“Ahómbrese” 2

La serie. Segunda parte: Gabriel Aguilar

Ayer escribí sobre una palabra que volvió a mi cabeza al ver al diputado Ariel Mora chiflando mientras otra diputada hacía uso de la palabra en la Asamblea Legislativa: “ahómbrese”. Expliqué entonces que no la utilizaba en el sentido machista de pedirle a alguien que se hiciera más agresivo, más dominante o más “macho”, sino justamente al contrario: como una manera popular de hablar de carácter, responsabilidad, firmeza y capacidad para comportarse a la altura de las circunstancias. Hoy esa misma palabra me lleva a otro episodio reciente, también ocurrido en Puntarenas, pero esta vez dentro de un centro penitenciario y con un protagonista distinto: el ministro de Justicia y Paz, Gabriel Aguilar. Las imágenes difundidas públicamente lo muestran durante una visita a la cárcel de Puntarenas, dirigiéndose con tono fuerte a personas privadas de libertad y anunciando traslados al sistema de alta contención. La actuación generó cuestionamientos públicos, entre ellos los de la Defensoría de los Habitantes, que objetó el trato mostrado y recordó que decisiones de esa naturaleza deben responder a criterios técnicos y procedimientos establecidos, mientras el Ministerio defendió la actuación del jerarca.

Quiero ser muy claro en algo: no estoy diciendo que un ministro de Justicia deba comportarse con suavidad frente a delitos, armas, amenazas, estructuras criminales o problemas serios dentro de un centro penitenciario. El Estado tiene la obligación de mantener el orden, proteger a funcionarios y privados de libertad, decomisar objetos prohibidos, investigar delitos y tomar medidas de seguridad cuando corresponda. Esa parte no está en discusión. Lo que a mí me produjo un profundo desagrado fue otra cosa: la necesidad de convertir el ejercicio de la autoridad en una escena de confrontación verbal frente a personas que ya están encerradas y sometidas al poder del Estado. Cuando uno llega acompañado por policías, respaldado por toda la estructura institucional y con la autoridad que le da el cargo, ya tiene la fuerza de su lado. No necesita demostrarla levantando la voz. No necesita teatralizarla. No necesita jugar de fuerte frente a quien se encuentra en una posición completamente desigual. Para mí, ahí es donde la autoridad puede empezar a confundirse con espectáculo, y esa confusión me parece particularmente desagradable.

Es muy fácil mostrarse desafiante cuando uno tiene todas las ventajas. Es muy fácil levantar la voz cuando el otro está detrás de barrotes. Es muy fácil aparentar enorme fortaleza cuando alrededor hay policías, protocolos de seguridad y toda una estructura estatal. Por eso, al ver aquellas imágenes, me volvió la misma palabra: ahómbrese, señor ministro. Pero, nuevamente, no para que grite más, no para que se haga más macho ni para que aprenda a intimidar mejor. Precisamente para que comprenda que tener autoridad no consiste en demostrarla a cada momento, y que quien tiene más poder debería tener también más capacidad de medir sus gestos, sus palabras y la forma en que trata a quienes están bajo su control. Si vamos a rescatar algo digno de esa expresión tan vieja, ahombrarse debería significar eso: saber que uno puede imponerse y, aun así, escoger la mesura; saber que tiene la fuerza institucional de su lado y, aun así, ejercerla con responsabilidad.

La verdadera autoridad, en mi opinión, no necesita escenografía. Se demuestra haciendo cumplir la ley, investigando, decomisando armas, trasladando a quien corresponda cuando existan razones técnicas para hacerlo y manteniendo el orden dentro de los límites que el propio Estado ha establecido. Se demuestra también recordando que una persona privada de libertad no deja de ser persona y que el hecho de estar condenada o detenida no elimina por completo su dignidad. Eso no significa ingenuidad ni blandura. Significa entender que un Estado fuerte no es el que más humilla, sino el que puede ejercer su poder sin perder los límites que él mismo ha creado. Por eso me parece importante que la Defensoría haya cuestionado públicamente lo ocurrido: no porque su criterio cierre la discusión, sino porque demuestra que no fui el único que vio en esas imágenes algo digno de cuestionamiento.

Ahombrarse, señor ministro, sería precisamente no necesitar que nadie le recuerde quién tiene el poder en una cárcel, porque eso ya es evidente. Sería comprender que la autoridad se hace más respetable cuando no necesita convertirse en espectáculo. Sería demostrar firmeza sin humillación, carácter sin teatralidad y seguridad sin prepotencia. Y si alguna decisión tomada ese día estuvo correctamente sustentada, entonces debería poder defenderse con documentos, procedimientos y razones técnicas, no con una escena de fuerza frente a las cámaras. Ese tipo de fortaleza, al menos para mí, vale mucho más que cualquier grito.

Y entonces volvemos a la palabra que conecta estos artículos: “ahómbrese”. Ayer se la dirigí a un diputado que decidió chiflar mientras otra diputada hablaba. Hoy se la dirijo a un ministro que, desde mi percepción, confundió el ejercicio de la autoridad con una demostración innecesaria de poder. Pero todavía falta contar lo más importante: yo no inventé esa palabra para ninguno de los dos. Hace algún tiempo alguien la lanzó públicamente contra otro funcionario del Estado, probablemente creyendo que con ella lo hacía más pequeño. El tiempo, sin embargo, tiene una forma curiosa de acomodar las palabras, porque hoy esa expresión parece haber encontrado otros destinatarios: uno sentado en una curul, chiflando mientras otra persona hablaba; otro dentro de una cárcel, demostrando poder frente a quienes ya estaban sometidos al poder del Estado.

Y quizá, cuando mañana recordemos quién recibió originalmente aquel “ahómbrese”, descubramos la verdadera ironía de toda esta historia: que a veces una palabra lanzada para cuestionar la hombría de alguien termina regresando, meses después, para evidenciar quiénes son los que todavía tienen mucho que aprender sobre carácter, dignidad y verdadera firmeza. Mañana voy a contar de dónde salió aquella palabra y entonces podremos hacernos, con mucha más claridad, una pregunta que quizá resume estos tres artículos completos: ¿quién era realmente el que tenía que ahombrarse?

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