
Hay instituciones que no necesitan hacer ruido para hacerse sentir.
No levantan pancartas, no protagonizan discursos, no buscan aplausos. Simplemente cumplen con su deber.
Y en Costa Rica, pocas instituciones encarnan esa dignidad silenciosa como el Tribunal Supremo de Elecciones.
Desde hace décadas, este órgano ha sido la columna vertebral de nuestra democracia. Nació para garantizar que cada voto cuente, y lo ha hecho con una precisión y una pulcritud que el mundo ha reconocido como ejemplo. En un continente donde tantas veces las urnas se manipulan, las actas desaparecen o los resultados se negocian, el TSE costarricense sigue siendo un faro de confianza.
Sus funcionarios no se pasean por los reflectores. Trabajan en silencio, con una seriedad casi artesanal, cuidando cada detalle: desde la impresión de papeletas hasta la custodia de urnas, desde el conteo manual hasta el escrutinio público. Ninguna institución en este país maneja tanto poder con tan poca vanidad.
Porque el TSE no solo organiza elecciones; organiza la esperanza.
Es el escenario donde la voz más humilde y la más poderosa valen exactamente lo mismo. Es donde el país entero, sin importar ideologías, se vuelve por unas horas una comunidad de iguales.
Por eso, quienes hemos crecido confiando en él, sabemos que su mayor fortaleza no está en sus paredes ni en sus cargos, sino en su reputación. Una reputación construida con décadas de transparencia, rigor técnico y respeto absoluto por la voluntad popular.
Y sí, se le puede criticar. Toda institución viva debe ser observada, cuestionada, mejorada. Pero hay una diferencia inmensa entre cuestionar para fortalecer y desacreditar para debilitar.
Atacar al TSE no es atacar a un grupo de personas: es atacar la certeza de que nuestro voto tiene valor.
Quizá muchos no lo sepan, pero el Tribunal no se defiende con discursos. Se defiende con hechos.
Mientras otros gritan, él cuenta.
Mientras otros acusan, él documenta.
Mientras otros dividen, él garantiza que todos tengan voz.
Por eso, cuando llegue el próximo proceso electoral, y volvamos a ver las urnas abiertas, las papeletas limpias, los rostros de los voluntarios, los informes transmitidos con precisión matemática, recordemos algo sencillo pero profundo: seguimos siendo un país donde el voto se respeta, porque hay quienes, desde hace generaciones, han hecho de la honestidad su oficio.
Y si alguna vez alguien intenta convencerte de que el Tribunal Supremo de Elecciones está “corrupto” o “vendido”, no discutas. Solo sonríe.
Porque hay cosas que no necesitan defensa: basta con que existan.