
Yo siempre he creído, como parte de esas cosas que uno mete dentro de la física cuántica sin saber muy bien si realmente pertenecen ahí, que en algún lugar del universo existe una gran olla. Una especie de enorme recipiente invisible que se alimenta de las buenas acciones de la gente, de toda la humanidad y de todos los tiempos. Si alguien hizo una buena obra hace trescientos años en Siberia, esa buena acción quedó ahí. Si alguien ayudó a otro hace mil años, si una persona compartió lo poco que tenía, si alguien salvó una vida, consoló a un desconocido, protegió a un animal o simplemente tuvo un gesto de bondad que nadie vio, todo aquello fue depositado en esa gran olla universal. Ahí quedaron las bendiciones.
Pero también creo que nosotros podemos tomar de esa olla. Son esos momentos en que algo ocurre a nuestro favor y decimos: “Fue una bendición”. Y sí, yo sigo creyendo que se trata de algo divino. No veo contradicción alguna. Más bien imagino esa olla como parte de algún mecanismo de Dios que nosotros no alcanzamos a comprender. Y como esa olla no tiene tiempo ni lugar, podría perfectamente suceder que una niña que vive en Brasil en el año 2026 reciba hoy una bendición proveniente de una buena acción que alguien depositó hace medio millón de años. En el universo, supongo, medio millón de años tampoco debe ser para tanto.
Entonces todos aportamos a esa olla, en mayor o menor medida, pero todos también tomamos de ella. Y ahí es donde mi teoría comienza a complicarse, porque inevitablemente termino convirtiéndola en un asunto de contabilidad. Si yo he recibido bendiciones durante toda mi vida, ¿cómo puedo estar seguro de que también he aportado suficiente? ¿Habré tomado más de lo que he depositado? ¿Mi cuenta bancaria universal tendrá saldo a favor? ¿O estaré peligrosamente cerca de los números rojos? Porque uno lleva cuentas de muchas cosas. Sabemos cuánto dinero tenemos en el banco, cuánto debemos en una tarjeta, cuánto hemos gastado durante el mes. Pero de esta cuenta no llega ningún estado bancario. No hay una aplicación para revisarla ni un cajero automático donde uno pueda poner una tarjeta y preguntar: “A ver, universo, ¿cómo andamos?”.
Así que desarrollé otra teoría. Creo que los niños pequeños y las mascotas pueden verlo. No sé cómo, pero pueden. Por eso algunas veces un niño se queda mirándote fijamente sin conocerte. O un perro se acerca, te observa, mueve la cola y decide quedarse junto a vos. Quizás ellos todavía pueden reconocer algo que nosotros, los adultos, ya perdimos. Tal vez están viendo tu cuenta. Y cuando se quedan mirándote con tranquilidad, con curiosidad, con esa mirada limpia que tienen los niños y los animales, yo prefiero pensar que están diciendo: “Este todavía tiene saldo”.
Ayer me pasó en Walmart. Un niño bien pequeño se quedó viéndome fijamente. Yo le sonreí, él siguió mirándome y terminé deteniéndome para contarles a sus papás toda mi teoría: la gran olla del universo, las buenas acciones acumuladas durante miles de años, las bendiciones que tomamos de ella y mi particular sistema para saber si uno anda con la cuenta en positivo. No sé qué habrán pensado sus papás de mí. Probablemente que habían salido a comprar algunas cosas y terminaron encontrándose en un pasillo con un señor explicándoles el sistema financiero del universo. Pero yo me fui feliz, porque el niño siguió mirándome y decidí interpretar aquello como una auditoría favorable.
Esta noche sucedió algo todavía más extraño y, para mí, mucho más conmovedor. Iba con Luis Fer para una cena; él conducía y, cerca del Country Day, en Escazú, quedamos detenidos en una presa. En algún momento vi a una muchacha que paseaba varios perros de pelo blanco. Entre ellos iba uno pequeño. El perrito llegó a la acera, se detuvo y volvió la cabeza directamente hacia nuestra ventana. Hacia mi ventana. Y se quedó mirándome. No sé cuánto duró. Probablemente muy poco. Pero a mí me conmovió inmensamente porque inmediatamente pensé en mi teoría. Un día un niño. Al siguiente, un perro.
Claro que puedo buscarle todas las explicaciones racionales del mundo. El niño simplemente vio a un señor que le llamó la atención. El perro habrá visto un movimiento dentro del carro, un reflejo en el vidrio o cualquier cosa que despertó su curiosidad. Pero déjenme quedarme con mi explicación. Es más bonita. Porque si mi teoría tiene aunque sea una pizca de verdad, esta noche sentí que el universo me entregó un pequeño estado de cuenta y decía: “Vas bien. Tu cuenta tiene saldo a favor. Seguí así. Seguí haciendo lo que sea que estás haciendo, porque te está funcionando”.
Quizás mañana ningún niño me mire y ningún perro se detenga frente a mi ventana. Quizás pase mucho tiempo antes de que vuelva a recibir una de estas extrañas auditorías que yo mismo me inventé. No importa. Esta noche recibí la mía. Y mientras aquel pequeño perro blanco siguió su camino por una acera de Escazú y nosotros continuábamos hacia nuestra cena, yo me quedé profundamente conmovido. Sentí que, por alguna razón que no puedo explicar, el universo acababa de decirme que siguiera. Así que seguiré. Seguiré depositando en la olla. Por si acaso.