
Hay decisiones que se toman en salones donde todo parece lejano. Se habla de acceso a mercados, bienes, servicios, inversión, condiciones preferenciales y protocolos de incorporación. Se utilizan palabras técnicas que para la mayoría de nosotros resultan ajenas, y quizá por eso podemos caer en la idea de que el Acuerdo Transpacífico es un asunto que pertenece únicamente a negociadores, ministerios, exportadores o diputados. Pero no. Si una decisión modifica las condiciones bajo las cuales producimos, vendemos o compramos alimentos, tarde o temprano termina saliendo de esa mesa y entrando en nuestra vida cotidiana.
Costa Rica concluyó sustancialmente en mayo de 2026 las negociaciones para incorporarse al CPTPP. Según COMEX, ahora corresponde terminar la elaboración y revisión legal del Protocolo de Incorporación, firmarlo y posteriormente remitirlo a la Asamblea Legislativa. El Gobierno sostiene que el acuerdo puede generar nuevas oportunidades comerciales y de inversión y dar acceso preferencial a mercados con los que Costa Rica actualmente no tiene tratados comerciales. Comex Todo eso forma parte de la discusión. Pero detrás de esas oportunidades también tenemos derecho a preguntarnos cómo se traducirán las condiciones negociadas en la vida de quienes producen dentro del país.
Porque un tratado comercial no se queda en una carpeta. Si cambia la competencia sobre determinado producto, eso puede sentirse en una finca. Si cambia el precio al que puede entrar una mercancía, puede sentirse en una feria. Si un productor recibe menos por lo que cosecha, puede sentirse en su casa, en el trabajador que depende de esa finca, en el transportista que mueve el producto y en el pequeño negocio de una comunidad rural. Y si una actividad productiva pierde suficiente fuerza, tarde o temprano también puede sentirse en lo que nosotros encontramos en un supermercado.
Eso es lo que a veces olvidamos cuando una negociación se explica únicamente con grandes cifras.
Imaginemos por un momento al productor que no conoce todas las páginas del acuerdo ni tiene por qué conocerlas. Él sabe cuánto le cuesta sembrar, cuánto paga por combustible, por mano de obra, por insumos, por transporte y por mantener funcionando su finca. Lo que necesita entender es algo mucho más concreto: después de este acuerdo, ¿contra qué tendrá que competir?, ¿en qué plazo?, ¿qué productos podrán entrar bajo nuevas condiciones?, ¿cuánto tiempo tendrá para prepararse?, ¿qué apoyo real existirá si su actividad queda bajo presión?
Y esas preguntas no pertenecen únicamente al agricultor.
También le interesan al consumidor que quiere alimentos accesibles, pero que al mismo tiempo desea que Costa Rica conserve capacidad productiva. Le interesan al comerciante de una feria, al transportista, al trabajador agrícola, al proveedor de insumos y al hijo de una familia productora que está decidiendo si vale la pena continuar con la finca. Una decisión internacional puede parecer muy distante hasta que empieza a tocar empleos, precios, decisiones familiares o comunidades enteras.
Por eso creo que este debate debe bajar de las oficinas a la tierra.
No para convertirlo en una pelea ni para rechazar cualquier posibilidad de comercio, sino para entender exactamente qué se está negociando y qué significa para quienes vivirán con sus consecuencias. Un acuerdo puede abrir oportunidades para determinados sectores y, al mismo tiempo, generar presión sobre otros. Reconocer esa posibilidad no es estar contra el comercio; es exigir que la discusión sea completa.
Me gustaría que antes de que Costa Rica tome una decisión definitiva podamos responder preguntas muy sencillas en un lenguaje que cualquier persona entienda: ¿qué ganamos?, ¿qué arriesgamos?, ¿qué sectores agrícolas enfrentarán cambios importantes?, ¿qué protección tendrán?, ¿y qué ocurrirá si algunos productores no logran adaptarse?
Porque al final el tratado no lo viven los documentos. Lo viven las personas. Se negocia en una mesa, se firma en otra y se discute en la Asamblea Legislativa. Pero sus consecuencias, buenas o malas, terminan caminando mucho más lejos.
Pueden llegar hasta una finca, una feria, una comunidad y, finalmente, hasta nuestra propia mesa.
Vinicio Jarquín
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