
Hace unos días alguien me escribió para decirme que debía ser más neutral en mis artículos. Que no debería mostrar tan abiertamente mi desacuerdo con el gobierno actual, ni dejar tan evidente mi posición frente a la candidata oficialista. Que debía “invitar a la conciencia” sin tomar partido. Y aunque agradezco la observación, me parece necesario aclarar algo: no soy neutral, ni aspiro a serlo.
La neutralidad puede ser útil para analizar datos o dirigir un debate; pero cuando un país atraviesa un deterioro institucional, ético y cultural como el que estamos viviendo, la neutralidad deja de ser virtud y se convierte en evasión. No se trata de escribir desde el enojo, sino desde la claridad. Y la claridad, a veces, tiene dirección.
No quiero que la gente vote simplemente porque hay elecciones. Quiero que vote porque ha pensado, porque ha visto lo que pasa cuando se elige desde la rabia, desde la desinformación o desde el carisma vacío. Quiero que vote en defensa de la decencia, del respeto, de la inteligencia. Quiero que vote —sí, lo digo abiertamente— en contra del continuismo: en contra de la arrogancia convertida en estilo, del desprecio por las instituciones, del liderazgo que divide, degrada y humilla.
Mi propósito no es convencer a nadie de a quién apoyar. Es invitar a pensar por qué seguir igual sería renunciar a lo mejor de nosotros como país.
La neutralidad absoluta no existe. Todos miramos el mundo desde un conjunto de valores. El mío está hecho de respeto, educación, empatía, integridad y amor por Costa Rica. Si defender esos valores me hace parecer “sesgado”, entonces que así sea. Prefiero ser parcial hacia la decencia que imparcial ante la vulgaridad.
Yo no escribo para complacer. Escribo para mover. Para provocar preguntas. Para recordarnos que el pensamiento crítico es un acto de amor por el país. Y amar un país no es mirar hacia otro lado cuando se lo están llevando entre mentiras, soberbia y mediocridad.
Así que no, no soy neutral. Soy consciente. Y desde esa conciencia elijo alzar la voz, aun sabiendo que incomoda. Porque el silencio, en tiempos de manipulación, también es una forma de rendición.
Costa Rica necesita menos gente “neutral” y más gente despierta.
No para dividir, sino para distinguir.
No para atacar, sino para defender lo que aún vale la pena.