
Querido mundo, más allá de nuestras fronteras: les hablo desde Costa Rica. Pero quizá no desde aquella Costa Rica que ustedes conocieron, visitaron o aprendieron a admirar durante tantos años. No les hablo solamente desde el país de las playas, de los bosques, de la biodiversidad, de la gente amable, de la paz sin ejército y de aquella democracia que durante generaciones mostramos con orgullo. Les hablo desde otra Costa Rica. Desde una Costa Rica herida. Desde un país que muchos de nosotros miramos hoy con una mezcla de tristeza, incredulidad y temor, preguntándonos en qué momento comenzamos a dejar de reconocernos. Seguimos teniendo la misma bandera, el mismo territorio y el mismo himno, pero algo profundo se ha quebrado dentro de nosotros. Y cuando una nación comienza a no reconocerse a sí misma, la herida deja de ser solamente política: se vuelve histórica. No escribo esto para pedirles que no vengan. Vengan. Conózcannos. Caminen por nuestras montañas, entren a nuestros pueblos, miren nuestros volcanes, hablen con nuestra gente y descubran todo lo hermoso que todavía existe aquí. Escribo para que sepan que detrás de esa Costa Rica que durante décadas fue presentada ante el mundo como una excepción democrática, hay hoy miles de ciudadanos preocupados por algo que jamás imaginaron tener que defender con semejante angustia: la esencia misma de aquella convivencia que heredamos.
Construir un país como el que recibimos tomó generaciones. Hombres y mujeres trabajaron durante décadas para levantar instituciones, proteger libertades, fortalecer una democracia imperfecta pero respetada y convencernos de que las diferencias podían resolverse dentro de la ley, mediante el diálogo y con respeto. Todo eso tardó muchísimo en construirse. Y algunos sentimos que bastaron apenas unos años para comenzar a agrietarlo. Tal vez lo más doloroso es reconocer que nadie tuvo que cruzar nuestras fronteras con tanques. Nadie desembarcó en nuestras costas. No escuchamos bombarderos ni vimos soldados extranjeros marchando por nuestras carreteras. La amenaza que muchos percibimos llegó de otra forma: desde dentro. Nació entre nosotros, creció entre nosotros y encontró respaldo entre costarricenses. Esa es posiblemente una de las heridas más difíciles de comprender, porque durante décadas imaginamos que, si Costa Rica enfrentaba alguna vez un peligro grave, este vendría desde afuera. Nunca pensamos suficientemente en la posibilidad de que la fractura pudiera comenzar dentro de nuestra propia casa, alimentada por nuestras divisiones, nuestros resentimientos, nuestros silencios y nuestra incapacidad para escucharnos.
Cuando yo era niño crecí escuchando que Costa Rica podía darse el lujo extraordinario de no tener ejército porque pertenecíamos a una comunidad internacional que defendería los principios democráticos si alguna vez eran amenazados. Esa idea nos daba una extraña tranquilidad. Éramos pequeños, sí, pero no estábamos solos. Confiábamos en tratados, amistades internacionales, organismos multilaterales y países aliados. Hoy esa seguridad se siente mucho más frágil. El mundo ha cambiado, las alianzas cambian, los intereses internacionales cambian y cada nación tiene sus propios problemas. Y entonces aparece una pregunta que duele escribir: cuando una democracia se deteriora desde adentro, poco a poco, sin una invasión visible, ¿quién viene a rescatarla? Probablemente nadie. Porque las democracias, finalmente, tienen que ser defendidas principalmente por quienes viven dentro de ellas. Y quizás esa sea nuestra tragedia y, al mismo tiempo, nuestra última esperanza. No podemos esperar que una flota aparezca frente a nuestras costas ni que alguna potencia extranjera venga a reconstruir aquello que nosotros mismos permitamos que se deteriore. No podemos entregar nuestra responsabilidad a Washington, a Panamá, a Caracas, a Europa, a Naciones Unidas ni a ninguna otra capital del planeta.
Si Costa Rica pierde aquello que durante generaciones la hizo diferente, la responsabilidad será profundamente nuestra. Nuestra por haber dejado crecer la intolerancia. Nuestra por habernos acostumbrado al insulto. Nuestra por haber convertido al compatriota que piensa diferente en enemigo. Nuestra por haber permitido que la política entrara hasta las mesas familiares para dividir hermanos, amigos, vecinos y compañeros. Nuestra por haber confundido liderazgo con obediencia y defensa con odio. Querido mundo: algunos costarricenses estamos de luto por un país que todavía existe. Y quizá esa frase parezca contradictoria, pero así se siente. Caminamos por las mismas calles, vemos la misma bandera ondeando, seguimos escuchando la misma marimba y todavía nos ponemos de pie cuando suena nuestro himno. Sin embargo, algo dentro de nuestra convivencia parece haberse perdido. Nos miramos con sospecha. Nos gritamos. Nos insultamos. Celebramos la humillación del adversario. Justificamos comportamientos que hace algunos años nos habrían avergonzado. Familias enteras se han dividido por política. Amigos han dejado de hablarse. Ciudadanos se sienten intimidados por expresar lo que piensan. Y cuando eso ocurre, una nación puede continuar funcionando administrativamente mientras comienza a romperse emocionalmente.
Tal vez algunos dirán que exagero. Ojalá tengan razón. De verdad lo deseo. Ojalá dentro de algunos años alguien encuentre estas palabras y diga que fueron escritas por un hombre asustado que interpretó demasiado oscuramente un momento difícil de su país. Nada me haría más feliz. Preferiría equivocarme por completo antes que tener razón en una sola de estas preocupaciones. Pero cuando uno ama profundamente un país no espera a tener delante las ruinas para preguntar cuándo comenzó el incendio. Uno mira el humo. Escucha los gritos. Observa las primeras grietas. Y habla. Por eso les escribo. No para que vengan a salvarnos. No para pedir intervención. No para presentar a Costa Rica como una nación derrotada. Les escribo para que sepan que detrás de una de las democracias más admiradas de América existe hoy una sociedad profundamente dividida que intenta comprender qué le está sucediendo. Les escribo porque nuestro dolor también merece ser contado. Porque durante décadas mostramos al mundo nuestras conquistas y quizá ahora corresponde tener la humildad de mostrar también nuestros temores.
Pero todavía queda algo. Mientras un costarricense pueda levantar la voz sin violencia, mientras alguien pueda preguntar, escribir, fiscalizar, marchar pacíficamente, conversar, disentir y defender la institucionalidad sin convertir al otro en enemigo, todavía queda Costa Rica. Mientras podamos reconocer que quien piensa distinto sigue siendo nuestro compatriota, todavía queda patria. Mientras exista alguien dispuesto a defender la democracia sin destruirla en el intento, todavía existe esperanza. Así que quizá me corrija antes de terminar. Querido mundo: no hemos perdido completamente a Costa Rica. Pero estamos heridos. Profundamente heridos. Y esta vez hemos comprendido algo que tal vez nunca debimos olvidar: nadie vendrá desde afuera a devolvernos el país que nosotros mismos no seamos capaces de cuidar desde adentro.