Apacigua no es dueño de nadie

Quiero aclarar algo sobre Apacigua porque, conforme más personas se acercan, leen, comparten, participan o coinciden con algunas de nuestras iniciativas, también aumenta la posibilidad de que desde afuera se interprete ese crecimiento de maneras que no corresponden con lo que somos ni con lo que queremos ser.

Apacigua no es dueño del plantón, ni representante oficial de la democracia, ni propietario de ninguna causa ciudadana. Tampoco pretende apropiarse del trabajo, del esfuerzo o de los méritos de otras organizaciones y personas que han decidido levantar su voz por Costa Rica. Cada organización tiene su historia, su trabajo, su gente, sus ideas, sus aciertos y su aporte, y merece que todo eso le sea reconocido como propio. No necesitamos disminuir a nadie para encontrar nuestro lugar, porque nuestro lugar no depende del tamaño del espacio que ocupen los demás.

Apacigua tampoco necesita declararse representante de nadie. No hablamos en nombre de todos los costarricenses, ni en nombre de todas las personas preocupadas por nuestra democracia, ni siquiera en nombre de quienes ocasionalmente coinciden con nosotros. Cada persona conserva su propia voz. Cada organización conserva la suya. Nosotros tenemos la nuestra.

Apacigua simplemente camina.  Propone ideas, abre espacios, escribe, conversa, invita, crea iniciativas y pone cosas sobre la mesa. Algunas prosperan y otras quizá no. Algunas encuentran inmediatamente personas dispuestas a acompañarlas y otras necesitan tiempo. Después, cada uno decide libremente si quiere caminar junto a nosotros, caminar por otra ruta, acompañarnos solamente durante un trecho o no caminar con nosotros en absoluto. Esa libertad no es un inconveniente para Apacigua: es precisamente parte de aquello que queremos defender.

Si hoy muchas personas se acercan a Apacigua, comparten nuestras publicaciones, participan de nuestras iniciativas o encuentran en este espacio una manera de expresar lo que sienten, yo no lo interpreto como un título de propiedad sobre esas personas ni como un mérito que pueda colgarme en el pecho. Mucho menos como una autorización para hablar en nombre de ellas. Lo recibo como una enorme responsabilidad.

La gente no pertenece a Apacigua.

Y quizá haya que decirlo todavía más claramente: tampoco las ideas democráticas pertenecen a Apacigua. La paz no nos pertenece. La defensa de las instituciones no nos pertenece. La Constitución no nos pertenece. Costa Rica no nos pertenece. Son espacios muchísimo más grandes que nosotros, en los que coincidimos con miles de personas y organizaciones que pueden tener historias, métodos, sensibilidades y posiciones distintas.

Por eso no necesitamos competir por quién convocó más, quién habló primero, quién tuvo la idea, quién apareció en la fotografía o quién merece recibir los aplausos. Si una iniciativa beneficia a Costa Rica, poco debería importarnos quién termina llevándose el crédito. Si una buena idea nació en otra organización, podemos apoyarla. Si alguien propone algo mejor que nosotros, podemos reconocerlo. Y si nosotros ponemos sobre la mesa algo que otros consideran valioso y deciden hacerlo suyo, magnífico. Una idea que realmente busca servir al país debería alegrarse de caminar incluso cuando ya nadie recuerda quién la pronunció primero.

Eso también significa que Apacigua puede coincidir con otras organizaciones sin convertirse en ellas y puede discrepar de ellas sin transformarlas en adversarias. Podemos caminar juntos en una causa y tomar caminos diferentes en la siguiente. La coincidencia no significa subordinación y la discrepancia no tiene por qué convertirse en enemistad. Precisamente una democracia saludable debería permitirnos hacer ambas cosas.

Hay algo más que considero fundamental: la neutralidad de Apacigua no significa indiferencia.

Somos neutrales en términos político-partidarios. No pertenecemos a un partido, no somos una estructura electoral y no necesitamos convertirnos en seguidores de una figura política para reconocer cuando hace algo que consideramos correcto, ni convertirnos en enemigos de alguien para señalar aquello que consideramos equivocado. Nuestra referencia debe estar en los principios, no en los nombres.

Por eso Apacigua puede cuestionar una acción proveniente del oficialismo y también una acción proveniente de sectores democráticos con los que hemos coincidido en otras ocasiones. Si consideramos que una propuesta pone innecesariamente en riesgo a las personas, aumenta la confrontación, debilita las instituciones, rompe puentes o contradice los principios de paz y convivencia que defendemos, tenemos no solamente el derecho de decirlo, sino la responsabilidad de hacerlo.

Ser neutral no consiste en quedarse en silencio para no incomodar a nadie.

Tampoco consiste en repartir las críticas matemáticamente para demostrar que estamos exactamente a la misma distancia de todos. Eso sería una neutralidad artificial. Si mañana una actuación de un sector nos parece correcta, podremos reconocerla. Si pasado mañana una actuación de ese mismo sector nos parece equivocada, podremos cuestionarla. Y podremos hacer exactamente lo mismo con cualquier otro.

La neutralidad que yo imagino para Apacigua no está en medio de dos bandos.

Está alrededor de unos principios.

Y esos principios son la paz, la democracia, la institucionalidad, los derechos, las garantías, el diálogo, la convivencia y la defensa de las personas. Ahí está nuestro punto de referencia. Desde ahí podemos acercarnos o alejarnos de una propuesta dependiendo de lo que esa propuesta represente, sin necesidad de preguntarnos primero quién la presentó.

Por eso tampoco necesitamos salir a convencer a nadie de que Apacigua es más importante de lo que es, adjudicarnos hechos que no nos corresponden o entrar en una competencia por protagonismo. Si una idea tiene valor, caminará. Si una propuesta hace sentido, encontrará compañía. Si hacemos algo bueno, ojalá otros lo multipliquen. Y si algún día dejamos de hacer sentido para la gente, deberemos tener también la humildad suficiente para entenderlo.

Yo quisiera que Apacigua siempre caminara así: sin empujar a nadie, sin apropiarse de nadie, sin necesitar proclamarse dueño de ninguna causa y sin guardar silencio únicamente para conservar amistades o alianzas circunstanciales.

Podremos equivocarnos. Seguramente lo haremos. Tendremos que corregir, escuchar y aprender muchas veces. Pero hay algo que quisiera que nunca perdiéramos de vista: Apacigua no nació para conquistar un espacio dentro de la política costarricense. Nació para ayudar a cuidar un espacio que ya nos pertenece a todos.

Costa Rica.

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