
Hay cosas que uno deja de valorar precisamente porque nunca le han faltado. Abrimos la refrigeradora y hay comida. Vamos al supermercado y encontramos frutas, verduras, arroz, frijoles, leche, huevos, carne. Si algo se acaba, pensamos que mañana podemos volver a comprarlo. Esa disponibilidad constante nos ha acostumbrado a creer que la comida simplemente está ahí, como si fuera una parte natural e inamovible de la vida. Pero no lo es. Detrás de cada producto hay una cadena de personas, de tierra, de trabajo, de transporte, de clima y de decisiones que pueden sostenerse o romperse.
Vivimos en una sociedad moderna, conectada, tecnológica, llena de herramientas que hace apenas unas décadas parecían imposibles. Podemos enviar un mensaje al otro lado del mundo en segundos, hacer una transferencia desde un teléfono, pedir un producto por internet y recibirlo en la puerta de la casa. Todo eso puede hacernos sentir muy autosuficientes. Pero seguimos dependiendo de algo profundamente básico: que alguien continúe sembrando, criando, ordeñando, cosechando y produciendo alimentos.
Y ahí es donde aparece una pregunta que no deberíamos tomar a la ligera. ¿Qué pasa cuando una sociedad empieza a dar por sentado que siempre podrá comprar afuera lo que deja de producir adentro? En apariencia, nada grave. Tal vez el supermercado sigue lleno. Tal vez incluso algunos productos cuestan menos. Tal vez todo funciona durante años y nadie nota una diferencia. Pero mientras eso ocurre, una finca puede cerrar, una familia puede abandonar una actividad, un hijo puede decidir que ya no vale la pena continuar y una comunidad puede ir perdiendo poco a poco la capacidad que antes tenía para producir.
El problema es que esa pérdida puede ser casi invisible mientras todo afuera funciona bien. Si hay barcos, combustible, rutas comerciales, proveedores, mercados y precios estables, parece lógico pensar que siempre habrá alimentos disponibles. Pero la historia reciente ya nos enseñó que las cadenas internacionales pueden alterarse, que las fronteras pueden cerrarse, que una guerra puede mover precios, que una crisis sanitaria puede interrumpir rutas y que un país productor puede decidir proteger primero a su propia población.
Por eso me preocupa que cualquier discusión sobre apertura comercial se reduzca únicamente a cuánto cuesta un producto hoy. El precio importa, por supuesto. Importa muchísimo para una familia que tiene que estirar el presupuesto cada semana. Pero también importa qué capacidad productiva conservamos como país para el futuro. Porque una cosa es importar porque nos conviene y otra muy distinta es importar porque ya no podemos producir.
Ese cambio parece pequeño en el lenguaje, pero es enorme en sus consecuencias.
Una sociedad puede acostumbrarse tanto a la abundancia que deja de ver la fragilidad que la sostiene. Puede asumir que la papa siempre estará en el estante, que la leche siempre llegará en la mañana, que siempre habrá tomates, zanahorias, huevos y carne. Pero esa seguridad no existe por arte de magia. Existe porque alguien sigue haciendo el trabajo necesario para que ocurra.
Y cuando ese alguien desaparece, también desaparece una parte de nuestra capacidad para responder cuando las cosas dejan de funcionar como esperábamos.
No se trata de vivir con miedo ni de imaginar permanentemente una catástrofe. Se trata de tener memoria y sentido común. Los países que cuidan su capacidad de producir alimentos no lo hacen porque rechacen el comercio, sino porque entienden que la dependencia absoluta puede convertirse en vulnerabilidad.
Tal vez el mayor riesgo no sea que mañana falte comida.
Tal vez el mayor riesgo sea que hoy todo parezca tan normal que no notemos lo que estamos perdiendo.
Por eso creo que debemos mirar con mucho cuidado cualquier decisión que pueda debilitar nuestra producción agrícola nacional. No porque el mundo exterior sea enemigo, sino porque nuestra propia capacidad de producir alimentos es un patrimonio que no deberíamos dejar desaparecer por descuido.
Hoy abrimos la refrigeradora y hay comida. Mañana, probablemente también. Pero esa tranquilidad no debería servirnos para olvidar una verdad elemental: alguien tiene que seguir produciéndola.
Vinicio Jarquín
Sembramos nuestro futuro
Apacigua