La agricultura nunca tiene garantías

Hay trabajos en los que uno puede planificar casi todo. Se calcula el costo, se organiza el tiempo, se compra lo necesario y se ejecuta. La agricultura no funciona así. Un agricultor puede hacer bien las cosas, preparar la tierra, sembrar a tiempo, cuidar el cultivo, invertir en insumos, pagar mano de obra y trabajar todos los días con disciplina, y aun así despertarse una mañana con una realidad completamente distinta a la que dejó la noche anterior. Basta una lluvia demasiado fuerte, una semana de sequía, una helada inesperada, una plaga que avanzó mientras todos dormían o una enfermedad que apareció en una hoja para cambiar el rumbo de meses de esfuerzo.

A veces pienso que quienes vivimos lejos de esa realidad no alcanzamos a comprender lo que significa trabajar así. Nosotros vemos el resultado final: una papa, un tomate, una zanahoria, una lechuga. Vemos el producto limpio, ordenado, empacado, listo para vender. Pero antes de eso hubo incertidumbre. Hubo días en que el agricultor no sabía si aquello que sembró llegaría realmente a cosecharse. Hubo noches en las que quizá se acostó escuchando la lluvia con preocupación o mirando un cielo demasiado despejado y preguntándose cuánto más aguantaría la tierra sin agua.

Por eso me parece importante recordar algo cuando hablamos de competencia agrícola: el productor costarricense ya compite contra demasiadas cosas antes de competir contra un producto extranjero. Compite contra el clima, contra plagas, contra enfermedades, contra el aumento de los insumos, contra el combustible, contra el costo del transporte y muchas veces contra un mercado que no le garantiza cuánto le van a pagar cuando finalmente llegue el momento de vender. Sembrar implica gastar hoy sin tener absoluta certeza de cuánto se recuperará meses después.

Y eso cambia por completo la manera en que deberíamos analizar cualquier decisión que pueda aumentar la presión sobre nuestra producción nacional. Porque no estamos hablando de una actividad con márgenes perfectamente controlables ni de una fábrica donde basta con producir más unidades para reducir costos. La tierra tiene sus propios tiempos y sus propios límites. Una cosecha no puede acelerarse porque el mercado lo exige. Una planta no entiende de reuniones, tratados comerciales ni proyecciones económicas.

Una hoja verde puede ser una pequeña señal de tranquilidad. Una mancha donde ayer no había nada puede convertirse en una preocupación enorme. Eso que para cualquiera de nosotros puede parecer insignificante puede significar para un agricultor la diferencia entre recuperar su inversión o perder buena parte de ella. Y cuando esa finca sostiene una familia, empleados o deudas, el riesgo deja de ser una simple variable económica. Se convierte en una preocupación humana.

Por eso, cuando se habla de apertura comercial y de nuevas condiciones de competencia, creo que tenemos que empezar reconociendo el punto desde el que parten nuestros productores. No se trata de pedir que nunca enfrenten competencia ni de protegerlos de cualquier cambio. Se trata de comprender que ya trabajan en una actividad naturalmente incierta y que cualquier presión adicional debería venir acompañada de análisis serio, información clara y herramientas reales para sostener la producción.

Porque una cosa es hablar de competitividad desde una oficina, con estadísticas y proyecciones sobre una pantalla. Otra muy distinta es estar de pie frente a un cultivo y saber que meses de trabajo pueden depender de una lluvia, una enfermedad o un precio que todavía no conocemos. La agricultura nunca ha tenido garantías.

Quizá precisamente por eso deberíamos ser mucho más cuidadosos con las pocas cosas que sí podemos controlar: las decisiones que tomamos como país, las condiciones que imponemos a nuestros productores y el valor que le damos a nuestra capacidad de seguir produciendo alimentos.

El agricultor ya vive con suficiente incertidumbre. No deberíamos agregarle más sin saber exactamente qué estamos haciendo.

Vinicio Jarquín

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