He preguntado públicamente a varios amigos: “Si Laura no va a los debates, ¿creés que es una decisión acertada o debería dar la cara para defender su postura como posible presidenta?”
Nadie respondió. Ni un comentario, ni un “tal vez”, ni un intento de análisis. Solo silencio.
Y empecé a pensar que ese silencio dice más que cualquier argumento. No es indiferencia: es miedo a pensar distinto. Miedo a equivocarse antes que su líder hable. Miedo a quedar fuera del grupo de los “leales”.
Muchos prefieren esperar a ver qué decide ella, para entonces sí estar de acuerdo. Porque así no arriesgan nada: ni su imagen, ni su lugar, ni la incomodidad de pensar. Pero esa prudencia disfrazada de respeto es, en realidad, la pérdida más peligrosa: la del pensamiento propio.
Cuando uno deja de pensar, alguien más piensa por uno. Y así, sin darnos cuenta, el país se llena de eco en lugar de diálogo, de aplausos en lugar de ideas, de seguidores que creen estar opinando mientras repiten lo que otros ya dijeron.
Pensar debería ser el primer acto de libertad, no el último.