
Hay una pregunta que casi nunca nos hacemos cuando entramos a un supermercado, abrimos la refrigeradora o nos sentamos frente a un plato de comida: ¿quién hizo posible que eso llegara hasta nosotros? Vemos una papa, un tomate, una cebolla, una zanahoria, un litro de leche, arroz, frijoles o carne, pero pocas veces pensamos en la finca, en la madrugada, en la lluvia, en el sol, en los costos, en el transporte, en las pérdidas o en la familia que decidió continuar produciendo aunque hacerlo resulte cada vez más difícil. Nos acostumbramos tanto a encontrar comida en los estantes que terminamos creyendo que simplemente aparece allí. Pero no aparece. Alguien la sembró, alguien la cuidó, alguien asumió el riesgo y alguien esperó meses para saber si aquella cosecha finalmente le permitiría vivir.
Costa Rica avanza en su proceso de incorporación al Acuerdo Transpacífico, conocido como CPTPP. En mayo de 2026 concluyeron sustancialmente las negociaciones de adhesión y, según el Ministerio de Comercio Exterior, el siguiente paso es completar y firmar el Protocolo de Incorporación antes de remitirlo a la Asamblea Legislativa para su trámite. El Gobierno sostiene que el acuerdo ampliará mercados, atraerá inversión y fortalecerá la integración comercial del país. COMEX Precisamente porque se presenta como una decisión de gran alcance, considero indispensable hacer una pregunta paralela: ¿qué puede ocurrir con quienes producen nuestros alimentos dentro del país?
No me opongo al comercio internacional. Costa Rica necesita exportar, importar y relacionarse económicamente con el mundo. Mi preocupación comienza cuando hablamos de nuevos mercados sin dedicar la misma atención a quienes tendrán que competir aquí adentro. No todos los agricultores producen bajo las mismas condiciones, ni todos cuentan con la misma escala, acceso al crédito, tecnología, infraestructura o capacidad para absorber períodos de pérdidas. Hablar de competencia es sencillo desde una oficina; sobrevivir a ella desde una finca puede ser otra historia.
Por eso quiero comenzar esta serie hablando del agricultor antes que del tratado. Porque detrás de las negociaciones, los aranceles y las estadísticas hay personas. Hay pequeñas y medianas fincas, familias y comunidades que dependen directa o indirectamente de lo que se produce en el campo. Cuando una actividad agrícola desaparece, no se pierde solamente una cosecha. También se pierde conocimiento, experiencia, empleo rural y capacidad productiva. Y recuperar una actividad abandonada no es cuestión de decidir un lunes que el martes queremos volver a producir.
Aquí aparece un concepto fundamental: seguridad alimentaria. No significa que Costa Rica deba producir absolutamente todo lo que consume ni que debamos cerrar nuestras fronteras. Significa comprender que un país debe preguntarse cuánto de aquello que come quiere seguir siendo capaz de producir. Las crisis sanitarias, los conflictos internacionales, las interrupciones logísticas y las variaciones fuertes de precios nos han demostrado que las cadenas mundiales de abastecimiento no son infalibles. Mientras funcionan, las damos por sentadas. Cuando fallan, descubrimos cuánto vale conservar producción propia.
Por eso, antes de celebrar cualquier nuevo mercado, quiero saber qué ocurrirá con el nuestro. Quiero saber cuáles productos nacionales enfrentarán mayor presión, cuáles serán los plazos de apertura y qué herramientas concretas tendrá el agricultor costarricense para competir. Quiero saber qué sucederá con las pequeñas fincas que ya trabajan con márgenes estrechos y qué estrategia existe para evitar que una mayor apertura termine acelerando el abandono de determinadas actividades agrícolas.
Durante esta campaña hablaremos de papas, tomates, zanahorias, cebollas, arroz, frijoles, leche, carne y muchas otras actividades. Pero, sobre todo, hablaremos de las personas que están detrás de esos alimentos. Porque este debate no ocurre únicamente en una negociación internacional ni dentro de la Asamblea Legislativa. Ocurre también en nuestra mesa.
Antes de decidir cuánto más queremos comprarle al mundo, conviene recordar algo sencillo: alguien todavía está sembrando nuestra comida.
Vinicio Jarquín
Sembramos nuestro futuro
Apacigua