Las palabras de Max Barberena

Esta tarde, como un grato accidente de esos que a veces nos regalan las redes sociales, me topé con uno de los videos de Max Barberena. Lo escuché una vez, luego otra, y terminé haciendo lo que uno hace cuando encuentra algo que le despierta curiosidad: entré a su cuenta y comencé a navegar por otros de sus videos. Me gustaron muchísimo sus palabras sobre el nacionalismo, la patria, la independencia, los logros y, especialmente, los esfuerzos de los costarricenses. Porque mientras lo escuchaba pensé en algo que quizá deberíamos recordar más durante estos días de septiembre: Costa Rica no nos la regalaron. A veces hablamos de este país como si la paz, la democracia, la educación, las instituciones, la seguridad social y hasta nuestra forma de vivir hubieran aparecido naturalmente, como los volcanes o las montañas. Y no. Detrás de la Costa Rica que recibimos hubo generaciones enteras trabajando, luchando, tomando decisiones difíciles y, algunas veces, pagando costos enormes.

Me gustó escucharlo hablar de costarricenses que han demostrado hasta dónde podemos llegar. Franklin Chang no llegó al espacio porque alguien decidiera regalarle un asiento. Claudia Poll no llegó a convertirse en campeona olímpica porque alguien le cediera unos metros en la piscina. Keylor Navas no llegó a defender la portería de algunos de los equipos más grandes del mundo porque alguien le regalara cada atajada. Detrás de ellos hubo disciplina, sacrificios, derrotas, madrugadas, insistencia y muchísimo trabajo. Y como ellos existen miles de costarricenses cuyos nombres nunca aparecerán en una portada, pero que todos los días levantan este país. Y entonces pensé que quizá hemos cometido el error de creer que la historia de Costa Rica tampoco costó. La independencia pudo habernos llegado mediante una noticia y un documento, pero construir una nación independiente fue otra cosa. Costa Rica hubo que hacerla. Costó enfrentamientos entre nosotros, como Ochomogo. Costó Santa Rosa y Rivas. Costó la Campaña Nacional contra los filibusteros de William Walker. Costó vidas, enfermedades, miedo y sacrificio. Si pudiéramos preguntarle a Juan Santamaría si construir esta Costa Rica costó, probablemente no necesitaríamos demasiadas explicaciones.

Pero después también costó construir la paz. Costó levantar escuelas, hospitales, caminos e instituciones. Costó imaginar una seguridad social cuando aquello parecía demasiado ambicioso para un país pequeño. Costó apostar por la educación. Costó atravesar la tragedia de 1948 y posteriormente tomar una de las decisiones más extraordinarias de nuestra historia: abolir el ejército. Mientras buena parte del mundo entendía la seguridad a través de las armas, este pequeño país decidió intentar otro camino. Y aquí seguimos, décadas después, demostrando que aquella aparente locura pudo convertirse en una de nuestras mayores fortalezas. Mientras escuchaba a Max también pensé en algo que repetimos muchísimo: que Costa Rica es pequeña. Y sí, geográficamente lo somos. Pero pocas veces dimensionamos todo lo que cabe dentro de este pedacito de tierra. Una extraordinaria biodiversidad, bosques, mares, volcanes, cientos de especies de aves, anfibios, mamíferos y plantas. Tenemos una riqueza natural gigantesca concentrada en un territorio diminuto. Pero incluso por encima de todo eso, tenemos otro recurso que muchas veces olvidamos valorar: los propios costarricenses.

Porque si grandes empresas internacionales deciden establecer aquí sus operaciones, si costarricenses han llegado a universidades, laboratorios, escenarios, empresas, competencias deportivas y centros científicos alrededor del mundo, no es solamente por nuestra ubicación en el mapa. Hay conocimiento, talento, creatividad, capacidad de trabajo y una cultura que, con todos nuestros defectos, todavía conserva algo profundamente nuestro: esa particular manera de entender la vida que resumimos diciendo pura vida. Y ya apagados los videos, con mi cabeza todavía a mil por hora, empezaron a aparecer más y más recuerdos de nuestros logros, de las decisiones que marcaron al país y de la forma en que Costa Rica ha ido encontrando, una y otra vez, la manera de seguir hacia adelante. Recordé la Declaración de Neutralidad Perpetua de don Luis Alberto Monge. Recordé también el Plan de Paz de Óscar Arias Sánchez, que lo llevaría a recibir el Premio Nobel de la Paz. Y junto a él, inevitablemente, apareció en mi memoria el rostro de doña Margarita Penón Góngora, porque aunque su nombre no siempre aparezca asociado a esos grandes hitos, estoy seguro de que buena parte de los sacrificios, las tensiones y los costos personales de aquellos años también pasaron por ella.

