Los pastores y el lobo

Otra vez aparece el tema. No el económico, no el ambiental, no el educativo. Otra vez el tema gay. Y nuevamente, desde un discurso que apela más a las emociones que al análisis. El candidato y pastor evangélico parece querer traer de nuevo el debate moral al centro de la campaña, apelando a una narrativa de defensa y amenaza, de luz y oscuridad, de buenos y malos.

En su reciente declaración, parece asegurar —si mi lectura es correcta— que solo su grupo político representa a “la gente buena”, mientras los demás serían parte de la tibieza o del mal. Utiliza el término “tibios”, tan cargado de simbolismo en ciertos contextos religiosos, para referirse a quienes no comparten su postura. No se trata de una palabra cualquiera; en ese lenguaje, “tibio” no es solo un adjetivo político, sino una valoración moral o espiritual. Y trasladar esa noción al terreno electoral puede generar una peligrosa división entre los creyentes y los ciudadanos, como si no fueran lo mismo.

Podría interpretarse, además, que el mensaje busca movilizar a los votantes desde el miedo a la pérdida de valores. Es una estrategia que no es nueva, pero que suele producir un efecto secundario: separa a la población entre los que “merecen” ser escuchados y los que deben ser corregidos.

En una democracia, esa forma de hablar deja heridas. La fe, cuando se utiliza como argumento de poder, corre el riesgo de dejar de unir. No hay diálogo posible cuando la espiritualidad se usa para medir lealtades o dividir conciencias.

Los conservadores auténticos, los que viven sus valores sin necesidad de proclamas, saben que la fe no se impone ni se exige, se encarna. Que la moral no se decreta ni se certifica con un voto. Que un país puede ser firme en sus convicciones sin necesidad de buscar enemigos.

Costa Rica no necesita profetas del miedo ni campañas de pureza moral. Necesita líderes capaces de inspirar confianza y de hablar con serenidad a todos los sectores, sin convertir las creencias en trincheras.

Porque los pastores están para pastorear, no para gritar: “¡ahí viene el lobo!”.
Y cuando lo olvidan, el rebaño no encuentra paz, sino desconfianza.

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