
Vivíamos bastante tranquilos en la comarca. Tal vez no todos, tal vez no todo el tiempo, pero en términos generales la pasábamos bien. No todos saludábamos a todos, no todos pensábamos igual y seguramente existían diferencias importantes entre nosotros, pero casi siempre había respeto y, fuera como fuera, convivíamos en paz. Podíamos discrepar sin sentir que la existencia del otro representaba una amenaza. Podíamos conversar, discutir, alejarnos y volver a encontrarnos sin que cada diferencia tuviera que convertirse en una guerra.
Hasta que un día, desde el horizonte de tierras lejanas, apareció algo que empezó a dividir la comarca. No necesariamente entre amigos y enemigos, pero sí entre bandos, sospechas, diferencias y rencillas. Poco a poco comenzamos a acostumbrarnos a una vida que antes no conocíamos. Empezamos a bloquearnos unos a otros, a desconfiar, a responder con dureza, a asumir intenciones y a mirar al otro no simplemente como alguien que pensaba diferente, sino como alguien que estaba del otro lado. Las redes sociales aceleraron ese proceso. El botón de bloquear se convirtió casi en el mejor amigo de todos, cada publicación parecía exigir una posición, cada comentario podía transformarse en una pelea y cada diferencia terminaba clasificándonos.
Llegó la polarización y, aunque no estábamos acostumbrados a ella, poco a poco empezamos a asumir que sería parte del paisaje, algo con lo que tendríamos que convivir durante mucho tiempo. El daño fue profundo, porque no solamente comenzaron a enfrentarse las ideas: también empezaron a erosionarse las relaciones. Personas que antes conversaban dejaron de hacerlo, viejos conocidos se miraron con sospecha y muchas veces bastó una opinión política para alterar la manera en que veíamos a alguien a quien habíamos conocido durante años.
Pero en los días recientes he comenzado a notar algo que me preocupa todavía más. El problema ya no parece quedarse únicamente entre dos aceras claramente visibles. Ahora se brinca la cerca, entra por pequeñas rendijas y llega hasta el corazón mismo de cada grupo. Y una vez adentro, pareciendo uno más, comienza a hacer algo mucho más efectivo que atacar desde afuera: sembrar dudas.
Dudas sobre quién está con quién. Sobre quién cambió de posición. Sobre quién traicionó a quién. Sobre quién dejó de apoyar a quién. Sobre quién está peleado con quién. Sobre quién dijo algo que supuestamente no debía decir. Sobre quién pertenece realmente a un lado o al otro. Y cuando ese mecanismo empieza a funcionar, ya ni siquiera es necesario que exista una acusación seria. Basta una captura de pantalla, una frase fuera de contexto, un comentario anónimo, un mensaje reenviado o la clásica expresión de “me dijeron que…” para que la confianza empiece a tambalearse.
Yo mismo he recibido decenas de mensajes preguntándome si soy esto o aquello, si hice determinada cosa o si ahora pienso de cierta manera. Y muchas de esas preguntas vienen de personas que durante meses me han seguido, me han leído, han reaccionado innumerables veces a mis artículos e incluso de personas con quienes me he encontrado en lugares públicos y nos hemos tomado una fotografía. Y debo admitir que eso me entristece. No porque alguien pregunte; preguntar está bien. Lo que preocupa es descubrir lo frágil que puede llegar a ser una confianza que creíamos construida durante meses y lo fácil que resulta que una versión inesperada ponga en duda todo un historial. Es una especie de nuevo “ahí viene el lobo”, pero multiplicado por miles de pantallas.
También me han escrito preguntándome si sé si fulano, sutana o mengana se cambiaron de acera; si determinada persona ahora está en otro bando; si alguien dejó de apoyar a alguien; si dos figuras conocidas están peleadas o si existe alguna ruptura escondida que nadie quiere contar. Y algunas de las personas cuestionadas tienen miles de seguidores y han dedicado incontables horas de su vida a trabajar, comunicar, informar, organizar o defender aquello en lo que creen. Sin embargo, a veces una sola versión parece tener más peso que meses o años de comportamiento conocido. Ahí es donde quizá tengamos que aprender algo.
No podemos construir confianza durante meses y destruirla en cinco minutos por un rumor. No podemos creer cualquier captura de pantalla sin contexto. No podemos convertir una pregunta anónima en una verdad. No podemos permitir que una frase dudosa pese más que cien acciones conocidas. Y, sobre todo, no podemos regalarle a nadie el poder de separarnos con tanta facilidad.
Por eso creo que tenemos que proteger el cerco. No levantando muros entre nosotros, ni viviendo con miedo, ni convirtiéndonos en personas desconfiadas de todo y de todos. Se trata más bien de fortalecer el criterio. De ser un poco más maliciosos, en el buen sentido de la palabra, cuando recibimos determinada información. Preguntarnos quién dice algo, de dónde salió, qué antecedentes existen, si coincide con el comportamiento histórico de la persona cuestionada, si existe una fuente verificable y si aquello que nos cuentan tiene sentido.
También debemos aprender a revisar historiales. Recordar quién ha estado ahí, qué ha dicho durante meses, qué ha defendido, qué ha hecho y cuál ha sido su comportamiento. Porque si conocemos a alguien desde hace tiempo y de pronto aparece una versión completamente contradictoria con todo aquello que conocemos de esa persona, lo razonable debería ser preguntar antes de condenar. Y si tenemos dudas sobre alguien, quizá el camino más sencillo siga siendo el de siempre: preguntarle directamente.
La división desde afuera es visible y, precisamente por eso, muchas veces resulta más fácil de reconocer. La división desde adentro es diferente. Puede presentarse como preocupación, como confidencia, como advertencia, como supuesto consejo o incluso como una pregunta aparentemente inocente. No siempre llega gritando. Algunas veces llega susurrando. Y quizás por eso resulta mucho más eficaz. Por eso tenemos que cuidar más.
No comamos cuento. No compartamos rumores. No ayudemos a multiplicar sospechas. No repitamos aquello que no podemos verificar. No permitamos que nos conviertan en instrumentos de nuestra propia separación.
Porque quizá hoy el verdadero reto no sea únicamente defender nuestras ideas. Tal vez también tengamos que aprender a defender la confianza que hemos construido entre nosotros.
Y cuando alguien intente brincarse la cerca, no necesariamente necesitamos levantarla más alto. Lo que necesitamos es aprender a reconocer quién viene a conversar y quién viene solamente a sembrar dudas.