
Había una vez un plato con miel. Brillaba al sol, dulce, irresistible. Poco a poco comenzaron a llegar las moscas. Una, dos, tres… decenas. Se posaban sobre la miel, atraídas por su olor y su brillo, y una a una quedaban atrapadas. Al principio agitaban las alas, intentando liberarse, pero la miel las sujetaba con suavidad mortal.
Una mosca que pasaba volando observó la escena. Quiso unirse al festín, pero otra mosca —que había logrado escapar apenas— le advirtió:
—No te pares ahí. Es peligroso.
La mosca en el aire respondió:
—No puede ser que tantas estén equivocadas.
Y se posó. El resto de la historia ya lo conocen.
Esa pequeña fábula, tan simple, me vino a la mente al leer los titulares de esta semana. Algunos celebran que el gobierno tenga un 70% de aprobación. Que la mayoría lo respalde. Que la gente siga creyendo. Y alguien me dijo, con tono de asombro y cierta seguridad:
—No puede ser que tantas personas estén equivocadas.
Ahí fue cuando recordé a la mosca.
La historia humana está llena de ejemplos en los que la multitud se ha equivocado. Donde el aplauso masivo no fue señal de lucidez, sino de anestesia. Las masas también se dejan llevar por el brillo, por el discurso fácil, por la emoción inmediata. La cantidad nunca ha sido sinónimo de verdad.
La democracia, de hecho, se sostiene en la esperanza de que la mayoría acierte, no en la garantía de que siempre lo haga. Y cuando la mayoría se equivoca, el daño suele ser profundo, porque arrastra consigo la legitimidad del error.
Las encuestas no miden conciencia, miden simpatía. No registran pensamiento crítico, registran impulsos. Miden el efecto del espectáculo, no su contenido. Son una fotografía emocional del momento, no una radiografía moral del país.
Decir que un 70% apoya al presidente no significa que el 70% haya analizado los hechos, contrastado datos o evaluado consecuencias. Significa que ese 70% siente algo: esperanza, rabia, fe, miedo, costumbre. Y en tiempos donde el discurso político apela más a la emoción que a la razón, esos sentimientos son fácilmente manipulables.
No escribo esto con desprecio hacia quienes aún creen en el gobierno. Lo escribo con respeto, precisamente porque creo que el respeto incluye el derecho a cuestionar. Cuestionar no es odiar. Preguntar no es traicionar.
Y, sin embargo, cada vez que alguien señala una incoherencia, una mentira o un abuso, el coro del 70% responde como las moscas sobre la miel: “no puede ser que tantos estén equivocados”.
La historia, una y otra vez, ha demostrado que sí puede ser. La popularidad nunca ha sido sinónimo de virtud. Los tiranos también tuvieron multitudes que los aclamaron.
No estoy diciendo que este sea el caso, pero sí estoy diciendo que la fe ciega, aunque venga acompañada de aplausos, sigue siendo ceguera.
Tal vez lo que necesitamos ahora no es más miel, sino más discernimiento. Más pensamiento propio, más pausa, más coraje para mirar con ojos limpios.
Porque a veces, cuando todos vuelan hacia lo dulce, la verdadera inteligencia está en alejarse del plato. Y quedarse vivo.