Cuidar el alma cuando el país se agota

Hay que cuidar el alma, aun cuando el cuerpo esté agotado. Porque el alma también se cansa, aunque no se vea. Y en estos tiempos, no es solo el cuerpo del país el que está agotado: también su espíritu.

Costa Rica vive un cansancio que no se cura con sueño. Es un agotamiento emocional, una fatiga invisible que se siente en el aire, en los noticieros, en las conversaciones, en los comentarios cargados de enojo y sarcasmo. Es el cansancio de un pueblo que ya no sabe si reír o llorar ante tanto ruido.

Cada día, desde el gobierno, se lanza una nueva piedra al río de la calma. Y el agua, que solía fluir con serenidad, ahora se agita, se enturbia. No hay silencio que dure, no hay conversación que no se contamine. Hemos aprendido a vivir con la adrenalina encendida, como si la tensión fuera parte de la normalidad. Y en ese estado de alerta constante, el alma empieza a doler.

Cuando la palabra pública se vuelve arma, cuando el liderazgo se convierte en espectáculo, cuando la agresión se disfraza de autenticidad, el alma colectiva se agrieta. Y una nación sin alma es como un cuerpo sin pulso: sigue en pie, pero ya no siente.

Por eso, cuidar el alma del país es tan urgente como cuidar sus instituciones. Porque sin alma, las leyes son solo papeles; la democracia, un eco vacío. Cuidar el alma significa no dejar que la amargura gane. Significa seguir creyendo, aunque cueste. Significa detenerse antes de responder con rabia, y elegir la calma.

A veces pienso que lo que estamos viviendo es una gran enfermedad emocional: la del resentimiento. Una epidemia que se propaga rápido, porque se alimenta del miedo, del hartazgo y de la decepción. Y la cura no vendrá del poder ni de los discursos: vendrá del alma que cada uno decida proteger.

Cuidar el alma no es escapar. Es resistir sin volverse piedra. Es seguir hablando con ternura, aunque el entorno grite. Es mantener la fe en la sensatez, en la empatía, en el bien común. Es recordar que la paz no se impone: se contagia.

El alma de Costa Rica está cansada, pero no rota. Solo necesita silencio, ternura y un poco de verdad.


Porque cuando un país cuida su alma, hasta el cuerpo vuelve a respirar.

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