
En alguna de las manifestaciones a las que asistí durante estos últimos años conversé con un funcionario del Organismo de Investigación Judicial. No recuerdo su nombre. Tampoco recuerdo su rostro y, sinceramente, aunque me lo encontrara mañana probablemente no podría reconocerlo. Lo que sí recuerdo perfectamente son sus palabras. Estábamos hablando de la situación del país y, sabiendo que era funcionario público y además trabajador del Poder Judicial, le pregunté cómo le estaba yendo durante esta administración, particularmente frente a los constantes enfrentamientos y cuestionamientos que desde el Poder Ejecutivo se dirigían hacia algunas instituciones y funcionarios judiciales. Su respuesta me sorprendió. No porque fuera grandilocuente, sino precisamente porque fue todo lo contrario. Me respondió con una tranquilidad extraordinaria: “Don Vinicio, a nosotros en otros momentos nos han disparado. Una conferencia de prensa de los miércoles no nos va a matar”. No sé si esas fueron exactamente cada una de las palabras que utilizó, porque ha pasado tiempo desde aquella conversación, pero ese fue el sentido de su respuesta y así quedó grabada en mi memoria.
He pensado muchas veces en aquella frase. Porque aquel hombre no estaba diciendo que las palabras no importaran. Tampoco estaba justificando los ataques verbales contra el Poder Judicial, ni diciendo que desde la Presidencia de la República se pueda señalar, cuestionar o descalificar irresponsablemente a cualquiera. Mucho menos estaba afirmando que las instituciones deban permanecer en silencio cuando consideran que están siendo atacadas. Lo que estaba haciendo era colocar las cosas en perspectiva desde la experiencia de alguien que pertenece a un cuerpo policial: hemos enfrentado cosas peores. Y eso me parece importante recordarlo ahora. En una democracia las instituciones no pueden ser tan frágiles que una conferencia de prensa las derrumbe, pero tampoco debemos acostumbrarnos a que desde el poder se golpee verbalmente a las instituciones como si eso fuera normal. Ambas cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo. Debemos exigir respeto a quien ocupa la Presidencia de la República y, simultáneamente, esperar fortaleza, serenidad y profesionalismo de quienes integran nuestras instituciones.
Una democracia madura no necesita funcionarios aterrorizados por las palabras del gobernante de turno, pero tampoco necesita gobernantes que conviertan permanentemente a otras instituciones del Estado en adversarios. Tal vez por eso aquella respuesta me gustó tanto. No escuché victimización. No escuché odio. No escuché deseos de revancha. Escuché algo mucho más poderoso: perspectiva. Era prácticamente decirme: sabemos cuál es nuestro trabajo, conocemos los riesgos que hemos enfrentado y vamos a seguir haciendo lo que nos corresponde. Podrán criticarnos, señalarnos o dedicar parte de una conferencia a nosotros, pero mañana habrá investigaciones que realizar, víctimas que atender, delincuentes que perseguir y un país al cual servir.
Costa Rica necesita precisamente esa clase de instituciones. Instituciones capaces de defenderse cuando corresponde, de responder cuando sea necesario y de acudir a los mecanismos legales cuando consideren que alguien ha cruzado una línea, pero que no pierdan su centro cada vez que alguien levanta la voz. Porque los gobiernos pasan. Los presidentes pasan. Los ministros pasan. Los directores pasan. También pasan los fiscales, magistrados y jerarcas. Las instituciones tienen que permanecer. No sé quién era aquel funcionario del OIJ. Probablemente nunca vuelva a encontrarlo. Pero quisiera decirle que aquella frase sencilla que pronunció en medio de una manifestación terminó acompañándome mucho más tiempo del que seguramente imaginó: “A nosotros nos han disparado. Una conferencia de prensa de los miércoles no nos va a matar”.
Quizás ahí haya una pequeña lección para todos nosotros. No se trata de callarnos, ni de permitir abusos, ni de aceptar como normales los ataques. Se trata de aprender a distinguir entre aquello que debemos enfrentar y aquello a lo que no debemos concederle el poder de destruirnos. Y quizá eso también sea apaciguar. No quedarse quieto. No agachar la cabeza. No renunciar a defender aquello en lo que creemos. Apaciguar también puede ser mantenerse firme sin perder la cabeza.