El efecto Ariel y el efecto Álvaro

En estas elecciones presidenciales ocurrió algo que hacía mucho tiempo no veíamos con tanta claridad. Más allá de quién ganó la contienda, el país terminó dividiéndose, de hecho, en dos grandes bloques. Un sector hablaba de quienes defendían la democracia y el otro, por supuesto, también se consideraba democrático. No quiero entrar aquí en esa discusión, porque este artículo trata de otra cosa. Quiero hablar de algo mucho más bonito que ocurrió dentro de toda aquella confrontación: la capacidad que tuvieron algunos candidatos de ganarse no solamente los votos de quienes los apoyaban, sino también el respeto, la simpatía y, en algunos casos, el cariño de quienes terminaron votando por otros colores.

Aunque sucedió con varios, quiero detenerme especialmente en dos casos: el efecto Ariel y el efecto Álvaro. Ariel Robles y Álvaro Ramos fueron candidatos presidenciales de partidos evidentemente distintos, con pensamientos, historias y propuestas diferentes. Sin embargo, ambos consiguieron algo que no necesariamente se contabiliza la noche de las elecciones: que muchas personas que no votaron por ellos terminaran queriéndolos. Es fácil escuchar frases como: «Yo no voté por Álvaro, pero me encanta»; «no voté por él, pero me parece tan inteligente»; «qué hombre más decente»; «me hubiera gustado verlo en otro momento». Y con Ariel ocurre algo parecido. Personas que jamás habrían pensado votar por el Frente Amplio hablan de él con una sonrisa, reconocen su sencillez, su forma de relacionarse con la gente y hasta ese aire de muchacho cercano que pareciera conocer a todo el mundo. A mí eso me parece una manifestación preciosa de convivencia democrática.

Porque creo que lo que ocurre con Ariel y Álvaro va más allá de la política. La gente no solamente valora al candidato: quiere a la persona que cree ver detrás del candidato. Y eso es muchísimo más difícil de construir que una campaña electoral. Una campaña puede diseñar una imagen, escoger colores, escribir discursos, producir videos, contratar estrategas y repetir consignas. Pero hay algo que difícilmente puede fabricarse: la sensación de autenticidad. Cuando una persona transmite tranquilidad, inteligencia, sencillez, decencia o cercanía, la gente lo percibe. Puede no coincidir con ella, puede no darle el voto y hasta puede estar en las antípodas de su pensamiento político, pero aun así decir: «Ese me cae bien». Y en tiempos de tanta polarización, eso vale oro.

Quizás el efecto Ariel resulta todavía más interesante. Ariel no solamente era candidato presidencial; venía de ser diputado, y de los diputados que llaman la atención. Además pertenecía —y pertenece— al Frente Amplio, precisamente el partido que desde el Poder Ejecutivo fue señalado reiteradamente como comunista. Era, por decirlo de alguna manera, uno de los personajes a quienes el discurso político adversario habría debido convertir con mayor facilidad en una figura incómoda para una parte importante de la población. Pero Ariel hizo algo extraordinario sin aparentemente proponérselo: se brincó la etiqueta. Con su personalidad, su sencillez, su sonrisa, su manera de hablar y esa cara de tener muchos amigos, atravesó el ataque político, pasó por encima de los prejuicios ideológicos y terminó cayendo directamente en el corazón de mucha gente.

Y eso me parece importantísimo. Porque cuando uno comienza a querer a la persona que está detrás de una bandera política, resulta más difícil odiar la bandera. Cuando descubrimos que alguien del otro partido puede ser inteligente, noble, divertido, honesto, sensible o buena persona, empiezan a romperse esas caricaturas absurdas con las que tantas veces intentan dividirnos. Ya no es «el comunista», «el liberacionista», «el chavista», «el socialcristiano» o «el progre». De pronto vuelve a ser Ariel. Vuelve a ser Álvaro. Vuelve a ser una persona.

Álvaro produjo un efecto diferente, pero igualmente interesante. En él mucha gente reconoció preparación, serenidad e inteligencia, pero además una cierta bonhomía que terminó trascendiendo la campaña. Incluso quienes tenían enormes diferencias con Liberación Nacional podían separar al partido del candidato y decir tranquilamente: «No voté por él, pero Álvaro me gusta». Y esa frase, que podría parecer pequeña, encierra muchísimo. Significa que todavía somos capaces de diferenciar nuestras preferencias electorales de nuestros afectos, y que todavía podemos reconocer las cualidades de alguien que no pertenece a nuestro grupo.

Tal vez esa sea una de las cosas buenas que nos dejaron estas elecciones. Porque la democracia no consiste solamente en aceptar que ganó otro. Eso sería apenas el mínimo indispensable. Una democracia verdaderamente saludable debería permitirnos algo mucho más hermoso: admirar a quien no votamos, reconocer las virtudes del adversario y hasta sentir cariño por alguien cuyas ideas no son las nuestras. Cuando eso sucede, la política deja de ser una guerra entre tribus y vuelve a convertirse en una conversación entre ciudadanos.

Ariel y Álvaro no son los únicos. Hubo otros candidatos y candidatas que también consiguieron cruzar esas fronteras invisibles entre partidos y ganarse el respeto de personas que nunca fueron sus votantes. Los utilizo como ejemplos porque en ellos el fenómeno me parece particularmente evidente, pero sería injusto pensar que fueron los únicos. Quizás esta campaña, tan dura en tantos sentidos, nos dejó también un pequeño grupo de figuras que pueden encontrarse mañana en un supermercado, un restaurante, una universidad o una actividad pública y recibir el saludo afectuoso de alguien que les diga: «Yo no voté por usted, pero qué gusto conocerlo». Y eso, para mí, es democracia.

Al final tengo que hacer una confesión muy personal. Cuando pienso en quienes fueron candidatos presidenciales en esta elección, descubro que la papeleta terminó dejándome algo que no esperaba. Yo llevo a mis cuatro fantásticos en el corazón.

Y, para ser completamente sincero, a otros tres también. Porque una elección termina cuando se cuentan los votos. El cariño, por fortuna, no.

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