Y entonces me hice una pregunta que quizá no tenga respuesta. ¿Qué pensaban todos los actores de esos grandes momentos de nuestra historia mientras los estaban viviendo? ¿Sabían que estaban tomando decisiones que serían recordadas durante décadas? ¿Sabían que estaban marcando una diferencia que llegaría mucho más allá de sus propias vidas? ¿O simplemente estaban haciendo lo que creían correcto en ese momento, sin tener certeza alguna de cómo los juzgaría el futuro? Y si ellos no lo sabían, ¿cómo podríamos saberlo nosotros? ¿Cómo sabemos si en algún momento nos toca a nosotros llevar la bandera y el estandarte cuesta arriba? Tal vez Juan Santamaría no imaginó todo lo que vendría después. Tal vez pensó únicamente que tenía que hacer algo. Algo concreto. Algo necesario. Tal vez creyó que unos pocos compañeros lo reconocerían, que cuatro gatos lo aplaudirían, o tal vez ni siquiera pensó en aplausos. Y sin embargo, la historia decidió otra cosa. La historia convirtió aquel acto en símbolo.

Y entonces vuelvo a preguntarme por nosotros. ¿Estamos simplemente buscando que cuatro gatos nos aplaudan en las redes sociales? ¿Estamos contando reacciones, seguidores, comentarios y compartidos? ¿O alguna de las cosas que hacemos hoy podría terminar formando parte, aunque sea de manera diminuta, de algo que dentro de cincuenta, cien o doscientos años alguien recuerde? No lo sé. Y probablemente nadie puede saberlo. Pero sí creo algo. Creo que deberíamos hacer siempre las cosas con tanta fuerza, tanta convicción y tantas ganas como si la historia nos estuviera viendo. Como si estuviera sentada frente a nosotros. Observando. Tomando nota. Porque tal vez lo que hoy parece pequeño mañana resulte importante. Tal vez lo que hoy nadie entiende mañana tenga sentido. Tal vez una decisión tomada con miedo, con dudas y con muy poco respaldo termine abriendo un camino que nosotros mismos nunca llegaremos a recorrer.

Por eso Apacigua seguirá trabajando incansablemente. Porque aunque hoy apenas sea un granito de arena, aunque no camine con una antorcha en la mano, no cargue un rifle ni tenga que internarse montaña adentro para luchar contra una ocupación, hará lo que le corresponde hacer en este momento de nuestra historia. Y si al final Apacigua no es recordada, si su nombre nunca aparece en un libro de historia y dentro de muchos años nadie sabe siquiera que existió, yo me quedaré con algo mucho más importante: la tranquilidad de saber que hice lo que pude, lo que consideré correcto y aquello que creí que podía marcar una diferencia. Aunque hubiera empujones en el camino. Aunque algunas veces camináramos solos. Aunque no siempre nos entendieran. Porque quizás de eso se trata hacer historia: no de saber que algún día apareceremos en ella, sino de actuar correctamente aun cuando nadie nos pueda garantizar que seremos recordados.

Apacigua seguirá comunicándose de la manera en que considera correcta: con educación, sin gritos, sin insultos y sin convertir cada mensaje en una competencia por conseguir seguidores. Pero tampoco voy a fingir que los números no significan nada. Cada vez que aumenta la cantidad de personas que nos siguen, prefiero interpretarlo como una señal de que hay más personas que se identifican con esta manera de hacer las cosas, con este tono y con esta forma de entender el país. Y en mi caso hay algo todavía más personal. Muchas veces siento que quienes me siguen no lo hacen únicamente porque les gusta una publicación, un video o una idea, como podría suceder con cualquier creador de contenido. Algunos se han quedado cerca, me escriben, me acompañan y me hacen sentir que existe un afecto detrás de ese seguimiento. Tal vez no siempre sea así. Tal vez alguna parte de eso sea simplemente mi manera de interpretarlo. Pero, aun así, es combustible. Es una de esas pequeñas fuerzas que me recuerdan que del otro lado hay alguien escuchando, alguien pensando, alguien que quizá comparte esta manera de caminar. Y algunas veces eso basta para seguir.

Por eso escuchar a Max Barberena esta tarde terminó siendo mucho más que encontrarme accidentalmente con un video. Me recordó que celebrar la independencia no debería consistir únicamente en poner una bandera, cantar el himno o recordar una fecha. También debería ser un ejercicio de gratitud hacia miles de costarricenses anónimos que hicieron posible el país que recibimos. Y quizá también debería servirnos para preguntarnos qué Costa Rica vamos a entregar nosotros. Porque nuestros antepasados hicieron su parte. Algunos incluso entregaron la vida. Otros construyeron instituciones que probablemente nunca imaginaron llegarían hasta nuestros días. Nosotros recibimos esa herencia, pero no recibimos la garantía de conservarla para siempre.

Costa Rica no nos la regalaron. Nos la prestaron quienes estuvieron antes. Y algún día tendremos que entregársela a quienes vienen detrás. Ojalá podamos hacerlo diciendo que también nosotros hicimos nuestra parte. Y que, cuando nos tocó, actuamos como si la historia estuviera viendo. Porque probablemente lo estaba.

En conclusión, gracias a las palabras de Max, hoy solo quiero formar parte de una historia que, cuando algún día vuelva la mirada hacia nosotros, pueda juzgarme con cariño. No porque haya hecho todo bien, ni porque haya acertado siempre, sino porque pueda reconocer que lo intenté con convicción, que hice lo que consideré correcto y que, mientras me tocó caminar este tramo, procuré dejar a Costa Rica un poco mejor de como la encontré.

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