
A veces me sorprende la facilidad con la que juzgamos lo que vemos sin entender para qué sirve. Vemos un tractor nuevo en una finca y pensamos que al agricultor le está yendo muy bien. Vemos un pickup fuerte, limpio, en buen estado, y alguien comenta que “ya se dio sus lujos”. Vemos una bomba de riego, un invernadero, una máquina nueva, una bodega mejorada o equipo moderno y pareciera que automáticamente pensamos en abundancia. Pero tal vez estamos viendo exactamente lo contrario: estamos viendo a alguien que tuvo que endeudarse, invertir, arriesgar y modernizarse simplemente para poder seguir produciendo.
Un tractor no es un lujo. Es una herramienta de trabajo. Un pickup, en muchas fincas, no es un carro para presumir; es el vehículo que entra por caminos difíciles, transporta cajas, herramientas, insumos, trabajadores o producto. Una bomba de agua no es un capricho. Un sistema de riego tampoco. Ni una máquina para preparar tierra, ni una cámara fría, ni una estructura para proteger un cultivo. Todo eso forma parte de producir. Y todo cuesta dinero. Mucho dinero.
El problema es que nosotros casi nunca vemos ese costo. Vemos la zanahoria cuando ya está en la feria. Vemos la papa cuando está limpia. Vemos el tomate cuando está acomodado. Vemos el precio final y pensamos si está caro o barato. Pero ese precio empezó mucho antes. Empezó con tierra, semillas, fertilizantes, combustible, agua, mantenimiento, repuestos, mano de obra, transporte, empaque, maquinaria y riesgo. Empezó meses antes de que nosotros tomáramos ese producto con la mano.
Y entonces aparece una contradicción que me preocupa mucho. Por un lado, le pedimos al agricultor costarricense que sea competitivo. Que produzca más, que sea eficiente, que reduzca costos, que tenga calidad, que modernice su finca, que mejore el rendimiento y que pueda enfrentarse a productos que vienen de otros mercados. Pero, por otro lado, cuando invierte para hacer precisamente eso, muchas veces lo juzgamos. Queremos competitividad, pero nos sorprende que para ser competitivo haya que invertir.
Eso no tiene sentido.
Un agricultor no puede producir cada vez mejor utilizando siempre las mismas herramientas de hace treinta años. No puede enfrentar cambios de clima, mayores costos, exigencias de calidad y mercados cada vez más competitivos sin modernizarse. Y modernizarse cuesta. Muchas veces significa pedir préstamos, asumir cuotas, comprometer años de trabajo y confiar en que las próximas cosechas saldrán bien.
Por eso, cuando hablamos de competencia con productos importados, no deberíamos mirar únicamente el precio que aparece frente al consumidor. También deberíamos preguntarnos en qué condiciones se produjo cada alimento, qué costos enfrenta nuestro productor, qué acceso tiene a crédito, tecnología e infraestructura, cuánto cuesta mover su producto y cuánto riesgo asumió para que llegara hasta nosotros.
Porque comparar únicamente precios puede ser tremendamente engañoso.
Tal vez una papa extranjera llega más barata. Tal vez un tomate importado aparece con un precio menor. Pero antes de concluir que nuestro productor simplemente “cobra demasiado”, deberíamos entender por qué cuesta lo que cuesta producir aquí. Si queremos que el agricultor costarricense compita, tenemos que permitirle tener las herramientas necesarias para competir.
Y hay algo más que me parece importante: la maquinaria agrícola también representa continuidad. Cuando un productor compra equipo, muchas veces está apostando por quedarse. Está diciendo, de alguna manera: quiero seguir sembrando. Quiero mejorar. Quiero producir más. Quiero que esta finca tenga futuro.
Eso debería alegrarnos, no provocar sospecha.
Porque lo realmente preocupante no es ver un tractor nuevo entrando a una finca. Lo preocupante sería empezar a ver las fincas vacías, la maquinaria abandonada y la tierra dejando de producir porque ya no valió la pena continuar.
Por eso, antes de juzgar lo que un agricultor tiene, quizá deberíamos preguntarnos qué necesita para hacer su trabajo. Y antes de exigirle que compita con el mundo, deberíamos asegurarnos de que tenga con qué hacerlo. El tractor no es un lujo. Es una herramienta. Y muchas veces también es una señal de que alguien todavía está apostando por seguir produciendo nuestra comida.
Vinicio Jarquín
Sembramos nuestro futuro
Apacigua