
Es una palabra que no me gusta demasiado. Tal vez porque, en mi interpretación, casi siempre viene cargada de una especie de deseo oculto de juicio, como si al pronunciarla uno estuviera esperando que algo o alguien dicte sentencia y que, además, el veredicto coincida exactamente con lo que uno quisiera que le ocurriera a otra persona. Y eso me incomoda. Me da miedo que, al decirla, termine convirtiéndose en mí en un mal deseo, en una pequeña venganza disfrazada de espiritualidad o en una manera elegante de decir: ojalá le pase algo. Por eso trato de no usarla cuando estoy dolido, molesto o decepcionado con alguien, porque en ese momento la palabra puede dejar de ser una reflexión y convertirse en una condena. Y yo no quiero andar por la vida deseándole desgracias a nadie, ni siquiera a quienes han actuado mal conmigo o con otras personas. Me parece que ese tipo de deseo termina ensuciando también a quien lo sostiene.
Sin embargo, hay otro momento en que la palabra cambia completamente de significado. Es después. Después de que las cosas suceden. Después de que alguien construye una historia, actúa de determinada manera, trata mal a otros, engaña, manipula, miente o se dedica a destruir reputaciones, y tiempo después comienza a experimentar las consecuencias de aquello que hizo. Entonces ya no estamos deseando nada. Ya ocurrió. Y uno simplemente observa el resultado y, a falta de una explicación más precisa, termina diciendo: fue karma. Ya no es una amenaza ni una expectativa. Ya no se trata de esperar que alguien reciba un castigo. Se trata de mirar hacia atrás y preguntarse si lo que está ocurriendo tiene relación con la manera en que esa persona decidió caminar antes.
En los últimos días he visto a ciertas personas, autoproclamadas comunicadoras, que sin una razón clara se han enfrascado contra otras personas, utilizando mentiras, verdades a medias, insinuaciones y relatos construidos de tal manera que, al menos desde mi perspectiva, resultaba difícil no percibir una mala intención. No parecía crítica, no parecía análisis y tampoco parecía simplemente una diferencia de opinión. Parecía la necesidad de disminuir a alguien, desacreditarlo, afectar su imagen o conseguir atención a costa de otro. Y ahora, por algunos detalles de los que me entero, noto que muchas de esas mismas personas están viendo cómo su propia capacidad de convocatoria se reduce, cómo sus publicaciones reciben pocas reacciones y cómo la audiencia que quizá alguna vez tuvieron empieza a hacerse mucho más pequeña. No sé si eso tenga una explicación técnica, algorítmica, social o simplemente humana, pero resulta inevitable notar la coincidencia.
Tal vez el karma no sea un rayo que cae del cielo ni una fuerza misteriosa que anda detrás de la gente buscando a quién castigar. Tal vez sea mucho más simple. Tal vez cuando una persona actúa desde la maldad, desde la mezquindad o desde el deseo de destruir, va desgastando lentamente la confianza de quienes la observan. Tal vez la gente tarde en darse cuenta, pero termina notándolo. Tal vez una mentira consiga atención una vez, dos veces o diez veces, pero llega un momento en que quien escucha comienza a desconfiar del mensajero. Tal vez el odio produzca ruido, pero no necesariamente construye comunidad. Tal vez atacar atraiga miradas durante un tiempo, pero no siempre genera respeto. Y quizá allí esté el verdadero karma: no en una fuerza exterior, sino en el hecho de que cada conducta va dejando una huella y cada manera de relacionarse con los demás termina construyendo un paisaje alrededor de quien la practica.
Quien siembra confianza suele recoger confianza. Quien siembra respeto puede recibir respeto. Quien siembra afecto tiene más posibilidades de encontrar afecto. Y quien siembra resentimiento, mentira, provocación o daño termina viviendo, tarde o temprano, dentro del terreno que él mismo cultivó. Por eso se me ocurre una manera un poco irreverente de decirlo: cuando alguien hace las cosas desde la maldad, quizá compra los cien números de la rifa de un karmazo. No porque yo quiera que gane, no porque yo esté esperando que le ocurra algo, sino porque, estadísticamente hablando, cuando uno compra todos los números, resulta bastante difícil que el premio termine en manos de otra persona.
Y ahí es donde la palabra deja de ser amenaza y se convierte en observación. Ya no es “ojalá te llegue el karma”. Es simplemente mirar lo ocurrido y pensar: probablemente esto tiene alguna relación con aquello que hiciste antes. Aun así, siento pena por algunas personas, porque cuando alguien termina reducido por sus propias acciones, cuando pierde credibilidad, afecto, audiencia, respeto o influencia, no necesariamente produce satisfacción. Al contrario. A veces produce tristeza. Porque uno puede ver con claridad que muchas de esas consecuencias pudieron evitarse. Bastaba con actuar de otra manera, bastaba con no mentir, bastaba con no atacar, bastaba con no convertir a los demás en escalones para intentar subir.
Quizá por eso sigo sin sentirme cómodo deseándole karma a nadie. Prefiero que la vida haga lo suyo, que cada quien siga sembrando lo que decida sembrar y que el tiempo acomode lo que tenga que acomodar. Y después, cuando todo haya pasado, si no encontramos otra explicación, entonces sí podremos mirar los resultados y decir, sin rabia, sin venganza y sin alegría por la caída ajena, que tal vez fue karma.