Toda mi vida me dieron de comer

Hasta dónde llega mi memoria, los agricultores costarricenses siempre estuvieron ahí. En la cocina de mi abuela, en la de mi mamá, en mi propia casa y en tantas mesas de este país. Tal vez nunca pensamos demasiado en ellos porque formaban parte natural de nuestra vida. Había papas, tomates, cebollas, zanahorias, arroz, frijoles, leche, huevos, carne. Había comida. Y detrás de esa comida, aunque nosotros no viéramos sus rostros, había personas sembrando, ordeñando, cosechando, cuidando animales, levantándose temprano y trabajando la tierra. Toda mi vida me dieron de comer. No lo digo como una metáfora. Lo digo literalmente.

Durante décadas, mientras nosotros estudiábamos, trabajábamos, criábamos hijos, levantábamos empresas, hacíamos nuestras diligencias o simplemente vivíamos, alguien estaba en algún lugar de Costa Rica produciendo lo que después llegaría a nuestra mesa. Nosotros abríamos la refrigeradora y ahí estaba. Íbamos a la feria y ahí estaba. Entrábamos al supermercado y ahí estaba. Nos acostumbramos tanto a esa seguridad que quizá olvidamos agradecerla. El agricultor que sembró las papas que comíamos en casa nunca supo quién era Vinicio Jarquín. La familia que produjo la leche de alguno de mis desayunos probablemente jamás imaginó en qué mesa terminaría. Quien recogió los tomates que llegaron a la cocina de mi abuela nunca supo quién se los comería. Ellos simplemente hicieron su trabajo, produjeron, y nosotros pudimos alimentarnos.

Hoy Costa Rica se encuentra en el proceso de incorporación al Acuerdo Transpacífico, CPTPP. En mayo de 2026 se anunció la conclusión sustantiva de las negociaciones y, según COMEX, todavía corresponde completar y revisar legalmente el Protocolo de Incorporación, firmarlo y posteriormente enviarlo a la Asamblea Legislativa para su respectivo trámite. El Gobierno plantea que el ingreso podría ampliar oportunidades comerciales y de inversión. Esa es su posición y debe conocerse. Comex Pero para mí existe otra pregunta que no puedo dejar de hacerme: ¿qué ocurrirá con nuestros agricultores si las condiciones finalmente acordadas someten a algunas actividades productivas a una competencia que no puedan soportar?

No estoy diciendo que todas las fincas desaparecerán ni que todos los productos nacionales serán desplazados. Hacerlo sería afirmar algo que hoy no podemos demostrar. Precisamente por eso considero que debemos mirar con enorme cuidado aquello que todavía falta por conocer en detalle. Hay mucho de este acuerdo que la mayoría de nosotros no comprende técnicamente y todavía habrá que analizar las condiciones concretas aplicables a cada sector. Pero sí tengo algo absolutamente claro: cualquier decisión que pueda debilitar nuestra capacidad de producir alimentos merece ser examinada con una cautela extraordinaria. El propio Ministerio de Agricultura habla de proteger cultivos, ganado, fuentes de agua y producción agropecuaria como parte de la seguridad alimentaria frente a amenazas como los fenómenos climáticos. Esa misma preocupación por conservar nuestra capacidad productiva debería acompañarnos también cuando discutimos decisiones comerciales.

Porque cuando pienso en todo esto ya no pienso solamente en un tratado. Pienso en una relación silenciosa de toda una vida. Ellos estuvieron ahí para mí sin conocerme, sin saber dónde vivía, sin saber qué hacía o qué pensaba. Una finca produjo lo que terminó en mi plato. Una familia se levantó antes de que saliera el sol para que otra familia, quizá a cientos de kilómetros, pudiera sentarse a almorzar. Y así ocurrió durante mi niñez, durante mi juventud y durante toda mi vida adulta. Nosotros hemos sido los destinatarios anónimos del trabajo de personas cuyos nombres probablemente nunca conoceremos.

Por eso, si hoy existe la posibilidad de que alguno de esos productores llegue a enfrentar condiciones que le hagan imposible continuar, para mí la discusión deja de ser solamente económica. Se vuelve profundamente humana. No puedo mirar hacia otro lado y pensar simplemente que sobreviva quien pueda. No puedo aceptar con indiferencia que una familia que ha producido alimentos durante generaciones deba abandonar su finca porque un día resultó más conveniente comprar afuera lo que ella producía aquí. Una finca puede cerrar, un productor puede cansarse, un hijo puede decidir no continuar y una actividad puede dejar de ser rentable. Pero una vez perdida esa capacidad, recuperarla puede resultar muchísimo más difícil que haberla protegido cuando todavía existía.

Quizá quienes crecimos viendo siempre alimentos costarricenses sobre la mesa cometimos un error: creímos que estarían ahí para siempre. Tal vez nunca nos preguntamos quién los producía porque nunca tuvimos que hacerlo. Hoy sí quiero hacerme esa pregunta. Quiero recordar que detrás de lo que he comido durante toda mi vida estuvieron hombres y mujeres que nunca me conocieron y que, sin embargo, ayudaron a sostenerme.

Ellos me alimentaron cuando era niño, cuando fui joven y durante toda mi vida adulta. Hoy, si existe un momento en el que su forma de vida y su capacidad para continuar produciendo necesitan ser defendidas, siento que me corresponde devolver aunque sea una pequeña parte de aquella relación.

Porque durante toda mi vida ellos ayudaron a sostener mi alimentación. Hoy es mi momento de ayudar a sostener su sustento.

Vinicio Jarquín

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