Cuando alguien propone una nueva Constitución

Creí haberlo escuchado todo.

Pero esta mañana, entre los cientos de comentarios que llegan cada día, alguien escribió que el actual gobierno ha intentado hacer las cosas bien, pero que “no lo han dejado”, y que lo que el país necesita es una constituyente.

Una constituyente.

Nada más y nada menos.

Una frase que suena bien cuando uno la dice en voz alta, porque parece hablar de renovación, de esperanza, de cambio.

Pero una constituyente no es una escoba nueva: es dinamita.

Y si se pone en las manos equivocadas, lo que destruye no son los problemas, sino los cimientos.

Cambiar la Constitución es tocar el alma del país.

Es reescribir quiénes somos, cómo vivimos y hasta qué libertades tenemos.

Y una tarea de ese tamaño no puede estar en manos de un solo hombre, ni de un grupo reducido que concentra el poder.

Una constituyente, en manos del poder político de turno, sería como darle las llaves del banco al mismo que quiere cambiar las reglas de los candados.

Y eso, históricamente, nunca ha terminado bien.

Los países no se salvan destruyendo sus instituciones, sino fortaleciéndolas.

No se curan cambiando la Constitución, sino cumpliéndola.

Costa Rica no necesita refundarse: necesita recordarse.

Recordar que la libertad no se negocia, que la Constitución no es un estorbo, sino un escudo, y que los errores del presente no se arreglan borrando el pasado.

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