleres han sido una delicia de experiencias, una cuna de relatos y encuentros. Yo podría escribir dos o tres historias después de cada sesión. Pero, por ahora, las estoy masticando, rumiando, dejando que hagan su trabajo silencioso dentro de mí. Porque han venido también personas heridas, golpeadas por la vida, y al cruzar la puerta de este espacio traen consigo el testimonio de su renacimiento: de dónde salieron, dónde están, hacia dónde van.

Al principio pensé que todo esto sucedía por el ambiente que encontraban en mi casa: un rincón de paz, felicidad, arte, creatividad, alegría. Pero luego entendí que no era por eso. No es que aquí se transformen. Es que así son. Así vienen. Así viven. Este lugar no es una fábrica de cambios, es un espejo limpio donde cada quien se ve a sí mismo con claridad y sin juicio.

Muchas veces, al hablar de mi libro El gozo más allá de la felicidad, explico cómo la felicidad no es lo más importante en la vida. Porque la felicidad, por muy deseada que sea, es efímera, momentánea, frágil. Se puede perder en un segundo. En cambio, lo importante es el gozo. Ese gozo que no depende de las circunstancias. Que es innegociable, inamovible, fuerte y duradero. Muchas veces digo que ese gozo, para algunas personas religiosas, viene del Espíritu Santo. Y para quienes no se identifican con lo espiritual, viene de la construcción consciente de una vida con sentido. No suelo dar muchos ejemplos de esta segunda versión, pero ayer conocí, básicamente, al personaje que representa exactamente eso. Probablemente también sostenido por el Espíritu Santo, pero sobre todo, por la fuerza de su decisión de vida. Una persona que, incluso en ausencia de felicidad, ha decidido enfocarse en el gozo. Y no solo enfocarse, sino construirlo… piedra a piedra… hasta convertirlo en una fuente constante, serena y profunda.

He aprendido tanto en estas clases. Me ha emocionado ver cuando dos personas que no se conocían se sientan juntas, pintan, conversan y, al final del día, se intercambian teléfonos, redes, sonrisas y nuevas historias. Me conmueve ver cómo se reúnen tres personas que nunca antes se habían visto, sin tener amigos en común, y aún así, empiezan a compartir, a vibrar en la misma frecuencia, a encontrarse en ese espacio invisible donde el alma reconoce al alma. Y entonces me pregunto: ¿cuántas veces en la vida tenemos la oportunidad de sentarnos a una mesa con una o dos personas que no conocemos, sin referencias, sin vínculos previos, y simplemente decir: “estemos en contacto”?

Eso es más que arte. Eso es más que una clase. Eso… también es gozo.

A veces pienso que cuando vamos al médico, llegamos con una lista mental de dolencias, síntomas, molestias. Vamos con la mirada puesta en lo que duele, en lo que falta, en lo que está mal. Pero venir aquí —a mi taller, a este espacio de acuarela— es exactamente lo contrario. Cuando invito a alguien a pintar conmigo, no le digo que venga a “hacer arte”. Le digo que venga a vivir la magia de la acuarela. Porque no es solo arte. Es magia. Es el agua guiando al pigmento, el pigmento bailando sobre el papel, dejando manchas, surcos, huellas, historias. Y al día siguiente, cuando el papel ha secado, aparece ante nosotros una obra vibrante, brillante, que antes no existía… y que ahora respira.

Mientras explico esto, mientras muestro cómo el color se transforma sobre la humedad del papel, pienso también en la otra magia. La que no se ve, pero se siente. La que está en el aire cuando alguien se permite ser, sin máscaras, sin expectativas. Por eso digo: vengan. Pinten conmigo. Disfruten. Yo soy alegría. Soy paz. Vivo dentro de la gracia de la magia. Y aunque no soy un mago… cuando pinto acuarela, algo en mí lo es.

Y tal vez por eso la gente llega aquí con su propia magia también. Tal vez por eso vienen distintos de como uno va al médico. No vienen a contar lo que les duele. Vienen a compartir sus logros, sus enseñanzas, sus momentos felices. Y, sin embargo, si alguien llega con un matiz distinto, con un nudo en el alma, el ambiente está igual de preparado para abrazarlo. La misma vibra, la misma paz, la misma alegría… las mismas ganas de que sienta, que respire, que viva el momento. Y si lo que lleva dentro no se puede reparar en dos horas, al menos puede pasar dos horas maravillosas, felices, contentas… con los dedos mojados de color y el alma un poquito más liviana.

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