
Hoy, mientras pintábamos en clase, uno de mis estudiantes me dijo:
“Usted lo hace tan fácil, profe, pero yo trato de hacer la pincelada igual y no me sale.”
Le respondí con una sonrisa: “Entre usted y yo hay treinta años de diferencia de experiencia. Pero sí le está saliendo bien.”
Y esa conversación me hizo pensar en la política, en los candidatos y en las elecciones que se avecinan. Gobernar —como pintar— no se aprende en un solo trazo. Ni en un curso corto. Ni viendo cómo lo hace otro. Requiere tiempo, práctica, errores, correcciones, y sobre todo humildad para seguir aprendiendo.
A veces veo a algunos aspirantes a la presidencia como esos estudiantes que creen que basta con tener el pincel en la mano para dominar la técnica. Pero una cosa es tener la herramienta, y otra muy distinta es saber usarla con sabiduría.
Gobernar un país no es “pintar por número”: no se trata de seguir un manual, sino de entender la textura del papel, el peso del agua, la dirección del trazo. Es entender que cada decisión deja una marca, una huella que puede ser luminosa o arruinar toda la obra.
Costa Rica necesita líderes que no crean que el poder es un lienzo en blanco para experimentar, sino un mural que ya tiene historia, color y vida.
Porque el arte de gobernar, como el arte de pintar, no está en la improvisación, sino en el oficio. En la paciencia. En la capacidad de detenerse, observar y reconocer que incluso los maestros siguen aprendiendo.
Y tal vez, si aplicáramos la misma calma y disciplina que usamos en el arte, podríamos volver a tener un país donde los trazos —políticos y humanos— se unan para formar algo hermoso.