Cuando una denuncia se cruza con la política
Ayer, en medio de un debate presidencial transmitido por televisión nacional, Laura Fernández acusó públicamente a Fabricio Alvarado de acoso sexual. Desde mi mirada, lo hizo como parte de una estrategia política dentro del debate.
Quiero ser muy claro desde el inicio: a mí no me consta si ese hecho ocurrió o no ocurrió. No tengo elementos para afirmarlo ni para negarlo. Y precisamente por eso, siento la responsabilidad de escribir desde la prudencia, no desde la condena automática ni desde la defensa ciega.
También quiero decir algo que considero fundamental: las personas que han sido víctimas de acoso o abuso sexual merecen todo mi respeto. Denunciar es un acto valiente. Dar la cara no solo por una misma, sino por otras personas, es una forma de romper silencios que históricamente han protegido a los agresores. Cuando una denuncia es cierta, debe ser escuchada, atendida y acompañada con seriedad.
Por eso mismo, si lo dicho por doña Laura Fernández es cierto, no solo aplaudo la denuncia, sino que considero que era necesaria.
Lo que me genera un profundo conflicto no es el contenido de la acusación, sino el momento y la forma en que se hizo.
Utilizar una acusación de este calibre en medio de un debate presidencial, como herramienta política, mezcla dos planos que deberían manejarse con extrema delicadeza. Un señalamiento de acoso sexual no es un argumento retórico más. No es una frase para golpear al adversario. Es, o debería ser, la exposición de un hecho doloroso, penoso y profundamente angustiante.
Desde mi óptica, confundir una posible denuncia sincera con una estrategia de debate es triste. No porque la denuncia no deba hacerse, sino porque ese cruce puede banalizar el dolor real de las víctimas. Para muchas personas que han pasado por experiencias de acoso o abuso, ver que ese tipo de vivencias se usan en un escenario político puede resultar revictimizante, confuso o incluso desalentador.
Yo no sé cómo se sienten quienes han vivido eso. No me atrevo a hablar por ellas. Pero sí me permito decir que este tipo de situaciones merecen otro tratamiento: más honesto, más sensible, más cuidadoso. Un tratamiento que ponga en el centro a las personas afectadas, no al cálculo político del momento.
Las denuncias de acoso y abuso sexual deben hacerse en los espacios correspondientes, con acompañamiento, con responsabilidad y con respeto. Cuando se mezclan con el espectáculo político, el riesgo es alto: se pierde la gravedad del hecho, se erosiona la confianza y se convierte el dolor en munición.
Doña Laura agregó un elemento más que merece una reflexión aparte. Señaló que, mientras estaba siendo acosada, el señor Alvarado le ofrecía una Biblia. Con eso introdujo una mezcla delicada y peligrosa: acoso, religión y espiritualidad en una misma escena.
Eso no se vale.
No se vale porque la espiritualidad, para muchas personas, es un refugio íntimo, un espacio de sentido, de consuelo y de ética personal. Utilizar símbolos religiosos dentro de una acusación de esta naturaleza amplifica la carga emocional del relato y toca fibras muy profundas en la audiencia. Desde mi mirada, eso no aporta claridad; añade impacto. No busca solo denunciar un hecho, sino activar múltiples sensibilidades al mismo tiempo.
Me parece —y lo digo con cuidado— que al introducir la Biblia como “premio” o como gesto dentro del relato, se intentó cubrir la mayor cantidad posible de emociones en el público: la indignación por el acoso, la ofensa moral, la contradicción entre discurso religioso y conducta personal. Todo en una sola escena. Y cuando se hace eso en un debate político, el riesgo de manipulación emocional es altísimo.
No porque la fe no deba mencionarse nunca. No porque la religión esté fuera del debate público. Sino porque mezclarla así, en un momento de máxima exposición mediática, puede desvirtuar tanto la denuncia como la fe misma. Se convierte en un recurso retórico, no en un elemento de verdad.
Si hubo acoso, debe tratarse con seriedad, respeto y los canales adecuados. Si además hubo un uso indebido de símbolos religiosos, eso también merece análisis, pero no como adorno narrativo ni como golpe político. Porque cuando se instrumentaliza la espiritualidad, no solo se hiere a una persona concreta: se hiere la confianza de quienes creen, y se contamina un tema que exige el máximo cuidado.
Ojalá como país aprendamos a distinguir entre denunciar con valentía y usar una denuncia como recurso. No porque lo primero deba callarse, sino porque lo segundo termina dañando aquello que decimos querer proteger.
Este no es un llamado a silenciar. Es un llamado a cuidar la forma. Porque hay temas que, incluso en política, merecen más humanidad y menos oportunismo. Y eso, al final, también habla de quiénes somos como sociedad.
Aunque, la verdad, es que no habla de «quienes somos», dice: «quién es ella», porque no creo que sea un comportamiento que comparta con muchas personas que han sufrido algo parecido.
