
Es sábado por la mañana. Uno se levanta sin demasiada prisa, se pone ropa cómoda y se va a la feria del agricultor. Hay ruido, voces, cajas, bolsas, frutas, verduras, olores conocidos y esa sensación tan nuestra de caminar entre productos que vienen de algún rincón del país. Uno compra tomates, cebollas, zanahorias, culantro, quizá algunos limones y, por supuesto, unas papas para el almuerzo. Al final termina regresando a la casa con varias bolsas pesadas, incómodas, cortándole un poco los dedos, pero llenas de cosas que reconocemos. Cosas nuestras. Llegamos a la cocina, ponemos las bolsas sobre la mesa y empezamos a sacar las papas. Algunas vienen todavía con tierra. No son perfectas. Una es más grande, otra más pequeña, alguna tiene una forma extraña. Las ponemos en la pila y abrimos el tubo. Mientras las lavamos, mientras el agua comienza a llevarse esa tierra que todavía tienen adherida, podríamos detenernos un momento y pensar de dónde vienen.
Yo me imagino unas manos costarricenses. Unas manos regordetas, fuertes, llenas de tierra. Uñas que probablemente no quedaron limpias al terminar la jornada. Un agricultor agachándose para recoger esas papas de nuestra tierra, sacudiéndolas un poco, revisándolas, separándolas y colocándolas en cajas plásticas. Tal vez ese mismo día preparó lo que llevaría a la feria. Tal vez se levantó de madrugada para transportarlas. Tal vez mientras nosotros todavía dormíamos, él ya estaba acomodando su producto esperando que alguien llegara a comprarlo. Y ahora esa papa está en nuestras manos. Eso me parece profundamente hermoso, porque cuando compramos una papa costarricense no estamos comprando solamente un alimento. Detrás de ella hay una finca, una familia, combustible, transporte, semillas, trabajo, madrugadas, preocupaciones, esfuerzo y una cadena económica que comienza en la tierra y termina en nuestra mesa.
Con cada papa que compramos, una pequeña parte de nuestro dinero continúa circulando dentro de nuestro país. Ayuda a pagar una cuenta, a comprar comida, a mantener una finca, a pagar un trabajador, a preparar la siguiente cosecha. Y entonces pienso en la otra escena. La misma cocina. La misma pila. El mismo sábado. Pero esta vez tengo delante unas papas impecablemente limpias, uniformes, brillantes, casi perfectas. Quizá hasta parecen barnizadas para que luzcan mejor. Las saco de una bolsa y no sé quién las sembró. No sé en qué tierra crecieron. No sé quién las recogió. No sé cuántos kilómetros recorrieron, cuánto tiempo estuvieron almacenadas ni cuántas semanas viajaron antes de llegar hasta Costa Rica.
No digo que esa papa sea mala. Tampoco que aquello que viene de afuera deba rechazarse únicamente por venir de afuera. El comercio existe y forma parte de nuestra vida. Pero sí digo que hay algo que cambia cuando dejamos de saber de dónde viene nuestra comida. Algo se vuelve más lejano, más anónimo, más dependiente. Y quizá eso es precisamente lo que estamos olvidando. Durante años hemos aprendido a mirar los alimentos como mercancías. Si uno cuesta menos, compramos ese. Si otro se ve más bonito, elegimos ese. Es comprensible. Todos cuidamos el bolsillo. Pero detrás de una diferencia de precio puede existir algo mucho más grande que unas monedas. Puede estar la diferencia entre mantener viva una actividad agrícola nacional o verla reducirse poco a poco hasta que un día descubramos que aquello que siempre produjimos ya casi no se produce.
Las papas no son solamente papas. Son tierra, son manos, son familias, son conocimiento, son comunidades y son una capacidad que el país ha construido durante generaciones. Una capacidad que sería muy fácil perder si algún día dejamos de valorar a quienes todavía están dispuestos a sembrar. Por eso la próxima vez que lave unas papas costarricenses quiero volver a mirar esa tierra que se desprende de ellas y se va por el desagüe. No verla como suciedad, sino como una pequeña evidencia del lugar del que vienen. De nuestra propia tierra. De algún campo costarricense donde alguien trabajó para que yo pudiera tenerlas ese sábado en mi cocina.
Y quizá antes de pelarlas, cortarlas y ponerlas a cocinar, valga la pena sostener una durante unos segundos y recordarlo. Esa papa no llegó de quién sabe dónde. No la recogió alguien cuyo rostro nunca podremos imaginar en un lugar que nunca conoceremos. Esa papa nació aquí, fue sembrada aquí y fue cosechada aquí. Y mientras todavía podamos decir eso, yo quiero seguir sintiendo que cada papa que nos comemos es una de nuestras papas.
Vinicio Jarquín
Sembramos nuestro futuro
Apacigua