
Me parece que recientemente alguien llamó «equinos» a ciertos diputados de la República, y esa comparación —que no sería otra cosa que llamarlos caballos— me puso a pensar. Porque cuando alguien compara a otra persona con una especie animal no suele hacerlo para enaltecer sus cualidades, sino para ofenderla. Y nunca he entendido muy bien bajo qué lógica funciona eso. Muchos animales han cumplido funciones extraordinariamente importantes en la historia de la humanidad y algunos continúan haciéndolo todos los días. Pero ese es otro tema. Lo que me interesa aquí es otra cosa: si alguien pretende insultar llamando caballo a otra persona, quizá debería saber primero un poquito de caballos.
Los pueblos nórdicos, por ejemplo, tuvieron a los caballos en enorme estima. Los transportaron consigo en sus desplazamientos y hubo que resolver incluso la manera de llevar aquellos animales en embarcaciones. No era precisamente porque fueran criaturas despreciables. El caballo significaba movilidad, fuerza, trabajo, conquista, supervivencia y hasta posición social. Durante siglos fue además transporte, instrumento de trabajo, compañero de guerra, fuerza para cultivar la tierra y pieza fundamental en la construcción de civilizaciones. De manera que llamar caballo a alguien puede ser un insulto bastante mal escogido. Y cuanto más pienso en los caballos, menos entiendo dónde estaría exactamente la ofensa.
Hay caballos briosos, educados, con fuerza, señorío, potencia y temperamento. Cuando corren se siente la energía que llevan dentro, pero han aprendido algo todavía más importante que correr: saben detenerse. Basta una indicación. Tienen poder y tienen control. Y tal vez allí haya una primera lección interesante, porque el verdadero poder no consiste solamente en poder correr; también consiste en poder parar. No es más poderoso quien jamás se detiene. A veces es exactamente al contrario. Hay que tener mucho dominio para detener una enorme fuerza cuando las circunstancias indican que corresponde hacerlo. Tener potencia es una cualidad. Tener potencia y controlarla es otra mucho mayor.
Hay otra característica del caballo que me gusta particularmente. Es un animal poderoso, pero también extraordinariamente sensible al peligro. Puede percibir una amenaza y detenerse. Ante algo que le parece peligroso —una serpiente, por ejemplo— no necesariamente continúa avanzando para demostrar que es muy valiente. Frena, se pone en alerta, observa, reacciona y puede advertir con su comportamiento a los demás. Y esto me parece magnífico, porque hemos llegado a un momento extraño de nuestra cultura política en el que detenerse parece cobardía y atropellar parece valentía. No. A veces quien frena es simplemente quien vio primero la serpiente. A veces quien pide detenerse no tiene menos coraje que quien quiere seguir. Tiene más información. A veces levantar la voz de alerta no es obstruir el camino. Es impedir que todos terminen encima del peligro.
El caballo huye cuando puede porque es un animal de presa, pero eso tampoco significa que sea indefenso. Un caballo asustado sigue siendo un animal de cientos de kilos, con una fuerza extraordinaria, capaz de defenderse cuando se siente acorralado. Confundir prudencia con debilidad puede resultar un error bastante serio. Hay algo particularmente interesante en esa combinación: fuerza y sensibilidad, poder y prudencia, capacidad de avanzar y capacidad de frenar. Quizá justamente allí reside una forma de poder mucho más sofisticada que la simple ferocidad.
Y entonces llegamos al jaguar. Porque curiosamente, mientras algunos animales son utilizados como insulto, otros han sido elevados a una especie de categoría nobiliaria. Jaguar. La palabra suena poderosa. El jaguar es fuerte, hermoso, sigiloso, musculoso, rápido. Es uno de los grandes depredadores de nuestro continente y cumple, además, una función ecológica importantísima. Pero es un depredador. Eso también viene incluido en el paquete. No podemos escoger únicamente las características del animal que nos convienen para construir una metáfora.
