El embrujo del mandatario de turno

Tradicionalmente —hasta donde yo recuerdo— ningún presidente llega al tercer año de gobierno con tanto respaldo popular. Es casi una ley natural de la política: el entusiasmo inicial se desgasta, las promesas se desinflan, los desencantados se multiplican. Y si hablamos de los expresidentes, el fenómeno se repite, casi como un reflejo latinoamericano: en cuanto dejan el poder, se vuelven los villanos perfectos. La gente los recuerda no por lo que hicieron bien, sino por lo que hizo ruido.

Y que quede claro: este artículo no es para defender expresidentes. Ellos sabrán qué hacer con su historia, con sus aciertos y con sus manchas. Lo que quiero pensar aquí es en el embrujo del mandatario de turno, ese extraño magnetismo que tiene el poder cuando está en presente, cuando aún se ejerce, cuando aún puede repartir favores, micrófonos o miedo.

Hay algo hipnótico en el poder en tiempo real. Un presidente en funciones no se juzga con objetividad, se siente. Es el padre que regaña, el héroe que promete, el enemigo de los “malos”, el vengador que viene a limpiar la casa. No importa si lo logra o no; lo importante es que su narrativa emocione. Y cuando el discurso se vuelve más potente que los hechos, la razón se apaga.

Eso estamos viviendo hoy. No una época de pensamiento político, sino de fe política. Un gobierno sostenido por la emoción, no por los resultados. Un líder que encarna las frustraciones de la gente, que les devuelve el espejo de su enojo y, al hacerlo, los hace sentir comprendidos. No importa si las cifras no cuadran, si los proyectos se caen, si los insultos cruzan la frontera de lo ético. Lo que importa es que grita lo que muchos sienten, aunque no cambie nada.

Ese es el embrujo: la fascinación por quien dice “las cosas como son”, aunque no haga nada distinto. La sensación de fuerza que produce el grito, el placer de ver a alguien humillar al que consideramos culpable. Y mientras tanto, el país se va desgastando entre aplausos, memes y titulares.

El hechizo del poder es temporal, pero profundo. Y mientras dura, distorsiona la percepción. Nos hace ver enemigos donde hay críticos, nos hace creer en milagros que no llegan, nos hace defender lo indefendible solo por no admitir que nos equivocamos.

Y un día —porque siempre llega ese día— el embrujo se rompe. La voz que ayer sonaba heroica empieza a sonar repetida. Las promesas se vuelven excusas. Los gestos dejan de inspirar y empiezan a cansar. Entonces, el mismo pueblo que vitoreaba comienza a mirar hacia otro lado.

Pero esta vez, ojalá aprendamos algo. Ojalá no volvamos a confundir liderazgo con histeria, autoridad con grito, ni decencia con debilidad. Ojalá el próximo presidente —sea quien sea— nos devuelva la serenidad en lugar del espectáculo. Y ojalá nosotros, como pueblo, hayamos aprendido a no enamorarnos tanto del poder en turno.

Porque el amor ciego por el que gobierna hoy, casi siempre termina en la decepción de mañana.

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