Qué está pasando en la Asamblea Legislativa

Algo profundo se ha quebrado en el país, y el eco más evidente se escucha dentro de la Asamblea Legislativa. No hablo de diferencias ideológicas —eso siempre ha existido—, sino de un ambiente enrarecido que huele a odio, prepotencia y descomposición moral. Un aire que ya no solo se respira en redes sociales o en los discursos del Ejecutivo, sino que ha impregnado también el corazón mismo de la democracia costarricense: el Congreso.

En los últimos días hemos visto lo impensable. Un diputado amenaza con expulsar del país a quienes piensan distinto, olvidando que la democracia no se defiende con exclusiones, sino con diálogo.

Otro, visiblemente embriagado, choca su vehículo en un parqueo, y un empresario corre a pagar los daños, como si la dignidad pública fuera algo que puede comprarse con una transferencia.

Los gritos se han vuelto rutina. Los insultos, parte del paisaje. La grosería se disfraza de autenticidad, y el respeto, ese valor que alguna vez fue el sello de la política costarricense, hoy parece una antigüedad sin valor.

Y, como si todo eso no bastara, un diputado cristiano —de esos que se proclaman guardianes de la moral— es señalado como presunto violador de una niña. Tiene inmunidad, por ahora. Pero la justicia, aunque a veces tarde, no olvida.

¿Siempre fue así? No del todo. Siempre hubo abusos, escándalos y cinismo, sí. Pero lo que hoy vemos es diferente. Lo que antes se consideraba vergonzoso, hoy se celebra. Lo que antes se ocultaba por pudor, ahora se exhibe con orgullo. Lo que antes provocaba renuncias, hoy genera aplausos entre los fanáticos.

La Asamblea Legislativa refleja el país que somos, o peor aún, el país en que nos estamos convirtiendo. Un país donde el insulto pesa más que el argumento, donde la impunidad se normaliza, y donde la decencia parece cosa de ingenuos. Y, sin embargo, sigo creyendo que no todo está perdido.

Porque detrás del ruido y del espectáculo, todavía hay diputados —pocos, pero los hay— que trabajan con integridad, que llegan temprano, que leen los proyectos, que respetan la investidura que el pueblo les dio.

El problema es que el grito tapa la voz. Y los que gritan más fuerte, los que insultan con más rabia, son los que dominan las cámaras, los titulares, los algoritmos. Así se construye la falsa narrativa de que todos son iguales. Y no, no lo son. Pero si los buenos callan, el país no los escuchará.

Lo que está ocurriendo en la Asamblea no es casualidad: es un reflejo directo del discurso oficial. Cuando desde el poder se premia el irrespeto, se burlan las instituciones y se ataca a quien piensa distinto, la violencia simbólica se vuelve contagiosa. Lo que empieza en Casa Presidencial termina, inevitablemente, replicado en el plenario.

Costa Rica no merece este nivel de degradación. No merece diputados que confundan inmunidad con impunidad, ni empresarios que crean que el dinero puede tapar la vergüenza.
No merece líderes que, en lugar de elevar el debate, lo arrastren al fango. Y no merece que nos resignemos.

No olvidemos que la Asamblea Legislativa no es un castillo ajeno: es nuestra casa política. Y si el aire dentro huele a odio, es porque afuera —como pueblo— lo hemos permitido.
Cada insulto que aplaudimos, cada mentira que dejamos pasar, cada silencio que guardamos frente al abuso, termina alimentando ese mismo aire que ahora nos asfixia.

Pero todavía estamos a tiempo. A tiempo de exigir, con firmeza, pero sin odio, que la política vuelva a ser un espacio de servicio y no de circo. A tiempo de pedir que nuestros diputados representen lo mejor de nosotros, no lo peor. A tiempo de recordar que el poder no transforma a las personas: solo amplifica lo que ya llevan dentro. Y lo que hoy se amplifica en la Asamblea —agresividad, soberbia, corrupción— es un espejo que deberíamos mirar con humildad.

Porque lo que pasa ahí adentro, también habla de nosotros.

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