
No sé si les ha pasado a ustedes, pero a mí sí. Esos días en que por alguna razón uno tiene que hacer una diligencia, visitar a alguien o simplemente salir a pasear y termina atravesando alguna zona agrícola de Costa Rica. Ya pasó el mediodía, hace calor y uno va despacio por una calle rural, con las ventanas cerradas y el aire acondicionado encendido, viendo potreros, cultivos, cercas, árboles y casas dispersas al borde del camino. Y de pronto sucede algo pequeño, casi insignificante, pero que se queda con uno: pasamos frente a una casa de madera, tal vez pintada de celeste, con los marcos de las ventanas blancos, y en la puerta hay un hombre y un muchacho.
Tal vez ya terminaron buena parte de la jornada que comenzó cuando todavía no había salido completamente el sol. Tal vez están descansando, tomando café, hablando de la cosecha, del clima o de cualquier cosa sencilla de la vida. Ellos miran hacia la carretera y nosotros pasamos en el carro. Por unos segundos hacemos contacto visual. Ellos nos ven y nosotros los vemos. Y quizá cada uno imagina algo del otro. Tal vez ellos piensan: qué carro más bonito, qué dichosos, andan paseando. Tal vez nosotros pensamos: qué casa más bonita, qué tranquilidad, qué dichosos, parecen personas trabajadoras, viven rodeados de naturaleza, lejos del ruido y del corre-corre de la ciudad.
Y seguimos. Ellos se quedan allí y nosotros continuamos nuestro camino. Tal vez ambos nos sentimos bien por ese encuentro de apenas unos segundos. Ellos porque pasó alguien y los saludó con la mirada. Nosotros porque vimos una escena que nos recordó esa Costa Rica rural que todavía existe. Pero quizá ninguno de los dos se detuvo realmente a comprender quién era el otro. Porque nosotros somos quienes nos comemos lo que ellos producen. Ese hombre no sabe adónde fue a parar el tomate que recogió la semana pasada. No sabe quién terminó comprando las zanahorias que sacó de la tierra, sacudió y acomodó en una caja. No sabe en qué casa terminaron las papas que cosechó ni quién preparó con ellas el almuerzo del domingo.
Y nosotros tampoco lo sabemos. Compramos un tomate en la feria o en el supermercado, cortamos una zanahoria, pelamos una papa, servimos una ensalada, preparamos una sopa o hacemos un pastel de zanahoria, y pocas veces pensamos en las manos que tocaron esos alimentos antes que nosotros. Pero puede haber sucedido. Tal vez aquel señor que vimos parado en la puerta de esa casa celeste recogió el tomate que llegó a nuestra mesa. Tal vez el muchacho que estaba junto a él sacó de la tierra alguna de las zanahorias que comimos la semana anterior. Él no sabe quién soy yo, no sabe dónde vivo, no sabe si alguna vez he comprado algo que salió de su finca. Y yo tampoco sé su nombre. Pero estamos conectados, muchísimo más de lo que imaginamos.
Eso es precisamente lo que a veces se pierde cuando hablamos de agricultura únicamente con cifras, mercados, importaciones, exportaciones, toneladas o precios. Detrás de cada producto hay personas. Personas que viven relativamente cerca de nosotros. No están en algún lugar remoto del planeta. Están en Cartago, Zarcero, San Carlos, Pérez Zeledón, la Zona Norte, Guanacaste y tantas otras comunidades de nuestro país. Son nuestros agricultores, nuestros campesinos, nuestra gente. Y cuando uno empieza a pensar así, algo cambia. La agricultura deja de ser un sector económico lejano y comienza a sentirse como lo que realmente es: una enorme red humana que conecta el campo con nuestra mesa.
Tal vez nunca conoceremos al agricultor que sembró nuestras zanahorias. Tal vez él nunca sabrá que una parte de su cosecha terminó en nuestra casa. Pero eso no significa que esa relación no exista. Existe cada vez que comemos. Por eso quisiera que la próxima vez que pasemos por una zona agrícola hagamos un pequeño ejercicio. Cuando veamos a un agricultor frente a su casa, junto a un cultivo o conduciendo un tractor, no pensemos solamente que estamos viendo a alguien que trabaja la tierra. Pensemos algo mucho más cercano: tal vez alguna vez nos hemos comido algo que salió de sus manos.
Porque esos agricultores no están lejos. Están cerca, muy cerca. Y son nuestros, muy nuestros.
Vinicio Jarquín
Sembramos nuestro futuro
Apacigua