No, Costa Rica no estaba destruida

Alguien me escribió recientemente para agradecerme mis artículos, pero interpretó que mis palabras eran un llamado a apoyar la continuidad del gobierno actual. Dijo que yo había descrito con precisión la Costa Rica que “los gobiernos anteriores casi destruyeron” y que ahora, “por gracia del creador”, el movimiento “Rodrigo y Pilar” estaba salvando.

Y debo decirlo con respeto, pero con claridad: no, no comparto esa visión.

No creo que los gobiernos anteriores hayan destruido a Costa Rica. Tuvieron errores, sí, algunos graves, otros imperdonables, pero ninguno destruyó la esencia moral y humana del país. Ninguno degradó el respeto, la palabra, la educación y la decencia pública como lo está haciendo este.

Tampoco creo que exista un “movimiento Rodrigo y Pilar”. No hay tal cosa. Hay un presidente —Rodrigo Chávez— y una diputada —Pilar Cisneros— que forma parte del poder legislativo, como muchos otros. Llamar “movimiento” a lo que es simplemente un estilo de gobierno populista es parte del mismo espejismo con el que se manipula la emoción del pueblo.

En términos económicos, Costa Rica no estaba destruida.

En términos morales, sí está en peligro de estarlo.

Porque lo que se ha erosionado en estos años no son solo indicadores: es el alma cívica. Hemos perdido la forma, el respeto, la capacidad de dialogar sin insultar, de discrepar sin humillar. La vulgaridad se ha vuelto bandera, la agresión, estrategia, y el cinismo, virtud.

Y cuando un país empieza a normalizar eso, lo que está en juego ya no es su presupuesto, sino su conciencia.

Lo que más me preocupa no son los números que algunos celebran, sino la descomposición emocional de la gente que ya no distingue entre liderazgo y prepotencia. Que confunde valentía con grosería. Que celebra la arrogancia como si fuera firmeza.

A veces escucho a personas decir con tono triunfalista: “ya ganamos”, “somos millones”, “todos queremos a Rodrigo”, “todos vamos a votar por Laura”. Y me recuerda esas frases de mercadeo que gritan “somos los mejores”, “la tienda oficial de la Navidad”, “nadie nos gana”. Suena bien, pero no significa nada. Nadie ha ganado todavía. Eso se verá en las urnas.

Y sí, podría ser que un pueblo cansado, resentido y desilusionado elija prolongar otros cuatro años de vulgaridad y confrontación. Pero también podría ser que no.

Podría ser que la decencia vuelva a parecer deseable.

Por ahora, seguimos en democracia. Y mientras exista la posibilidad de pensar, de hablar, de escribir, hay mucho que podemos hacer.

Costa Rica no necesita un nuevo salvador, necesita ciudadanos despiertos.

No necesita fanáticos, necesita conciencia.

Y, sobre todo, necesita recordar que la verdadera grandeza de un país no se mide por los gritos del poder, sino por la dignidad con que se conduce su pueblo.

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