“Ahómbrese” 3

La serie. Tercera parte: Carlo Diaz

¿Quién tenía que ahombrarse?

Durante dos días he utilizado una palabra que, por sí sola, resulta incómoda: “ahómbrese”. Primero se la dirigí al diputado Ariel Mora, después de verlo chiflar mientras otra diputada hacía uso de la palabra en la Asamblea Legislativa. Luego se la dirigí al ministro de Justicia, Gabriel Aguilar, después de ver las imágenes de su confrontación verbal con personas privadas de libertad dentro de un centro penitenciario. En ambos casos expliqué lo mismo: no estoy utilizando la expresión para pedirles que se hagan más machos, más agresivos o dominantes. Todo lo contrario. La estoy utilizando en ese sentido popular con el que durante muchos años se ha asociado “ser hombre” con tener carácter, asumir responsabilidades, contenerse cuando corresponde, responder por los propios actos y comportarse con dignidad cuando uno tiene poder. Pero llegó el momento de explicar de dónde salió esta palabra y por qué, desde que la escuché por primera vez en nuestra vida pública, se me quedó dando vueltas en la cabeza.

La palabra no la inventé yo. Hace meses fue dirigida al fiscal general de la República, Carlo Díaz. El propio fiscal recordó posteriormente que Rodrigo Chaves le había dicho “ahómbrese”, una expresión que Díaz interpretó como irrespetuosa hacia la investidura que representa. Chaves, por su parte, explicó después que utilizaba la palabra en el sentido de “dignidad” y no como una invitación a una confrontación física. El episodio quedó registrado públicamente y, tiempo después, Carlo Díaz volvió a referirse a él al hablar de la relación entre el Poder Ejecutivo y el Ministerio Público. A mí aquella frase me desagradó desde el primer momento, porque siempre me ha parecido que existe algo profundamente pobre en cuestionar la hombría de otra persona como mecanismo para desacreditarla. Se puede criticar duramente a un fiscal general, cuestionar sus decisiones, reclamarle explicaciones y exigirle cuentas, pero “ahómbrese” pertenece a otro terreno: el de intentar colocar en duda el carácter, la valentía o la dignidad personal de quien está enfrente.

Y quizá por eso empecé a observar más a Carlo Díaz después de aquel episodio. No porque crea que sea perfecto, ni porque considere que un fiscal general deba estar por encima de la crítica. Ningún funcionario público debería estarlo. Pero sí comencé a prestar atención a la manera en que se desenvolvía en medio de una confrontación política cada vez más fuerte. Díaz ha defendido públicamente la independencia del Ministerio Público y ha dicho que no entregará esa independencia, al tiempo que ha sostenido posiciones muy críticas frente al Gobierno y ha continuado ejerciendo su cargo en medio de cuestionamientos y ataques públicos. También ha manifestado que determinadas presiones no harán que deje de cumplir con lo que considera su deber institucional. Y mientras todo eso ocurría, aquella palabra seguía ahí: “ahómbrese”.

Entonces esta semana apareció Ariel Mora chiflando mientras otra diputada hablaba. Y la palabra regresó. Después apareció Gabriel Aguilar dentro de una cárcel, mostrando autoridad frente a personas que ya estaban bajo el poder del Estado, y la palabra volvió a aparecer. Y fue ahí donde terminé entendiendo por qué aquella expresión se había quedado conmigo. Porque quizá la verdadera pregunta nunca fue si Carlo Díaz necesitaba ahombrarse. Quizá la pregunta era qué significa realmente esa palabra cuando dejamos de usarla como provocación y empezamos a pensar en el carácter. Si ser “hombre”, en ese sentido popular y antiguo, significa poder sostener una posición aunque uno esté bajo presión, asumir las consecuencias de lo que hace, no necesitar humillar a nadie para demostrar autoridad, escuchar al adversario cuando le corresponde hablar y mantenerse firme sin convertir la fuerza en espectáculo, entonces la palabra empieza a adquirir un significado completamente distinto.

Para mí, ser hombre no consiste en gritar más. No consiste en chiflar cuando habla alguien que nos incomoda. No consiste en aprovechar una posición de poder para mostrarse grande frente a quien está en una situación inferior. No consiste en intimidar, humillar ni demostrar permanentemente quién manda. Tampoco consiste en no equivocarse. Ser hombre —y exactamente lo mismo vale para una mujer— debería significar tener la capacidad de reconocer un error, ofrecer una disculpa cuando corresponde, controlar el poder cuando uno lo tiene, sostener sus convicciones cuando llegan las presiones y entender que la verdadera firmeza casi nunca necesita escándalo. A veces el carácter se demuestra precisamente callándose cuando uno podría gritar, esperando cuando podría interrumpir, respetando cuando sería más fácil burlarse y manteniéndose cuando otros esperan que uno se doblegue.

Y por eso los tres artículos terminan encontrándose aquí. A Ariel Mora le dije “ahómbrese” porque, en mi opinión, un diputado debería demostrar mucho más carácter escuchando y respondiendo con argumentos que chiflando mientras otro legislador habla. A Gabriel Aguilar se lo dije porque considero que una autoridad demuestra mucho más fortaleza ejerciendo el poder con mesura que exhibiéndolo frente a personas que ya están sometidas a ese poder. Y ahora regreso a Carlo Díaz, la persona a quien originalmente le lanzaron la palabra, para descubrir una ironía que personalmente me parece casi perfecta.

Porque al final, después de todo este recorrido, la expresión parece haber dado una vuelta completa.

En mi opinión, si hay alguien en este país que durante estos últimos tiempos se me ha presentado como lo que popularmente solemos llamar “un hombre de verdad”, entendiendo por eso una persona firme, entera, capaz de asumir responsabilidades, sostener sus posiciones y mantenerse frente a las presiones, ese es nuestro fiscal general, don Carlo Díaz. No porque sea perfecto, no porque necesariamente tenga razón en todo y no porque deba quedar exento del escrutinio ciudadano, sino porque lo he visto mantenerse en su responsabilidad aun en medio de una confrontación pública enorme, defender la independencia de la institución que dirige y seguir respondiendo desde el cargo que ocupa.

Y entonces aparece la última ironía.

Después de Ariel. Después de Gabriel. Después de volver al origen de aquella palabra. Al parecer, el que terminó viéndose más hombrecito de todos fue precisamente el primero al que le dijeron que se ahombrara.

Qué interesante.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Scroll al inicio