
El “lero, lero” de don Rodrigo Chaves en Cartago es posiblemente el “lero, lero” pronunciado con mayor autoridad en la historia política costarricense. Por supuesto, no lo acepto, no lo entiendo, no lo disculpo y mucho menos lo comparto. Me parece impropio de un presidente de la República y todavía más dentro de un acto oficial. Pero hay algo incómodo que también debemos reconocer: en cierta forma, nos lo merecemos.
“Lero, lero”, nos dijo a quienes hemos sido oposición. Vine por este país y llegué a la Presidencia. “Lero, lero”: enfrenté cuestionamientos, críticas, investigaciones, denuncias, manifestaciones y una enorme resistencia política, y aquí sigo. “Lero, lero”: quiero prolongar mi proyecto político y voy a impulsar a quien yo considere conveniente para hacerlo. Y mientras tanto, quienes han querido detenerme no han encontrado cómo. Por eso aquel “lero, lero” tiene una dimensión mucho mayor que la de una simple expresión infantil. Puede interpretarse casi como una declaración política: me burlé de ustedes, hice lo que quise hacer y ustedes no consiguieron impedirlo. Esa es, posiblemente, la verdadera fuerza de aquella expresión. Y eso es precisamente lo que debería preocuparnos.
No porque Rodrigo Chaves haya inventado la burla, ni porque sea el primer político que desprecia a sus adversarios. Sino porque logró construir alrededor suyo un movimiento importante de ciudadanos que celebran esa manera de ejercer el poder. Basta recorrer las redes sociales para encontrar cientos de personas repitiendo alegremente: “lero, lero”. Ya no es solamente él. Son también muchos de los suyos. Y ahí aparece el verdadero problema. Cuando la política se convierte en una competencia para humillar al contrario; cuando ganar significa burlarse; cuando una parte de la ciudadanía siente satisfacción viendo cómo se ridiculiza a otra; cuando la separación de poderes, las instituciones o las diferencias democráticas empiezan a verse simplemente como obstáculos que hay que derrotar, entonces el problema dejó de ser Rodrigo Chaves. El problema somos nosotros como sociedad.
Porque un presidente puede pronunciar un “lero, lero”, pero para que ese “lero, lero” tenga poder necesita gente que lo aplauda. Y la tiene. Por eso no pienso responderle con otro “lero, lero”. Tampoco quiero convertirme en aquello que critico. Lo que sí creo es que quienes defendemos una democracia con separación de poderes, Estado de derecho, instituciones fuertes y respeto entre ciudadanos tenemos una obligación mucho más difícil que insultar o burlarnos: tenemos que preguntarnos cómo llegamos hasta aquí.
Porque aquel “lero, lero” no fue solamente una burla. Fue también un mensaje. Y quizá lo más doloroso de admitir es que, hasta ahora, quien lo pronunció siente que tiene razones para hacerlo. “Lero, lero”, dijo don Rodrigo. Y mientras una parte del país celebraba la ocurrencia, otra debería haber estado preguntándose, seriamente, por qué no hemos sabido construir una respuesta democrática más inteligente, más sólida y más efectiva.