Hablemos de paz

Vivimos en un país bendecido por la paz.

Un país pequeño, verde, terco y luminoso, que aprendió a defenderse no con fusiles, sino con palabras.

Un país que decidió hace más de setenta años que no necesitaba ejército, porque su verdadera fuerza estaba en su gente.

Durante décadas crecimos protegidos por esa paz.

Nos dormimos tranquilos, criamos hijos tranquilos, caminamos por las calles con esa sensación de que aquí las cosas, al final, siempre se arreglan conversando.

La paz se volvió parte del paisaje, como el olor a café por las mañanas o el sonido de los pájaros en los almendros.

Pero algo ha cambiado.

Aunque seguimos viviendo en un país sin guerra, muchos ya no viven en paz.

La crispación, el enojo, la burla, el “yo tengo la razón” se metieron en las conversaciones, en las familias, en las redes sociales.

Y así, sin darnos cuenta, hemos ido dejando que la paz se nos escape por dentro.

La paz exterior no sirve si el corazón está en guerra.

De nada vale tener fronteras tranquilas si en el alma se libra una batalla todos los días.

La paz empieza en el modo en que hablamos, en cómo escuchamos, en la forma en que miramos al otro.

Hablemos de paz.

No de una paz ingenua ni de una paz cobarde.

Hablemos de una paz que exige conciencia, respeto y madurez.

De una paz que no se defiende gritando, sino entendiendo.

De una paz que no es ausencia de conflicto, sino la decisión de no convertir el conflicto en odio.

Costa Rica sigue siendo un país de paz.

Pero si no la cuidamos adentro, la perderemos afuera.

Y no hay cosa más triste que un pueblo que olvida su propio milagro.

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