El jaguar acecha, observa, calcula, se acerca sin ser visto, caza y mata para alimentarse. Y normalmente caza solo. No es un animal doméstico, ni un animal de cooperación con los seres humanos. No aró nuestros campos, no llevó a nuestros abuelos de un pueblo a otro, no transportó nuestras cosechas, no tiró de nuestras carretas ni acompañó durante siglos la construcción de nuestras comunidades. Eso no lo hace malo. Sería absurdo juzgar moralmente a un jaguar por comportarse como jaguar. Simplemente es jaguar. Pero si vamos a convertirlo en símbolo político, entonces aceptemos la metáfora completa. Porque resulta muy fácil quedarse con «fuerte», «veloz», «poderoso» y «majestuoso» y olvidarse convenientemente de «depredador», «solitario» y «cazador».
Y hay algo todavía más curioso. Yo dejaría entrar un caballo a mi finca. Probablemente usted también. No dejaría entrar un jaguar. Si alguien gritara desde la calle que un caballo entró en el jardín, seguramente saldríamos a verlo. Si alguien gritara que hay un jaguar en el jardín, cerraríamos la puerta. Y si verdaderamente apareciera un jaguar caminando libremente por una ciudad, nadie razonable propondría dejarlo pasear tranquilamente entre la gente para demostrar respeto por su majestuosidad. Habría que contenerlo, proteger a las personas y también proteger al propio animal, porque es peligroso. Entonces aparece una pregunta deliciosa: si alguien realmente fuera un jaguar, ¿quién querría recibirlo en su casa?
Quizá por eso resulta tan extraño utilizar «jaguar» como autoproclamación de superioridad y «caballo» como insulto. No estoy seguro de que el caballo salga perdiendo en esa comparación. Incluso desde un punto de vista estrictamente humano, la balanza es curiosa. El jaguar tiene un valor ecológico enorme, claro está. Pero el caballo ha convivido con nosotros, trabajado con nosotros y ayudado a construir nuestras sociedades. El jaguar obtiene su alimento cazando. El caballo puso su fuerza al servicio de otros. Y si de símbolos vamos a hablar, no sé por qué hemos decidido que el primero representa poder y el segundo estupidez.
Tal vez porque hemos construido un extraño diccionario de animales. Si yo dijera que el fiscal general es un lince, probablemente algunas personas pensarían que le estoy haciendo un cumplido. «Es un lince». Listo, ya dijimos que es inteligente, sagaz, rápido mentalmente, observador. Pero si yo dijera que los miembros del Poder Ejecutivo son «un montón de perras», inmediatamente entenderíamos que estoy insultando. Y, sin embargo, hagamos una encuesta sencilla. ¿Cuántas personas tienen un lince en su casa? ¿Cuántas tienen un jaguar? ¿Cuántas tienen una perra a la que quieren como miembro de su familia?
Nosotros amamos a los perros. Los dejamos dormir en nuestra cama, celebramos sus cumpleaños, lloramos cuando mueren, gastamos dinero cuando enferman, les hablamos como si fueran nuestros hijos y ponemos sus fotografías en nuestras redes sociales. Pero «perra» puede ser insulto. A un lince, al que difícilmente abrazaríamos en la sala de nuestra casa, lo convertimos en elogio. La lógica humana es maravillosa. También hemos escuchado utilizar «cerdos» para descalificar personas. Otra vez el mismo mecanismo. No importa el animal. Importa la intención de disminuir al otro.
Y ahí es donde creo que comienza a ponerse interesante el asunto. ¿Por qué necesitamos convertir a quien piensa diferente en otra especie? ¿Por qué no basta decir «no estoy de acuerdo»? ¿Por qué necesitamos que unos sean caballos, otros cerdos, otros felinos, otros perros y nosotros, casualmente, siempre terminemos adjudicándonos la criatura más espectacular del zoológico? Es demasiada coincidencia. Nunca escucho a alguien construir su propia épica diciendo: «Yo soy una humilde lombriz». No. Uno mismo siempre termina siendo el jaguar. Fuerte. Majestuoso. Indomable. Temido.
El problema empieza cuando uno se pone el disfraz y espera que los demás también vean al jaguar. Porque llamarse jaguar no convierte a nadie en jaguar. Uno puede escoger ese animal porque desea imaginarse rápido aunque sea lento. Puede escogerlo porque quiere proyectar una apariencia estilizada aunque no la tenga. Puede escogerlo porque desea verse feroz, dominante, superior. Pero un nombre no modifica la naturaleza. Y entonces uno tendría que preguntarse si está ante un jaguar que rompe todos los esquemas conocidos o ante alguien disfrazado de jaguar.
