El país emocionalmente roto

No sé en qué momento dejamos de escucharnos. Tal vez fue cuando descubrimos que era más fácil tener razón que tener paz. O quizá cuando confundimos la firmeza con el grito, la verdad con la arrogancia, la opinión con la identidad. Sea como sea, lo cierto es que Costa Rica —ese país que solía enorgullecerse de su diálogo y su respeto— se ha convertido en un territorio emocionalmente fracturado.

Hoy ya no debatimos ideas: debatimos personas. Ya no discutimos sobre el rumbo del país, sino sobre quién es más patriota o más traidor. Hemos hecho de la política un campo de batalla emocional, donde lo importante no es construir, sino ganar. Donde el desacuerdo se vive como una ofensa, y la diferencia de pensamiento se siente como amenaza.

Y es que un país no se destruye solo cuando fallan sus instituciones. También se destruye cuando la empatía se vuelve sospechosa, cuando la compasión se interpreta como debilidad, cuando el respeto se convierte en un lujo. En ese punto, el daño no es político, es humano.

El problema es que estamos en guerra sin darnos cuenta. No una guerra de balas, sino de emociones. Rabia contra rabia, desprecio contra desprecio. Hemos perdido el lenguaje del matiz, del punto medio, de la reflexión. Todo se volvió “ellos o nosotros”, “buenos o malos”, “pueblo o élite”. En ese simplismo emocional se refugian los líderes autoritarios, porque saben que cuanto más dividida esté la gente, más fácil es manipularla.

No lo digo con superioridad, lo digo con dolor. He visto amigos dejar de hablarse por política, familias evitar reuniones, personas bloquearse en redes por un comentario. No hay que ser psicólogo para entender lo que eso significa: somos un país herido. Un país donde la confianza ha sido reemplazada por sospecha, y la esperanza, por sarcasmo.

La herida no la causa solo un presidente. La agranda cada ciudadano que repite insultos, que comparte sin pensar, que celebra la humillación del otro como si fuera justicia. En algún momento confundimos la catarsis con el cambio, y el desahogo con la libertad. Pero la libertad no nace del enojo: nace del entendimiento.

Necesitamos sanar. No solo las finanzas públicas ni la infraestructura, sino el alma colectiva. Volver a mirar al otro sin odio, volver a conversar sin miedo, volver a construir sin destruir. La reconstrucción de un país empieza en el lenguaje con el que nos tratamos. Porque las palabras son semillas: si sembramos insultos, recogeremos más violencia. Si sembramos respeto, aunque sea desde el desacuerdo, volverá la confianza.

No hay futuro posible en una sociedad que desprecia la calma. Y sin calma, no hay pensamiento. Por eso, tal vez el acto más revolucionario en este tiempo de ruido sea simplemente callar un momento, respirar y escuchar.

Escuchar no para responder, sino para entender. Escuchar para recordar que todos, incluso los que piensan distinto, quieren lo mismo: vivir mejor, sentirse seguros, ver crecer a sus hijos en un país decente.

Costa Rica no necesita más gritos. Necesita más conciencia. No necesita héroes nuevos, sino ciudadanos dispuestos a sanar.

Y sanar no es olvidar: es transformar la herida en aprendizaje.

Quizá algún día podamos mirar atrás y decir que esta fue la época en que lo perdimos todo, menos la esperanza. Y que, con esa esperanza, frágil pero viva, empezamos a reconstruirnos como nación.

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