
He escuchado a muchos chavistas repetir, casi como un grito de guerra, la frase: “ya no somos siervos menguados”. Lo dicen convencidos, con el pecho inflado, creyendo que al apoyar a Rodrigo Chávez se están rebelando contra la vieja política, contra la corrupción, contra los poderosos. Y, sin embargo, me pregunto si entienden lo que realmente significa esa expresión de nuestro himno nacional.
“Siervos menguados” no se refería a los humildes ni a los pobres. Tampoco a los que obedecen leyes o pagan impuestos. Hablaba de algo más profundo: de la servidumbre del pensamiento, de esa rendición silenciosa en la que uno deja de pensar por sí mismo y empieza a repetir lo que otro dice. Es el servilismo del alma, el sometimiento voluntario a un líder que se convierte en el nuevo dueño de la verdad.
Por eso me parece que los verdaderos siervos menguados son precisamente esos fanáticos que siguen al populista con los ojos cerrados. Los que aplauden sin cuestionar, los que insultan a quien disiente, los que llaman “enemigo de la patria” a quien se atreve a dudar. Son siervos del ego ajeno, creyendo que están defendiendo la libertad.
El populismo siempre promete liberar, pero lo hace quitándote primero la capacidad de discernir. Te convence de que él es la voz del pueblo, que solo él entiende, que los demás son enemigos, traidores o corruptos. Y cuando eso ocurre, ya no hay pensamiento libre: hay obediencia disfrazada de rebeldía.
Ser libre no es gritar más fuerte. Ser libre es pensar, cuestionar, dudar, cambiar de opinión si hace falta. Es no entregar el juicio propio a nadie, ni siquiera a quien prometa salvarnos.
Porque mientras haya quienes necesiten un caudillo para sentirse valientes, mientras haya quienes crean que la patria se defiende insultando a otros, mientras haya quienes confundan la fe política con fanatismo, seguiremos siendo —lamentablemente— siervos menguados.