
En este momento, hay cuatro partidos políticos con figuras fuertes que aspiran a la presidencia de la República: el Frente Amplio, con Ariel Robles; Liberación Nacional, con Álvaro Ramos; el PAC, con doña Claudia Dobles; y el partido Pueblo Soberano, con doña Laura Fernández, quien representa el continuismo del actual gobierno.
Sin embargo, para este análisis, dejaré por fuera a doña Laura Fernández, no por falta de mérito, sino porque su caso es distinto. La figura que la respalda —la del presidente en ejercicio— tiene prohibición legal de participar en campaña, y por lo tanto ella no puede contar con ese acompañamiento visible, aunque simbólicamente esté presente.
Por eso, centrémonos en los otros tres candidatos, cuyos partidos sí tienen figuras históricas y vigentes que podrían respaldarlos de una u otra manera.
Doña Claudia Dobles cuenta con la figura de don Carlos Alvarado, su esposo y expresidente de la República.
Don Álvaro Ramos, por su parte, pertenece a un partido con tres expresidentes vivos y de enorme peso político: Óscar Arias, José María Figueres y doña Laura Chinchilla. Y en el Frente Amplio, aunque no hubo un presidente de la República, existe la figura sólida de José María Villalta, uno de los fundadores más visibles y respetados del partido.
Y aquí viene mi pregunta: Si estos tres candidatos —Dobles, Robles y Ramos— tienen figuras tan importantes dentro de sus filas, ¿por qué no las utilizan más abiertamente en su campaña?
Si yo fuera candidato y tuviera detrás a alguien que podría elevar mi credibilidad, reforzar mi discurso y sumar votos dentro de mi propia corriente ideológica, probablemente aprovecharía ese respaldo.
Pero si decido no hacerlo, ¿no será porque creo que esa figura, lejos de ayudarme, podría restarme apoyo?
No estoy acusando a nadie, solo pienso en voz alta. Tal vez cada uno de ellos ha hecho el cálculo estratégico de que, en esta coyuntura política, asociarse con ciertos nombres podría despertar más resistencias que simpatías.
Y si así fuera, es una decisión comprensible.
La política, al fin y al cabo, se mueve con la brújula del momento, no con la nostalgia del pasado.
Sin embargo —y honestamente—, creo que es lo mejor que cada candidato puede hacer. Presentarse por sí mismo. Presentarse como algo nuevo, no como una continuación. Presentarse con sus propios valores, con sus propios programas, con su propia idea, con su propia presencia. Es lógico y es natural.
No los estoy señalando ni criticando. Más bien me parece una muestra de independencia y de madurez política.
Cada uno debe construir su propio relato, su propia voz, su propia forma de conectar con el país.
Es simplemente una reflexión sobre cómo funciona la política desde siempre y en cualquier lugar: el equilibrio entre honrar la historia y, al mismo tiempo, saber desprenderse de ella.
Y aunque digo que lo mejor es presentarse sin continuismo —cada uno como figura nueva, fresca y autónoma—, esta opinión aplica para los tres candidatos que ya mencioné, pero no para doña Laura Fernández.
En su caso, me parece que hace bien en intentar mostrarse como una continuación del gobierno actual.
Es una estrategia coherente con su posición y con el respaldo que la sostiene.
Don Rodrigo Chávez conserva un nivel de popularidad importante, y sería ilógico no aprovechar esa ventaja simbólica.
Si él representa, para buena parte del electorado, la idea de fuerza, decisión o autoridad, entonces es lógico que su imagen sirva como motor político para quien fue su ministra y hoy busca sucederlo.
Eso no es un error: es parte de la naturaleza del juego político.
Tampoco lo digo en tono de crítica.
Al contrario, me parece que cada candidato está haciendo exactamente lo que debe hacer según su realidad: los tres primeros, desmarcándose para proponer algo distinto; y doña Laura, reforzando el vínculo con quien hoy ocupa la silla presidencial.
En ambos casos hay lógica, estrategia y sentido.
Y en los dos casos, hay también una lectura muy precisa del país y de lo que, según sus visiones, podría darles mejores resultados.
Y sigo pensando, casi como un ejercicio de imaginación política, cómo se verá esa noche del triunfo, cuando se conozcan los resultados de las elecciones.
Me pregunto cómo se sentirá cada escenario posible, según quién resulte ganador.
Si gana doña Laura Fernández, ciertamente el presidente actual no podrá acompañarla en su celebración.
Su presencia sería vista como una intromisión o una ruptura del límite legal que le impide hacer campaña.
Aun así, sería innegable que su sombra política estaría en la sala, en los discursos, en las cámaras y en la mirada de quienes celebran el triunfo del continuismo.
Si gana doña Claudia Dobles, probablemente estará acompañada por don Carlos Alvarado, su esposo, expresidente de la República, en una noche que sin duda sería histórica y simbólica. No solo por el regreso del PAC, sino por el hecho de que la ex primera dama se convierta en presidenta, cerrando un ciclo político y emocional que comenzó hace años.
Si ganara don Ariel Robles, me pregunto si José María Villalta estaría a su lado en la celebración.
Sería una escena poderosa: el relevo de una generación dentro del Frente Amplio, con la imagen de un partido que logra mantener viva su esencia progresista y su discurso social, sin perder su identidad original.
Y si ganara don Álvaro Ramos, también me pregunto si invitaría a don Óscar Arias, a don José María Figueres y a doña Laura Chinchilla a esa noche tan importante.
Porque si así fuera, estaríamos viendo una imagen única: la de un partido que reúne a tres expresidentes, y que de alguna manera encuentra un puente entre su pasado y su futuro.