No me hablen de macroeconomía, háblenme de decencia

Cada vez que hablo de política o de las próximas elecciones, aparece alguien con tono doctoral a explicarme por qué este gobierno ha sido un éxito: que si bajó la inflación, que si disminuyó la pobreza, que si controló la deuda o estabilizó los bonos. Me recitan cifras, comparaciones, índices, porcentajes. Y yo los escucho, pero confieso algo: no soy economista, y lo digo sin vergüenza. Porque lo que más me importa no son los números, sino el tipo de país que esos números representan.

Mi preocupación no es si subió o bajó el precio del dólar, sino si subió o bajó el nivel de respeto. No me interesa tanto cuánto creció el PIB como cuánto se redujo la decencia pública. Y ahí, aunque los gráficos muestren flechas hacia arriba, todos sabemos que el país se vino abajo.

No niego que haya quienes vean avances en la macroeconomía. Bien por ellos. Pero a mí me duele otra cosa: me duele cómo se nos ha ido pudriendo el tono nacional. Me duele el deterioro del lenguaje, la pérdida del recato, la vulgaridad premiada, el sarcasmo elevado a política de Estado. Me duele que el país que alguna vez presumió de civismo y de inteligencia hoy aplauda el insulto como si fuera valentía.

Algunos me dicen: “¿De qué sirve que nos hablen bonito si los gobiernos anteriores nos hundieron?”. Y yo respondo: no nos hundieron. Con todos sus errores, ninguno destruyó la dignidad del cargo, ni el respeto a las instituciones, ni la confianza entre los ciudadanos como lo ha hecho este. Este gobierno no nos hundió en cifras: nos hundió en valores. Nos hundió en la forma de hablarnos, de tratarnos, de entendernos. Nos hundió en la división, en la pérdida del orgullo democrático, en la indiferencia hacia la educación y la cultura, en la burla hacia la decencia misma.

No necesito que un presidente sepa recitar indicadores. Necesito que sepa comportarse. Que entienda el peso simbólico de la silla que ocupa. Que hable sin ridiculizar. Que no confunda autoridad con agresión. Que entienda que representar a un país es más que administrar números: es custodiar su alma.

Así que la próxima vez que alguien quiera hablar conmigo de política, no me hable de macroeconomía. Hablemos de humanidad, de respeto, de honor. Hablemos de la diferencia entre ser líder y ser charlatán. Hablemos del tipo de ejemplo que dejamos a los niños cuando el poder se convierte en circo.

Costa Rica no necesita un genio financiero que degrade la palabra. Necesita un ser humano que devuelva la dignidad al verbo, al gesto y al trato.

Porque al final, la economía se recupera.

La decencia, cuando se pierde, cuesta generaciones volver a encontrarla.

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