“Ahómbrese” 1

La serie. Primera parte: Ariel Mora

Esta mañana, durante la sesión solemne de la Asamblea Legislativa realizada en Puntarenas, ocurrió una escena que, personalmente, me desagradó profundamente. Mientras la diputada Norjelens Lobo, del Partido Liberación Nacional, hacía uso de la palabra, el diputado oficialista Ariel Mora fue captado por las cámaras chiflando durante su intervención. En las imágenes divulgadas por medios de comunicación se observa incluso cómo se tapa la boca mientras lo hace. Todo ocurrió en medio de una sesión particularmente tensa, en la que algunos asistentes interrumpieron y abuchearon a diputados de oposición y la presidencia de la Asamblea tuvo que llamar al orden en varias ocasiones. En el caso de la intervención de Norjelens Lobo, las interrupciones llegaron a dificultar considerablemente el desarrollo de su discurso. Pero hay algo que, para mí, hace especialmente desagradable la imagen de Ariel Mora: no se trataba simplemente de una persona del público que se dejó llevar por la emoción, perdió los modales o decidió manifestar su desagrado desde una silla. No era un visitante cualquiera ni alguien que llegó desde la calle a una actividad política y terminó comportándose de manera inapropiada. Era un diputado de la República. Una persona que ocupa una curul en la Asamblea Legislativa, que integra el Primer Poder de la República y que tiene exactamente el mismo derecho a utilizar la palabra que tenía en aquel momento la diputada a quien decidió chiflar.

Ariel Mora no tiene ninguna obligación de estar de acuerdo con Norjelens Lobo. Puede estar absolutamente en contra de ella. Puede considerar equivocado todo lo que diga, cuestionarla políticamente, confrontar sus argumentos, responderle con firmeza cuando llegue su turno y utilizar todos los mecanismos parlamentarios disponibles para defender sus posiciones. Para eso existe precisamente un Parlamento: para que personas con ideas opuestas se enfrenten mediante palabras, argumentos y votos. Lo que me cuesta aceptar es que un diputado decida comportarse como parte del público que interrumpe mientras otro legislador habla. Porque chiflar no es debatir. Chiflar no refuta un argumento. Chiflar no demuestra que una posición sea correcta. Chiflar no fiscaliza. Chiflar no aporta una sola idea al país. Y cuando quien lo hace es un diputado mientras otra diputada está haciendo uso legítimo de la palabra, para mí deja de ser simplemente una ocurrencia desagradable y pasa a ser una conducta que no está a la altura de la investidura que esa persona representa.

Y mientras veía las imágenes me vino inmediatamente una palabra a la cabeza: “Ahómbrese”. Sí, don Ariel: ahómbrese. Pero quiero explicar muy bien qué quiero decir, porque esa palabra tiene una historia y porque en los próximos días voy a regresar a ella. No la utilizo para pedirle que se haga más macho, más agresivo, más dominante ni más ruidoso. No estoy diciendo que ser hombre consista en levantar la voz, golpear una mesa, intimidar a alguien o mostrar quién puede imponerse sobre quién. Precisamente estoy diciendo lo contrario. Cuando utilizo aquí la expresión “ahómbrese”, la utilizo en ese sentido popular con el que durante muchos años hemos asociado la hombría con tener carácter, asumir responsabilidades, responder por los propios actos, mantener la compostura y ser capaz de enfrentar una situación sin recurrir a la pequeñez. Ahombrarse, desde esa interpretación, sería tener la suficiente seguridad personal para escuchar a alguien con quien uno está en completo desacuerdo, esperar el turno, permitir que la otra persona termine y tomar posteriormente el micrófono para responderle con toda la firmeza que se quiera. Eso requiere mucho más carácter que un chiflido.

Una curul de la Asamblea Legislativa no es una gradería. El Plenario no es un estadio. Los diputados no deberían comportarse como barras que intentan ahogar con ruido la voz del adversario político. El sistema democrático funciona precisamente porque alguien puede decir algo que a nosotros nos parece absurdo, ofensivo, equivocado o insoportable y, aun así, tiene derecho a terminar de decirlo. Después tendremos nosotros el derecho de responderle. Ahí está la diferencia. Y existe además algo que me parece todavía más importante: la curul no le pertenece a Ariel Mora. Temporalmente la ocupa Ariel Mora, de la misma manera que Norjelens Lobo ocupa temporalmente la suya, pero ambas representan ciudadanos. Detrás de cada asiento hay personas que votaron, instituciones, una Constitución y una estructura democrática que existe mucho antes que cualquiera de quienes hoy se sientan ahí y que, ojalá, seguirá existiendo mucho después de que todos ellos se hayan ido. Por eso me parece tan pobre reducir una diferencia política a un chiflido.

La sesión de Puntarenas ya venía desarrollándose en un ambiente complicado, con gritos, abucheos e interrupciones dirigidas contra distintas diputaciones. En medio de semejante ambiente, yo habría esperado que quienes ocupan una curul ayudaran precisamente a marcar la diferencia entre el público y el Parlamento, no a confundirse con el ruido. No sé qué pensaba Ariel Mora mientras chiflaba y tampoco puedo afirmar qué pretendía conseguir con ello; eso solamente él podría explicarlo. Lo que sí puedo juzgar es la imagen que vi, y personalmente me pareció impropia de un diputado de la República. Por eso creo que una disculpa pública hacia Norjelens Lobo sería un gesto de altura. No porque ella sea incapaz de defenderse, porque evidentemente no lo es, ni porque una disculpa vaya a borrar el video, sino porque reconocer una conducta inapropiada requiere mucho más carácter que tratar de justificarla. Equivocarse es humano. Reconocerlo cuesta. Y disculparse públicamente cuando uno ocupa una posición de poder cuesta todavía más.

Tal vez ahí sí empezaría a tener sentido aquella palabra. Ahómbrese, don Ariel. Ahómbrese lo suficiente para decir: esto no correspondía. Ahómbrese lo suficiente para comprender que escuchar a alguien que piensa distinto no lo hace menos fuerte. Ahómbrese lo suficiente para recordar que representar al pueblo no consiste solamente en defender las ideas de quienes aplauden, sino también en respetar el derecho de quienes piensan exactamente lo contrario. Y, sobre todo, ahómbrese lo suficiente para no confundir carácter con agresividad, firmeza con ruido ni poder con permiso para comportarse de cualquier manera.

Porque aquella palabra —“ahómbrese”— no apareció hoy. Tiene una historia. Fue pronunciada hace algún tiempo en nuestra vida pública, dirigida precisamente contra una persona a la que alguien consideró que debía “ahombrarse”. Y desde entonces he pensado muchas veces en aquella expresión, en quién la dijo, en quién la recibió y, sobre todo, en cómo el tiempo puede darles vuelta a las palabras hasta hacerlas regresar convertidas en algo completamente distinto. Hoy regresó mientras veía a Ariel Mora chiflando. Mañana quiero contar por qué también pensé en ella al ver el comportamiento reciente de otro funcionario público: el ministro de Justicia, Gabriel Aguilar. Y después tendremos que regresar al principio, porque cuando finalmente recordemos de dónde salió aquel “ahómbrese”, quizá entendamos por qué, en mi opinión, aquella palabra terminó describiendo mucho mejor a quien la recibió que a quienes hoy podrían necesitar escucharla.

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