Y el asunto se vuelve todavía más divertido cuando comenzamos a mezclar zoología con ideología. Porque también hemos escuchado acusaciones de «comunistas» dirigidas a ciertos grupos políticos y, en otros momentos, alusiones a felinos. Hasta donde recuerdo de mis clases de ciencias, los jaguares son felinos. Así que uno termina en un problema conceptual bastante serio: ¿los felinos son comunistas? ¿Hay jaguares de izquierda y jaguares de derecha? ¿Los pumas son socialdemócratas? ¿Un ocelote necesita afiliarse antes de entrar al bosque? Por supuesto que es absurdo. Y precisamente ahí está el punto.
Cuando reducimos la discusión política a etiquetas, las etiquetas terminan por no significar absolutamente nada. La palabra sustituye al argumento. La burla sustituye a la explicación. El animal sustituye al ciudadano. Y entonces ya no tenemos que demostrar que alguien está equivocado. Basta llamarlo caballo. No tenemos que responder lo que preguntó. Basta llamarlo comunista. No tenemos que explicar nuestros actos. Basta convertirnos nosotros mismos en jaguares y anunciar que quienes cuestionan son criaturas inferiores. Eso puede ser muy efectivo como espectáculo, pero intelectualmente es bastante pobre.
Y todavía quiero regresar a los caballos, porque mientras más pienso en ellos, menos ofensivo me resulta que alguien me llame equino. Un caballo sabe correr. Un caballo sabe trabajar. Un caballo puede ser noble. Un caballo puede ser poderoso. Un caballo puede tener señorío. Un caballo puede aprender. Un caballo puede obedecer sin perder su fuerza. Un caballo puede detenerse. Un caballo puede percibir un peligro que otros todavía no han visto. Un caballo puede alertar a los demás. Un caballo puede asustarse y, aun así, encontrar la fuerza para defenderse. Un caballo ha acompañado a la humanidad durante siglos. Y, sobre todo, un buen caballo no necesita devorar a nadie para demostrar que es fuerte.
Quizá por eso debamos revisar nuestras metáforas. Quizá tener colmillos no sea la máxima expresión del poder. Quizá acechar no sea liderazgo. Quizá atacar no sea valentía. Quizá caminar solo no sea independencia. Quizá rugir no sea tener razón. Y quizá detenerse, observar, advertir y decidir después de pensar sean cualidades bastante más útiles para gobernar una sociedad que lanzarse sobre todo aquello que se mueve.
Hay incluso algo profundamente democrático en esa idea. Una democracia necesita personas con fuerza, pero con freno. Personas con criterio, pero capaces de escuchar. Personas que avanzan, pero también pueden detenerse. Personas que detectan serpientes en el camino y tienen el coraje de decir: «Por aquí no». Porque a veces el más valiente no es quien sigue avanzando hacia el peligro, sino quien tiene la serenidad suficiente para detenerse, observar y advertir a los demás.
Por eso, después de pensarlo bastante, creo que llamar «equino» a alguien no necesariamente es un gran insulto. Al contrario. Un caballo puede representar fuerza, nobleza, sensibilidad, señorío, servicio, resistencia, inteligencia práctica, prudencia y control. Un jaguar puede ser una criatura extraordinaria en la selva y una pésima compañía en la sala de la casa. Y un caballo puede parecer menos feroz, pero haber ayudado durante miles de años a llevar a la humanidad muchísimo más lejos.
Al final quizá la pregunta no sea quién es caballo y quién es jaguar. La pregunta realmente interesante es otra: ¿quién sabe hacia dónde va? Porque hay animales que cazan, hay animales que acechan y hay animales que acompañan. Hay quienes necesitan demostrar su fuerza atacando y hay quienes pueden cargar una enorme fuerza sin necesidad de usarla contra nadie. Hay quienes rugen y hay quienes simplemente avanzan.
Así que la próxima vez que alguien quiera insultar a otra persona llamándola «equino», tal vez convenga conocer primero un poco mejor a los caballos.
Podría llevarse una sorpresa.
Porque queriendo ofender, quizá terminó haciendo un cumplido.