Apaciguado, sí, pero también achicopalado

Estamos por despedirnos de lo que yo considero un setiembre negro. Y lo peor es que no encuentro muchas razones para pensar que octubre vaya a ser mejor. Me preocupa que sea la continuidad —esa palabra tan repetida últimamente— de una serie de acciones y situaciones que nos tienen mirando al país con tristeza y desconcierto. No sé cuáles responden a la improvisación, cuáles a decisiones deliberadas y cuáles podrían estar relacionadas entre sí. No puedo afirmar que exista un plan detrás de todo esto. Pero tampoco puedo fingir que lo que veo no me preocupa, ni que resulta fácil conservar el ánimo mientras las noticias se acumulan.

En el mes de la patria han pasado tantas cosas que cuesta celebrar sin sentir un nudo en la garganta. Al menos a mí me ocurre. Puedo estar equivocado en mis valoraciones, pero percibo señales de debilitamiento institucional y de una tensión cada vez más peligrosa alrededor de la separación de poderes. Me preocupa cómo se gobierna, cómo se responde a los cuestionamientos y qué lugar se les concede a los límites que establece nuestra democracia. Y me entristece encontrar personas que parecen dispuestas a aceptar cualquier cosa, siempre que venga del grupo político al que apoyan. No discuten, no fiscalizan, no piden cuentas. Como si haber votado por alguien significara entregarle también el criterio propio.

A veces, en medio de este achicopale, me descubro pensando algo que no me gusta: que quienes aplauden todo deberían hacerse cargo de las consecuencias. Hasta siento, por un instante, que poco me importa lo que después les ocurra. Pero esa dureza se me devuelve. También están sus hijos, sus nietos y personas que no han escogido nada de esto. Están, además, las familias de quienes sí ven razones para preocuparse, de quienes preguntan, reclaman y sienten que algo se está deteriorando. El país que resulte de nuestras decisiones será el mismo para todos. Nadie puede reservarse una Costa Rica aparte, con instituciones fuertes, servicios funcionando y derechos protegidos.

Seguimos sin resolver la elección de las nuevas magistraturas suplentes de la Sala Constitucional. Para evitar la paralización del tribunal, la propia Sala dispuso la continuidad temporal de los suplentes cuyos nombramientos habían vencido. Esa medida no elimina la responsabilidad de la Asamblea Legislativa de efectuar los nombramientos. Después de haberse acordado que este 29 de setiembre se votaría la elección, una mayoría impulsada por el oficialismo devolvió la nómina a la Comisión de Nombramientos. La elección volvió a quedar pendiente. A mí me cuesta aceptar que un asunto de esta importancia siga dando vueltas mientras la ciudadanía espera que sus representantes cumplan con su responsabilidad.

Y tal vez ahí está una de mis mayores preocupaciones: en la aparente facilidad con que se dejan atrás compromisos y se continúa como si nada. Cuando una decisión de tanta importancia termina convertida en otro episodio de disciplina partidaria, me pregunto dónde queda el juicio individual de cada representante. La imagen que me viene a la cabeza ya no es la de jaguares briosos, responsables y solemnes. Es la de un cardumen que gira al mismo tiempo, compacto, siguiendo una dirección común. Desde afuera cuesta distinguir quién examinó el fondo del asunto, quién tiene dudas y quién estaría dispuesto a apartarse del grupo para pedir una explicación.

Setiembre negro. En Cartago, durante las celebraciones de la independencia, hubo denuncias de impedimentos para ingresar al acto cívico y de restricciones al tránsito. Diputados de oposición y miembros de la APSE señalaron esas obstrucciones. Que en el mes de la patria tengamos que discutir si ciudadanos pudieron entrar a una celebración pública ya me parece profundamente triste. La patria se celebra también en el trato que reciben sus habitantes, en la posibilidad de estar presentes y en el respeto con que se escucha a quienes discrepan.

También me preocupa el futuro de los CEN-CINAI y de los ebais, porque sé lo que significan para tantas familias. A esa preocupación se suma la alerta de la Cruz Roja sobre la falta de recursos y el posible cierre de casi la mitad de sus comités. Y mientras la inseguridad nos golpea, el OIJ advierte sobre las consecuencias operativas de los recortes y las restricciones contemplados en la propuesta presupuestaria para el Poder Judicial. Detrás de esas discusiones hay personas: alguien que necesita una ambulancia, una familia que espera una investigación, un funcionario que requiere equipo para salir a trabajar. Por eso me cuesta escuchar estos asuntos como si fueran solamente una disputa de números.

En este mismo mes fue destituido el canciller Manuel Tovar mientras se encontraba en Nueva York, en el contexto de la semana de alto nivel de Naciones Unidas. La explicación de la Presidencia fue que no comunicó una invitación a una reunión de seguridad encabezada por Donald Trump. Una decisión de ese peso, en ese escenario, merece escrutinio y explicaciones claras. También merece una discusión seria la representación internacional de Costa Rica: la preparación de quienes hablan por nosotros, las posiciones que llevan y la confianza que inspiran. Ahí es donde quiero poner mi cuestionamiento, porque lo que está en juego es la voz del país.

No sostengo que todos estos acontecimientos tengan una misma causa, ni que pueda demostrar una intención común detrás de ellos. Expreso lo que me produce verlos juntos, dentro de un mismo mes, sobre un país que ya carga suficientes dificultades. Siento cansancio. Siento tristeza. Siento que estamos gastando fuerzas en defender condiciones básicas que deberían permitirnos trabajar en lo demás: instituciones que funcionen, responsabilidades que se cumplan, recursos que alcancen y una separación de poderes que sea respetada aun cuando incomode.

Qué triste patria cuando uno siente que el desgaste viene desde adentro, de decisiones tomadas por personas a quienes les corresponde cuidarla. Desde ahí nace mi achicopale. Hay días en que parece que lo que uno escribe, pregunta o reclama apenas alcanza para acompañar la preocupación de otros. Aun así, sigo creyendo que pedir cuentas tiene sentido y que conservar el criterio propio es una responsabilidad que no podemos abandonar.

Apaciguado, sí. Intento mantener la cabeza fría, medir mis palabras y reconocer lo que sé y lo que no sé. Pero también estoy achicopalado. Me duele Costa Rica. Me duele despedir el mes de la patria con esta sensación de desgaste, y mirar hacia octubre sin la tranquilidad que quisiera tener. Hoy no tengo un cierre alegre para este artículo. Tengo preocupación, tengo preguntas y tengo el deseo de estar equivocado.

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