
En este momento en que volvemos a discutir el futuro de nuestra agricultura, no dejo de recordar el año 2020. La pandemia llegó y, de pronto, aquello que parecía imposible sucedió: países enteros cerraron fronteras, se restringieron movimientos, se interrumpieron rutas y el comercio internacional dejó de sentirse como una maquinaria invulnerable. La FAO advirtió entonces que las cadenas de suministro alimentario estaban bajo presión y que varios países incluso restringieron exportaciones de alimentos por temor a problemas internos de abastecimiento.
Y mientras el mundo intentaba entender qué estaba ocurriendo, nosotros seguíamos teniendo algo extraordinariamente valioso: producción propia. Había agricultores sembrando, ganaderos produciendo, granjas entregando huevos, leche y carne, y una estructura agroalimentaria nacional que continuaba funcionando aun en medio de la incertidumbre. Eso no significó que Costa Rica fuera completamente autosuficiente ni que no dependiéramos de importaciones para numerosos productos e insumos. Pero sí significó que teníamos una base productiva dentro de nuestras fronteras capaz de seguir alimentando al país cuando el mundo entero estaba atravesando una emergencia.
Quizá por eso me preocupa tanto que hoy hablemos de agricultura únicamente desde la perspectiva del comercio. Estamos discutiendo la incorporación de Costa Rica al Acuerdo Transpacífico, CPTPP, cuyas negociaciones de adhesión concluyeron sustancialmente en mayo de 2026. El Gobierno lo presenta como una oportunidad para ampliar mercados y atraer inversión. COMEX Pero junto a esa conversación hay otra que considero indispensable: ¿qué sucede si, como consecuencia de una mayor presión competitiva, algunas actividades agrícolas nacionales se reducen significativamente o desaparecen?
Porque una finca que deja de producir no es simplemente una empresa que cerró. Es tierra que puede dejar de sembrarse, conocimiento que se pierde, familias que abandonan la actividad, infraestructura que se desmonta y nuevas generaciones que dejan de considerar la agricultura como una opción de vida. Si después necesitamos nuevamente esa capacidad productiva, no bastará con pedir que regrese. La agricultura requiere años de experiencia, inversión, tierra disponible, cadenas de comercialización y personas dispuestas a asumir el riesgo de producir.
El propio comercio internacional nos ha enseñado que no siempre podemos darlo por garantizado. En 2020, los ministros de agricultura de numerosos países de América Latina, incluido Costa Rica, advirtieron sobre los riesgos que la pandemia representaba para las cadenas alimentarias. La FAO insistió además en la importancia de fortalecer la resiliencia de los sistemas agroalimentarios frente a futuras crisis. Esa experiencia debería habernos dejado una enseñanza sencilla: producir alimentos dentro de nuestras fronteras también es una forma de seguridad nacional.
No se trata de cerrar Costa Rica al mundo. Tampoco de pretender que podamos producir absolutamente todo lo que consumimos. Se trata de entender que existe una diferencia enorme entre importar porque nos conviene y depender porque ya no somos capaces de producir. La primera puede ser una decisión comercial. La segunda puede convertirse en una vulnerabilidad.
Entonces vuelvo inevitablemente al 2020. Imagino otra pandemia, una guerra de dimensiones mayores, una crisis energética internacional, una interrupción prolongada de las rutas marítimas o cualquier acontecimiento que hoy nos parezca improbable. ¿Qué sucedería si para entonces hubiéramos reducido considerablemente nuestra producción de alimentos básicos porque durante años resultó más barato traerlos de afuera? ¿Qué haríamos si los países productores decidieran primero alimentar a sus propias poblaciones? ¿Cuánto costaría recuperar aquello que permitimos desaparecer?
No creo que debamos vivir con miedo a la próxima crisis. Pero sí creo que un país responsable aprende de las anteriores. Y el 2020 nos enseñó que las fronteras pueden cerrarse, que las cadenas de abastecimiento pueden interrumpirse y que aquello que parecía disponible para siempre puede dejar de estarlo de un día para otro.
Por eso, cuando hablamos del futuro de nuestra agricultura, no estamos hablando solamente del agricultor. Estamos hablando de todos nosotros.
Tal vez hoy podamos comprar nuestra comida en cualquier parte del mundo. La pregunta es mucho más seria: ¿quién nos alimentará el día en que el mundo vuelva a cerrar sus puertas?
Vinicio Jarquín
Sembramos nuestro futuro
Apacigua