
Lo que hizo don Rodrigo Chaves en Cartago fue suficientemente evidente. No necesito dedicar demasiadas líneas a explicar por qué considero impropio que una figura de semejante investidura responda a ciudadanos con muecas, burlas y un “lero, lero, calzón de cuero”. Cada persona podrá verlo, escucharlo y sacar sus propias conclusiones. A mí me interesa otra cosa que posiblemente sea todavía más preocupante: la gente que lo vio y decidió aplaudirlo, la gente que lo escuchó y decidió repetirlo, la gente que, teniendo tiempo para pensarlo, escribió públicamente “lero, lero” como una expresión de orgullo, de victoria y de identificación con aquella conducta. Porque una cosa es que un hombre pierda la compostura durante unos segundos. Otra muy diferente es que cientos o miles de adultos observen esa pérdida de compostura y encuentren en ella algo admirable. Ahí ya no estamos hablando únicamente de Rodrigo Chaves. Estamos hablando de una parte de nuestra sociedad y de los valores que está dispuesta a exhibir públicamente. Eso es lo que debería preocuparnos.
Quien escribe “lero, lero” celebrando lo ocurrido no está defendiendo una propuesta económica, una obra pública, una política social ni una decisión de gobierno. Tampoco está argumentando por qué considera que Rodrigo Chaves hizo una buena gestión. Está celebrando la burla. Está diciendo públicamente: me gusta que quien tiene poder humille al que piensa diferente, me divierte verlo, me representa. Y eso dice mucho más de una persona que cualquier bandera política que coloque en su perfil. Yo puedo comprender perfectamente que alguien haya votado por Rodrigo Chaves. Puedo comprender que lo considere un buen gobernante. Puedo comprender incluso que crea que ha sido perseguido injustamente o que piense que la oposición costarricense ha cometido errores gravísimos. En democracia caben todas esas posiciones. Lo que me cuesta muchísimo más comprender es que un adulto vea a una persona que ejerció la Presidencia de la República burlándose infantilmente de ciudadanos y piense: eso quiero defender yo.
Porque ahí ya no estamos discutiendo ideología. Estamos hablando de valores, de educación, de respeto, de la forma en que entendemos la convivencia con alguien que no piensa como nosotros y, sobre todo, de nuestra relación con el poder. Hay algo particularmente revelador en quien disfruta viendo al poderoso burlarse del ciudadano, porque normalmente esa persona imagina que siempre estará del lado del poderoso. Cree que el “lero, lero” será eternamente contra otro: contra el opositor, contra el periodista, contra el manifestante, contra el diputado que le cae mal, contra el ciudadano que cuestiona. Nunca imagina que algún día puede ser contra él. Ese es uno de los grandes errores de quienes celebran el autoritarismo, la prepotencia o la humillación cuando coinciden con quien las ejerce: creen que el poder distingue amigos para siempre. El poder no funciona así.
Hoy usted puede reírse cuando alguien cuestiona y recibe un “lero, lero”. Mañana puede ser usted quien tenga una pregunta legítima sobre una carretera, una pensión, un impuesto, una institución, un hijo que necesita atención, un negocio que depende de una decisión pública o un derecho que considera vulnerado. Y posiblemente ese día ya no le parezca tan gracioso que desde el poder le respondan burlándose. Por eso me impresionan particularmente quienes no solamente lo justificaron, sino que salieron orgullosamente a las redes sociales a repetirlo. Porque tuvieron una oportunidad extraordinaria para demostrar que todavía podían distinguir entre apoyar a una persona y aprobar absolutamente todo lo que esa persona hace. No lo hicieron.
Podían haber escrito: “Apoyo a Rodrigo Chaves, pero esto estuvo mal”. Eso habría sido digno. Podían haber dicho: “Voté por él, pero un expresidente debe guardar respeto frente a los ciudadanos”. Eso habría demostrado criterio. Podían incluso defender toda su gestión y agregar: “En esto no lo acompaño”. Eso habría demostrado independencia. Pero algunos escogieron otra cosa: “Lero, lero”. Y con dos palabras dijeron muchísimo sobre sí mismos. Porque la verdadera lealtad política no consiste en convertirse en eco. La verdadera dignidad de un ciudadano aparece precisamente cuando es capaz de ponerle límites a la persona que admira. Seguir a alguien cuando todo lo que hace nos parece maravilloso es facilísimo. Decirle “hasta aquí lo acompaño” cuando cruza una línea requiere carácter.
Por eso quien hoy repite públicamente el “lero, lero” quizá crea que está humillando a la oposición. Yo creo que está haciendo otra cosa: se está describiendo. Está mostrando cuáles comportamientos está dispuesto a normalizar con tal de que provengan de su bando. Está demostrando que su vara moral cambia dependiendo de quién tenga enfrente. Está admitiendo que una conducta que probablemente reprocharía furiosamente en un adversario puede resultarle divertida cuando la practica alguien a quien admira. Y eso tiene un nombre muy sencillo: doble estándar.
Si mañana un político al que adversan respondiera de esa manera a uno de ellos, muchos de quienes hoy celebran probablemente hablarían de arrogancia, irrespeto, abuso de poder, falta de educación y vergüenza nacional. Y posiblemente tendrían razón. La diferencia es que los valores solamente son valores cuando también se aplican a los nuestros. De lo contrario son conveniencias. Costa Rica necesita ciudadanos capaces de cuestionar incluso a quienes votaron, personas capaces de decir “esto estuvo mal” sin sentir que traicionaron una causa, personas que entiendan que la democracia no consiste simplemente en ganar elecciones, sino en convivir después de ganarlas, y que ejercer poder no otorga permiso para despreciar a quien cuestiona.
A mí el “lero, lero” de don Rodrigo me pareció lamentable. Pero confieso que me preocupa todavía más el coro. Porque Rodrigo Chaves es una persona. El coro son muchos. Y cuando una sociedad comienza a disfrutar públicamente de la humillación del adversario, el problema ya no está solamente sentado en una silla de poder. Está caminando entre nosotros. Y escribe orgullosamente en Facebook: Lero, lero.