
Yo no sé si a ustedes les pasa, pero a mí sí. Hay ciertas horas del día en las que, de manera casi automática, soy más feliz que en otras. Y no es que me considere una persona infeliz; por el contrario, creo que básicamente soy feliz. Pero mi tranquilidad, mi estado de ánimo y hasta mi manera de mirar la vida parecen tener un horario. Las mismas responsabilidades existen a las diez de la mañana y a las once de la noche, los problemas probablemente siguen siendo los mismos y las cuentas no desaparecieron, pero curiosamente no pesan igual.
Las mañanas suelen llegar acompañadas de una lista invisible que aparece incluso antes de que termine de despertarme. Hay cosas por hacer, cosas por reparar, cosas por escribir, por componer, por preparar, por producir y, sobre todo, cosas por pagar. Hay pendientes, compromisos, ideas, proyectos, cuentas y responsabilidades. Es como si el día apenas comenzara y yo ya estuviera atrasado. Todavía no me he levantado completamente y mi cabeza ya está recorriendo todo aquello que necesita una respuesta. Entonces aparece el estrés, no necesariamente porque algo malo esté sucediendo en ese instante, sino porque durante la mañana todo parece posible, urgente y pendiente al mismo tiempo.
A media mañana ese estrés algunas veces se ha convertido en angustia y, alrededor de la hora del almuerzo, puede sentirse todavía más fuerte. Hay días en los que casi no quiero ni almorzar. Es curioso: el cuerpo necesita detenerse, comer y descansar un momento, mientras la cabeza parece insistir en que todavía no ha hecho suficiente. Todavía quedan horas para hacer llamadas, resolver trámites, producir, cobrar, pagar, contestar y decidir. Y quizá precisamente porque todavía todo puede hacerse, mi mente siente que todo debería hacerse ya.
Pero después algo empieza a cambiar.
La tarde avanza y muchas de aquellas posibilidades que por la mañana parecían infinitas comienzan a cerrarse. Algunas cosas se hicieron y otras no. Algunas pudieron resolverse y otras inevitablemente tendrán que esperar. Los bancos cierran, las oficinas terminan su jornada, muchas personas dejan de llamar y el mundo comienza lentamente a dejar de exigir respuestas. Curiosamente, con cada puerta que se cierra afuera, pareciera abrirse una puerta dentro de mí.
Entonces llega la noche y aparece la paz.
Es cuando vuelvo a escribir con placer. Preparo canciones, diseño talleres, trabajo en algún proyecto, organizo ideas, dibujo posibilidades o simplemente me siento frente a la computadora a crear. Sigo trabajando, muchas veces durante horas, pero ya no siento que alguien esté esperando algo de mí en ese preciso momento. El teléfono se queda en silencio. Las oficinas están cerradas. Ya no hay trámites que pueda resolver ni personas a las que deba llamar. Por unas horas, el mundo deja de pedirme cosas y, quizá por eso, empiezo a escucharme mejor.
Pasan las diez, las once, llega la medianoche. Luego la una de la mañana y algunas veces las dos. Y aparece una sensación completamente diferente a la de aquella mañana que comenzó cargada de preocupación. No quiero acostarme. Muchas veces ni siquiera tengo sueño. Estoy disfrutando. Estoy trabajando, sí, pero de otra manera. Estoy creando sin sentir que corro detrás del reloj. Y entonces he comenzado a preguntarme si realmente soy una persona a la que simplemente le gusta la noche o si, en realidad, lo que me gusta de la noche es aquello que desaparece con ella.
Desaparece la urgencia, desaparece la posibilidad de resolverlo todo y desaparece, por unas horas, la expectativa de los demás. Queda solamente aquello que puedo hacer desde donde estoy. Hay algo profundamente liberador en comprender que a las dos de la mañana ya no puedo llamar al banco, resolver un trámite, conseguir un proveedor ni solucionar buena parte de los problemas que durante el día parecían enormes. Es como si la propia realidad me concediera un permiso que durante el día me cuesta concederme a mí mismo: esto tendrá que esperar.
Y quizá ahí esté la verdadera reflexión. Tal vez muchas veces no nos angustia únicamente aquello que tenemos que hacer, sino la sensación de que deberíamos poder hacerlo todo ahora. Vivimos bajo una especie de disponibilidad permanente. Mientras una oficina esté abierta sentimos que deberíamos llamar. Mientras alguien pueda contestarnos sentimos que deberíamos escribirle. Mientras exista alguna posibilidad de resolver algo sentimos que tenemos la obligación de resolverlo. Y terminamos cargando no solamente con los problemas, sino también con todas las posibilidades de resolverlos.
La noche, en cambio, pone límites que nosotros mismos muchas veces somos incapaces de poner. Nos dice que por hoy algunas cosas terminaron. Que aquello que no se resolvió tendrá que esperar. Que mañana habrá otra oportunidad. Y dentro de ese límite aparece una libertad maravillosa. La noche no solucionó mis problemas, no pagó mis cuentas, no terminó mis pendientes y no hizo desaparecer mis responsabilidades. Simplemente puso una frontera entre ellos y yo. Y esa frontera me permitió respirar.
Quizá sería bueno aprender a llevar un poquito de esa noche a nuestras mañanas. Recordarnos, cuando despertamos frente a la avalancha de pendientes, que no todo necesita resolverse simultáneamente. Que una cuenta es una cuenta y no toda nuestra vida. Que un problema es un problema y no necesariamente una tragedia. Que una lista de pendientes puede ser larga sin que tengamos que cargarla completa en el pecho. Podemos ocuparnos de una cosa, luego de otra y después de la siguiente. Y aquello que hoy no pueda resolverse probablemente tendrá que esperar, exactamente como espera cuando llegan las once de la noche.
Tal vez la paz que siento cuando cae la noche no depende únicamente de la oscuridad, del silencio o de la ausencia de llamadas. Tal vez nace del permiso. El permiso de dejar algunas cosas para mañana. El permiso de hacer solamente lo que puedo hacer. El permiso de crear sin sentir que estoy huyendo de algo. El permiso de sentarme, respirar, escribir, pensar, escuchar música o simplemente estar sin la sensación permanente de que debería encontrarme en otra parte resolviendo alguna cosa.
Esta noche, mientras escribo esto, seguramente muchas oficinas ya estarán cerradas. Hay cosas que no puedo resolver y otras que sencillamente no quiero resolver ahora. Mañana regresarán algunas preocupaciones, seguramente regresarán algunos pendientes y volverá aquella lista invisible que suele aparecer casi al mismo tiempo que abro los ojos. Pero quizá mañana pueda verla de una manera diferente: no como una montaña que debo cargar completa desde que comienza el día, sino como un camino que puedo recorrer paso a paso.
Porque si algo me han enseñado mis noches es que, muchas veces, la vida sigue exactamente igual, pero yo ya no la siento igual. Los problemas son los mismos, las responsabilidades siguen ahí y probablemente mañana tendré que ocuparme de ellas. Lo que cambió fue el lugar desde el cual las estoy mirando.
Y tal vez ahí se esconda una pequeña clave de la paz: no siempre necesitamos cambiar inmediatamente todo lo que está afuera. Algunas veces necesitamos aprender a cambiar la hora interior desde la que miramos la vida.
Quizá entonces podamos descubrir que también es posible sentir un poquito de noche, incluso a las diez de la mañana.